El protocolo del caos XXXV
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XXXV

La salvación de Estados Unidos.

Era en lo que Leroy pensaba mientras miraba fijamente la fachada de Sullivan’s Gun Outlet.

El drama de los niños en Washington no se le iba de la cabeza ni del corazón.

Dudaba sobre lo que debía hacer. ¿Entrar en la tienda de armas y prepararse para salvar a su país o volver al coche, recoger a Sally y olvidarse de todo aquello?

Estaba a favor de las armas; consideraba que el derecho a la autodefensa era una de las piedras angulares de las libertades individuales de los estadounidenses.

Sin embargo, nunca le habían interesado demasiado.

Era un hombre de pesca, no de caza; prefería el bayou al campo.

Como cualquier ciudadano del Sur, Leroy tenía una pistola en casa.

Pero visto lo que sucedía en su país y en el mundo, ya no le parecía suficiente.

Si la pederastia se extendía en la Iglesia católica, e incluso el papa exhibía símbolos satánicos, ¿qué sucedería con los demás?

¿Quién iba a proteger a sus hijos y a sus conciudadanos de las redes de pederastia que actuaban en la sombra?

¿Quién los defendería de los inmigrantes violadores que empezaba a ver por todas partes?

¿Acaso no había leído en Facebook y visto en YouTube un sinfín de noticias sobre la invasión de hordas de extranjeros violentos y oportunistas?

Donald Trump —que Dios lo proteja— era el único político con valor para enfrentarse a las élites progresistas y denunciar el problema.

Seguramente, había accedido a información confidencial que los medios de comunicación tradicionales, en connivencia con esas élites, se negaban a difundir.

Todo aquello le parecía tan preocupante que veía imprescindible reforzar sus medios defensivos.

Venció su indecisión inicial y entró en Sullivan’s Gun Outlet.

Las vitrinas estaban repletas de pistolas, escopetas, cuchillos y rifles semiautomáticos de asalto.

Le habría gustado detenerse a contemplarlos, pero tenía prisa: su hija lo esperaba en el instituto. Se dirigió al hombre tras el mostrador.

—Buenas tardes, ¿me podría ayudar? ¿Cuál es la mejor arma de la tienda?

El hombre corpulento, con barba grisácea y gorra, se encogió de hombros.

—Depende de lo que busque, amigo. ¿Pistolas, escopetas, rifles semiautomáticos...?

Ya tenía una pistola y las escopetas no le interesaban porque disparaban bala a bala y había que recargarlas constantemente.

Quería algo que soltara ráfagas; además de ser más eficaz, le parecía más intimidatorio si alguien intentaba meterse con él o con su familia.

Y debía ser transportable y que lo pudiera justificar ante las autoridades si lo paraban o le preguntaban algo.

—Estaba pensando en una semiautomática ligera que pueda hacer pasar por un arma deportiva —indicó—. ¿Tiene alguna de ese tipo?

El responsable desapareció por una puerta y se metió en el almacén. Tres minutos después volvió con lo que parecía una ametralladora ligera de aspecto imponente, como las que los marines o los Navy Seals usan en las películas de Hollywood. La dejó sobre el mostrador y miró al cliente.

—Esta es una AR-15 —anunció—. Fabricada por Colt.

Fue concebida originalmente para sustituir a la M-14 de la guerra de Vietnam.

Dispara munición de calibre NATO, es equivalente a la M-16 militar y viene con mira telescópica.

Su venta al público estuvo restringida por la prohibición de armas de asalto, pero la Fundación Nacional de Deportes de tiro la declaró escopeta deportiva y, desde entonces, se ha convertido en la favorita de los americanos.

Los capullos de los progresistas siguen intentando prohibirla, pero, gracias a Dios, la Asociación Nacional del Rifle ha actuado con eficacia en el Congreso y, hasta ahora, ha conseguido protegerla.

La Asociación Nacional del Rifle o NRA es la principal organización estadounidense de usuarios de armas.

—Ah, ya veo. Las élites siempre intentando desarmarnos para que no podamos defendernos.

—Ya lo creo, colega —asintió el hombre—. ¿Ha visto el escándalo del Pizzagate? Si los padres de los niños en Washington D. C. estuvieran armados, nadie se metería con ellos. Pero como no tienen armas, no pueden defenderse... ¡Así les va!

—¡Es horrible! No hay nadie que salve a esos chiquillos. ¡Ni la policía!

—Pobres niños...

Estaban en total sintonía y no hacía falta decir más. Leroy estaba convencido de que los hombres de verdad no pensaban, actuaban. Tomó la AR-15 y comprobó su peso; le pareció lo bastante ligera y manejable. El sistema de disparo era sencillo. Ajustó la mira y vio que todo era funcional.

—Me parece bien.

El dependiente señaló con el pulgar hacia el fondo.

—Tenemos una galería de tiro atrás. ¿Quiere probarla con fuego real?

—No merece la pena. Me la quedo. Y también quiero dos cajas de municiones.

El hombre le dio instrucciones básicas sobre su manejo y le entregó el manual, recomendándole que lo leyera con atención.

Leroy rellenó los papeles —el formulario 4473, conocido como NICS— que garantizaban su idoneidad para comprar el rifle semiautomático.

No tardó más de unos minutos. Obtuvo la licencia, pagó y salió con el arma y las municiones en una bolsa verde oscura.

Al llegar al coche, abrió el maletero y la guardó.

A continuación, fue a recoger a Sally. Como era de esperar, su hija estaba enfadada por el retraso y se pasó todo el camino a casa protestando porque su padre se había vuelto a olvidar de ella.

Leroy guardó silencio, asintiendo distraído, sumido en sus pensamientos.

Lo que había descubierto en internet lo había dejado estupefacto.

Pasó toda la tarde callado, lo que inquietó a sus hijos. Charlie llegó a preguntarle si se encontraba bien. Su padre solo respondió que estaba cansado y esa noche se acostó temprano para poder leer el manual de la AR-15 adquirida en Sullivan’s Gun Outlet.

Cerca de la medianoche apagó la luz. Pero no podía dormir.

Lo atormentaba todo lo que había visto en internet, sobre todo, el sufrimiento de los niños atrapados en las redes de pederastia y canibalismo de los Clinton.

Era increíble. Las élites no dejaban de hablar de minorías y de ofenderse por cualquier palabra que pusiera en tela de juicio sus cuestionables políticas, pero solo los inmigrantes, los homosexuales y las feminazis parecían tener derechos.

El resto de los estadounidenses no contaba: eran basura.

Y sus hijos peor que basura: meros instrumentos de sus perversiones sexuales.

Los adultos aún podían armarse y defenderse, ya que las élites no habían logrado prohibir el acceso a las armas, pero ¿qué podían hacer los niños, indefensos e inocentes? ¿Quién iba a acudir en su ayuda?

Se durmió pensando en ellos. Y fue en sueños cuando tuvo la idea de pasar a la acción.