El protocolo del caos XXXVII
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XXXVII

La víspera, en el edificio de San Petersburgo, había sido día de celebración.

Pero al día siguiente, la victoria del Brexit ya era agua pasada y tocaba ponerse manos a la obra para iniciar una operación mucho más ambiciosa.

El coronel Mijaíl Arseniev había recomendado al capitán Dimitri Chernishev que hablara con el inglés al que habían contratado para colaborar con ellos.

Por eso, cuando esa mañana entró en el despacho, el nuevo miembro del FSB pidió a su jefe que los presentara.

—Alastair, este es el capitán Chernishev —dijo el coronel en inglés—.

Será mi adjunto en esta operación. Está autorizado a compartir con él toda la información clasificada sobre su actividad aquí.

—Luego se volvió hacia su subordinado—. Capitán, le presento a Alastair Hayes, viene de Cambridge Analytica.

—¿Cambridge? —preguntó Dimitri, estrechando la mano del británico—. ¿Quiere decir que trabaja en la famosa universidad?

—Cambridge Analytica no tiene nada que ver con la Universidad de Cambridge, I’m afraid .

Ni siquiera está vinculada a esa ciudad.

Eligieron ese nombre para convencer a un importante cliente estadounidense cercano a Donald Trump, un tal Steve Bannon.

La idea era que diera la impresión de que forma parte de la universidad, pero no es así.

En realidad, es una filial de SCL Group, una empresa privada especializada en psyops , operaciones psicológicas militares, que trabaja, sobre todo, para el servicio secreto británico.

El oficial del FSB dio un paso atrás.

—¿Los... los servicios secretos británicos?

—Sí. Y también para el ejército —respondió con calma Alastair.

Dimitri miró a su jefe para confirmar que no se trataba de un error.

El coronel Arseniev sonrió, le divertía la reacción de su subordinado.

Naturalmente, estaba al tanto de la verdadera naturaleza de Cambridge Analytica y de sus conexiones.

Sin embargo, Dimitri todavía no entendía del todo lo que estaba pasando, así que volvió a dirigirse a su interlocutor, algo más sereno.

—Entonces dígame, señor Hayes, ¿qué hace exactamente aquí un espía inglés?

Alastair negó con la cabeza.

—Me temo que se equivoca, capitán. No soy espía.

Soy un consultor privado especializado en psyops .

SCL Group es una empresa privada, igual que Cambridge Analytica.

Trabajamos para clientes muy variados, públicos y privados, británicos o extranjeros.

Sin prejuicios. Nos han contratado para la campaña del Brexit y, a la vista de los resultados, creo que han invertido bien su dinero.

Pero ha sido solo un ensayo de algo mucho más grande y decisivo: la campaña presidencial en Estados Unidos.

Veremos qué podemos hacer para complacer al cliente que me ha traído hasta aquí, es decir, a ustedes. El objetivo es que gane Donald Trump.

Ahí estaba, sin rodeos, el verdadero propósito de la misión que sucedía al Brexit.

—¿Y cuál es exactamente su función en la operación en San Petersburgo?

—Definir objetivos.

—¿Objetivos? ¿De qué tipo de objetivos habla?

En lugar de responder, el británico dejó a un lado los papeles que estaba leyendo y encendió el ordenador. Nada mejor que una demostración para explicar su trabajo.

—Elija un Estado.

—¿Cómo dice?

—Elija uno: California, Colorado, Nebraska...

Dimitri pensó en las películas del Lejano Oeste que tanto le gustaban y respondió:

—Texas.

Alastair escribió el nombre y pulsó un enlace: apareció la guía telefónica de los residentes en aquel Estado del Sur. Una lista interminable de nombres se desplegó en la pantalla.

—Ahora elija un nombre.

Los ojos de Dimitri se posaron al azar sobre una línea.

—Este.

Apuntaba a Aaron Hall Anderson . El consultor anotó el nombre en un papel, cerró la lista telefónica y entró en la base de datos con el logo de Cambridge Analytica.

Tecleó el nombre elegido. De inmediato, en la pantalla se desplegó un dosier detallado.

La foto mostraba a un anciano de pelo blanco, arrugas profundas y gafas graduadas.

Anderson era un jubilado de setenta y cuatro años que había trabajado como técnico de mantenimiento en varias empresas petroleras de Texas.

Viudo desde hacía unos años, tenía dos hijos: uno en Houston y otro en Dallas.

A pesar de su edad, todavía debía 127 000 dólares al First Bank Texas por la hipoteca de su casa en Fort Worth.

Sus restaurantes favoritos eran el Wicked Butcher y el Ol’ South Pancake House.

Leía a diario Breitbart News y veía Fox News unas cinco horas al día.

Padecía artritis y dos años antes le habían diagnosticado un cáncer de próstata leve, controlado sin cirugía ni radiación.

Guardaba en casa dos armas: un revólver Smith & Wesson calibre 45 y un rifle semiautomático Colt ACR.

Un detalle insólito completaba el perfil: practicaba yoga tres veces por semana en la Bumble Bee Yoga Community.

—¿Quiere ver su casa?

—¿Se puede?

El británico buscó un enlace y en segundos apareció la imagen de satélite de un pequeño chalet suburbano con jardín y piscina.

—La casa del señor Anderson en tiempo real.

—¡Guau!

—Y aún no ha visto nada. —Alastair sonrió—. ¿Quiere ver qué hace Anderson en este preciso instante?

—¿También es posible?

El consultor tecleó un código y, de repente, la pantalla mostró al anciano durmiendo la siesta en un sillón.

—Ahí lo tiene.

Dimitri no daba crédito.

—¿Es él?

—¿Usted qué cree?

Examinó el rostro adormilado y comprobó que era la misma persona elegida al azar en la lista de Texas.

—¿Son imágenes en directo de verdad?

—Por supuesto. Parece que está durmiendo.

—¡Alucinante! ¿Cómo ha hecho eso?

—He activado la cámara de su ordenador. También podría activar el micrófono si quisiera. ¿Quiere hablar con él?

Dimitri lo miró incrédulo.

—¿Con él?

—Sí. ¿Quiere hablar con él?

Parecía que aquel inglés diabólico era capaz de todo.

—Bueno..., no. Sinceramente, no sabría qué decirle.

Alastair lo ignoró. Pulsó un icono y en la sala sonó el tono de llamada. El sonido despertó al anciano, que buscó a tientas sus gafas y su teléfono, aún adormilado.

—¿Diga?

—¿Podría hablar con el señor Aaron Hall Anderson, por favor?

—Soy yo, ¿quién es?

—Señor Anderson, le habla Ted Kohler, secretario de la Asociación Nacional del Rifle —dijo Alastair, imitando con perfección el acento americano—. Usted figura como propietario de una escopeta Colt ACR, ¿es correcto?

—Sí. ¿Pasa algo?

—Debo informarlo de que el Gobierno prepara leyes para confiscar ese tipo de armas.

—¿Qué?

—Sí, consideran que los dueños de armas semiautomáticas de asalto son peligrosos, podrían convertirse en asesinos. Pretenden incautar todas. Incluso su revólver Smith & Wesson podría ser requisado.

—¿Qué? ¿De verdad van a hacer eso?

—Me temo que sí, señor Anderson.

—¡Maldita sea! ¡Los progresistas están destrozando nuestras libertades!

—Lo sé, señor, lo sé. Pero la Asociación trabaja con Donald Trump para proteger sus derechos. Sin embargo, solo seremos eficaces si conseguimos que sea elegido.

—¡Cuenten con mi voto! ¡En mi Smith & Wesson y en mi Colt no pone un dedo nadie!

—Me alegra oírlo, señor Anderson —respondió Alastair—. Tenemos que proteger este país de los pederastas que amenazan nuestras libertades y a nuestros niños.

—Eso es una desgracia —dijo el anciano con voz temblorosa—.

¿Ha visto lo del Pizzagate? ¿Cómo es posible que sigan impunes después de algo tan atroz?

¡Pobres niños, en manos de esos buitres, los Clinton, Podesta y quién sabe quién más!

Pero ya le digo: mis armas no las toca nadie, ¿me oye?

¡Nadie! Si nos las quitan, la gente honesta no podrá defenderse.

¡No lo podemos aceptar! ¡Tenemos que proteger el país y garantizar la seguridad de los niños! ¿Cómo lo haremos sin armas?

—Así es, señor Anderson. No podemos permitir que los pederastas nos desarmen y nos sometan.

Las necesitamos para defendernos. Puede estar seguro de que la Asociación Nacional del Rifle y Donald Trump velarán por usted, por los niños inocentes y por Estados Unidos.

Que tenga un buen día, señor Anderson. Y que Dios bendiga América.

Colgó.

Dimitri estaba atónito ante lo que acababa de presenciar.

Había elegido un nombre completamente al azar y, en cuestión de segundos, el inglés que colaboraba en la operación del FSB en San Petersburgo no solo había accedido a toda la información relativa a esa persona, sino que además le había mostrado imágenes en directo e incluso lo había llamado por teléfono, manipulándolo hasta obtener un compromiso de voto para Donald Trump. Absolutamente increíble.

—Explíqueme cómo ha logrado algo así.

Alastair se apartó del ordenador y lo miró con calma.

—Es sencillo —respondió—. Usamos datos de millones de usuarios de Facebook.

—¿Piratean Facebook para acceder a esos datos?

—Los compramos —corrigió el británico—. Los venden a un dólar por usuario. Y no solo eso: recogemos datos de otras fuentes y creemos que podremos acceder aún a muchos más...

—Espere un momento —lo interrumpió el ruso—. ¿Facebook vende información privada de sus usuarios?

—No solo de sus usuarios. También de los amigos de esos usuarios.

Como cada persona tiene entre ciento cincuenta y trescientos amigos de media, basta con comprar los datos de dos millones de usuarios para acceder a la vida privada de entre trescientos y seiscientos millones de personas.

Si compramos datos de cuatro millones, llegamos a saber la vida íntima de seiscientos a mil doscientos millones de individuos.

Una inmensidad.

—¿Y esas personas saben que su vida privada está en venta?

—¿Lo pregunta en serio? Por supuesto que no. Ni siquiera los amigos de los usuarios, que jamás han dado ningún consentimiento. A Facebook le da igual.

Dimitri estaba cada vez más atónito.

—¡Joder, no vuelvo a usar las redes sociales!