XXXVI
A lo lejos se oían las voces furiosas de la multitud.
Tomás Noronha salió de casa a toda prisa y caminó con paso ligero hacia el lugar de donde provenía aquel murmullo de la turba.
Estaba muy cerca, a una manzana de distancia, y alarmado.
La llamada de Maria Flor dos minutos antes, gritando y pidiendo ayuda, le había causado pánico.
¿Qué demonios estaría pasando?
Al doblar la esquina, se topó con una aglomeración frente al Tavares, un restaurante tradicional de cocina portuguesa situado en la calle perpendicular.
Él mismo había comido allí varias veces, o pedía comida para llevar para la cena.
Varios hombres pegaban la cara contra los cristales para ver el interior, mientras la mayoría se limitaba a deambular por la calle, vigilando el edificio, o llamando por teléfono para atraer a más gente.
Tomás cruzó la calle y se abrió paso entre la multitud.
—¡Esta zorra lo va a pagar! —gritaba un hombre con acento brasileño—. ¡Qué escándalo!
—¡Tenemos que cogerla! —chillaba una mujer, también brasileña, visiblemente exaltada—. ¡Esa moleca no se va a reír de nosotros! ¡No me voy a quedar de brazos cruzados como una idiota!
Todos parecían brasileños y estaban furiosos. El recién llegado avanzó hacia la entrada del restaurante. La puerta estaba cerrada y, por dentro, mesas y sillas bloqueaban el paso. Los atrapados, incluida Maria Flor, se habían atrincherado.
Tomás analizó la situación y trazó un plan rápido. Retrocedió hasta el otro lado de la calle, lo bastante lejos de la muchedumbre como para hablar sin que lo oyeran. Sacó el móvil y llamó a su mujer. La voz de Maria Flor sonó nerviosa al otro lado de la línea.
—¿Ya has llegado?
—Estoy fuera. ¿Podéis abrir la puerta cuando os lo indique?
—No, Tomás. ¿Y si entran?
—Yo me encargo. Cuando oigáis cinco golpes seguidos, significa que soy yo. Abrís, yo entro y la cerráis enseguida.
—¿Estás seguro de que no van a entrar?
—Confía en mí.
Lo dijo con firmeza, aunque no sentía la misma seguridad que transmitían sus palabras. Colgó, volvió a cruzar la calle y se abrió paso entre la multitud. Esta vez no intentó pasar desapercibido.
—¡Apártense! —ordenó en voz alta—. ¡Policía! ¡Apártense!
La turba se abrió a su paso. Todas las miradas se clavaban en él.
—¿Va a coger a esa asesina?
—¡Tiene que meterla en prisión y encerrarla muchos años!
—Es una criminal, ¿me oye? ¡Cójala, señor policía! ¡Cójala! ¡La moleca tiene que pagar por lo que ha hecho!
Tomás siguió representando su papel de agente de paisano. Llegó a la puerta y golpeó cinco veces.
—¡Policía! —gritó—. ¡En nombre de la ley, abran la puerta!
A su alrededor, el griterío continuaba, aunque empezaba a surgir la duda.
—Oiga, ¿usted es de verdad policía?
—¿Dónde está su identificación?
Tomás giró la cabeza hacia la gente más próxima. Mantuvo la postura autoritaria, como si estuviera cumpliendo con su deber.
—¡Atrás! —ordenó con gesto imperioso—. ¡Aquí no hay nada que ver! Cuando llegue el coche patrulla, necesito espacio para sacar a la sospechosa. Quien nos entorpezca será detenido, identificado y llevado a comisaría. ¡Atrás, retrocedan!
En ese instante, la puerta del restaurante se entreabrió y Tomás se deslizó dentro.
De inmediato, cerraron y volvieron a apilar mesas y sillas contra la entrada.
Estaba oscuro; habían apagado las luces para que no los vieran desde fuera.
Tomás reconoció al dueño, el señor Tavares, y a dos empleados.
Sudaban a chorros y empuñaban cuchillos de cocina.
—¿Mi mujer?
—Está en la cocina, profesor Noronha. ¿Cree que esos locos conseguirán romper el ventanal y entrar?
Tomás miró al dueño, luego al cristal que los separaba de la multitud furiosa. El vidrio era fino, demasiado, una de las barreras más frágiles que podían existir.
—Todo es posible.