XL #3
—La rabia —respondió—. La gran fuerza es la rabia.
Lo que trabajamos aquí, esencialmente, es la asociada a las políticas que privilegian a las minorías en detrimento de las mayorías.
Como las principales minorías tienden a ser grupos raciales, la rabia suele dirigirse contra ellos y, sobre todo, contra las políticas que los amparan.
De ahí la importancia de entender el racismo.
Descubrir que todo el mundo es racista por naturaleza, y que el discurso políticamente correcto constituye un mecanismo de censura para impedir que se ponga en tela de juicio el negocio de intercambio de votos por políticas favorables a las minorías, presentadas como «inclusivas», nos permite desarrollar técnicas que las neutralizan.
¿Pilla la idea? Si el mecanismo de censura es el discurso políticamente correcto, entonces hace falta una vacuna que convierta a las personas en inmunes a ese tipo de discurso.
Al lograrlo, deja de ser eficaz, la gente cambia su intención de voto y se comporta como más nos conviene.
—Lo que más le conviene a Rusia, querrá decir. Siendo británico, ¿no le molesta trabajar para un país extranjero?
—Soy un profesional, capitán —le recordó Alastair, intentando sacudirse la incomodidad que esa pregunta podría causarle—.
Nuestras técnicas funcionan y estamos logrando neutralizar los efectos de la censura y de la estigmatización del discurso políticamente correcto en los hombres blancos heterosexuales de las clases más bajas.
Un dato importante: esos hombres son solo la punta del iceberg.
Por detrás hay otros grupos sociales a los que también les molesta el control del lenguaje y caerán por arrastre.
Basta con ver lo que estamos consiguiendo en Francia, lo que hicimos en el Reino Unido, lo que ahora haremos en Estados Unidos y después en todo Occidente. Hoy América..., morgen die Welt!
Los dos hombres se quedaron en silencio mientras Dimitri asimilaba las vastas implicaciones políticas, ideológicas y estratégicas de lo que acababa de escuchar.
—Acaba de mencionar una vacuna que nos vuelva inmunes a los efectos de la censura del discurso políticamente correcto. ¿De qué vacuna habla?
—La vacuna es la normalización del discurso políticamente incorrecto —respondió—.
El punto de partida para desarrollarla es descubrir que, en el fondo, todo el mundo es racista y que una parte importante de la población es nacionalista en secreto.
Unas personas son racistas paternalistas que usan el voto de las minorías raciales y étnicas para perpetuarse en el poder, otras son racistas tanto con esas minorías como con los paternalistas racistas que los protegen.
Sin embargo, los racistas explícitos, como son los nacionalistas, han sido silenciados por el discurso políticamente correcto de los racistas paternalistas.
Ese discurso impone la espiral del silencio y crea la llamada «mayoría silenciosa».
Las personas piensan: «Tengo ideas nacionalistas o racistas, pero como nadie más las expresa, llego a la conclusión de que soy el único; al sentirme aislado, y como necesito ser aceptado socialmente, entonces lo mejor es callarme».
Las personas de alrededor suelen estar exactamente en la misma situación: creen que sus ideas nacionalistas y racistas son exclusivas, que nadie más piensa así, y, por lo tanto, evitan expresarse.
Como consecuencia, una parte importante de las personas son nacionalistas o racistas, pero se sienten aisladas, lo ocultan o incluso dicen lo contrario: que no son nacionalistas o racistas, aunque lo piensen.
—Por lo tanto, gran parte de las personas son nacionalistas o racistas, pero están dentro del armario.
—Eso es precisamente lo que se conoce como «mayoría silenciosa».
Nuestro trabajo consiste en usar la rabia muda de esa mayoría para conseguir que grupos antidemócratas asuman el poder en los países de Occidente, y así, por ejemplo, aprobar el Brexit, conseguir la victoria de Trump y demás.
Lo que tenemos que hacer es que la mayoría silenciosa entienda que son mayoría para que pierdan el miedo a expresar lo que piensan.
La mayoría silenciosa tiene que dejar de ser silenciosa y darse cuenta de que son una mayoría.
Para conseguirlo, tienen que hablar. ¿Cómo lo logramos?
Anulando la eficacia del discurso políticamente correcto que ha impuesto la ley del silencio.
—¿Y cómo se anula la eficacia de ese discurso?
—No es fácil —reconoció Alastair—. El discurso políticamente correcto se ha convertido en el discurso del sistema, impuesto por una minoría culta para perpetuarse en el poder a costa del pensamiento democrático y del racismo paternalista.
Es el discurso de los que hacen de policías, es decir, los medios de comunicación tradicionales.
Quien diga algo que viole el discurso políticamente correcto será censurado de dos formas: primero, siendo humillado o ridiculizado; segundo, siendo silenciado.
Los medios de comunicación tradicionales cancelan a quienes dicen algo políticamente incorrecto.
Se silencia a los infractores. Mire el caso de Donald Trump.
Cuando era un mero payaso en el reality showThe Apprentice , NBC lo mantenía en horario de máxima audiencia y facturaban millones a su costa.
Cuando juntó en la misma frase las palabras inmigrantes y violaciones , se montó un escándalo, lo criticaron y lo despidieron.
Es decir, fue ridiculizado y silenciado.
Dimitri frunció el ceño.
—Excepto por un detalle: no fue silenciado que digamos...
El inglés de Cambridge Analytica sonrió.
—Ah, muy observador... —comentó—. Sí, se burlaron de él y lo despidieron de la NBC, pero no pudieron callarlo.
¿Y por qué? Porque se produjo un cambio fundamental en nuestra sociedad: los medios de comunicación perdieron el monopolio del gatekeeping .
Es decir, ya no son los únicos que dictan, en exclusiva, a quién dan voz y a quién no.
Ahora hay nuevos medios que están robando a las élites la exclusividad de la comunicación y están dando voz a otras personas.
El ruso empezaba a entenderlo. Miró la pantalla del ordenador que tenían delante.
—¡Internet!
—Las redes sociales —matizó Alastair—. En Occidente, la mayoría de las personas ha dejado de consumir noticias a través de los medios tradicionales y se informan a través de las redes sociales: Facebook, YouTube, Twitter, Telegram, entre otros.
Lo han cambiado todo. Los medios de comunicación pueden seguir utilizando las mismas técnicas para silenciar a quienes violan las reglas impuestas por el discurso políticamente correcto, pero si cada vez hay menos personas que leen periódicos y el número de espectadores de los informativos disminuye cada día, este método deja de funcionar.
La gente se informa cada vez más a través de las redes sociales.
¿Y dónde habla Donald Trump todos los días?
La respuesta era obvia.
—En las redes sociales.
—Es decir, el régimen democrático ya no es capaz de silenciarlo, ni a él ni a otros como él, porque las técnicas de ridiculización usadas en el discurso políticamente correcto han perdido su eficacia. Aquí es donde se da el punto de giro. ¿Quiere ver cómo?
—Sí, claro.
Alastair se puso al ordenador y reactivó la cuenta falsa de Facebook en la que estaba trabajando, «I Love My Country». Realizó una búsqueda y localizó unos enlaces con intervenciones de Donald Trump. Pinchó en uno y accedió al vídeo de un mitin del candidato republicano.
«Construiré un gran muro en nuestra frontera sur —declaraba Donald Trump en las imágenes—. Y haré que México lo pague. Anotad bien mis palabras». La multitud deliraba y entonaba a coro: «¡Construid el muro! ¡Construid el muro! ¡Construid el muro!».
A continuación, Alasteir pinchó en otro enlace. Trump apareció pronunciando una frase muy corta: « Make America Great Again ». Haz que América vuelva a ser grande.
El británico copió los dos enlaces y se los envió a los «amigos» de su página falsa, activando el modelo computacional de Cambridge Analytica y aplicándolo a la gran base de datos adquirida a Facebook.
—Así —dijo—. Nuestro modelo ha seleccionado en la base de datos a personas receptivas a este tipo de mensajes.
Imaginemos ahora que me pongo en el lugar de los que podrían haber recibido esos dos mensajes.
Si su acceso a la información es, sobre todo, a través de las redes sociales, y empiezan a ver que hay figuras públicas, como Donald Trump, que dicen en voz alta lo que ellos piensan en silencio, eso empezará a neutralizar sus miedos.
Dirán: «Caramba, este Trump es el único que se atreve a decir la verdad, a expresar en voz alta lo que yo pienso en secreto».
Es evidente que los policías del discurso políticamente correcto, los gatekeepers , no tardarán en aparecer en los medios de comunicación tradicionales para ridiculizar y burlarse de esas personas, y eso puede asustarlas.
Dirán: «Estoy de acuerdo con Trump; es el único que se atreve a decir lo que pienso, pero temo que me humillen públicamente», ¿o no?
—Sí. ¿Y entonces, qué?
El británico pinchó en sucesivas cuentas falsas, cada una con un nombre inventado, y empezó a escribir mensajes para las mismas personas a las que había enviado los vídeos de Trump:
¡Gran hombre! ¡Ánimo, Trump! ¡Construid el muro! ¡Vamos a detener la invasión de Estados Unidos! ¡Tenemos que proteger a nuestras hijas! ¡Construid el muro! ¡Salvemos Estados Unidos! ¡Construid el muro! ¡Trump presidente! ¡Vamos a hacer América grande de nuevo! #votatrump
Alastair releyó lo que acababa de escribir y lo envió a los seguidores de su cuenta falsa.
—¡Ya está! —exclamó—. Comentarios al vídeo de Trump de estadounidenses normales y corrientes.
Y esbozó una sonrisa victoriosa.