XXXIII
Tomás Noronha clavó sus ojos verdes en la inscripción encriptada que Sasha le había entregado; como si la intensidad de su mirada bastara para arrancarle el secreto a la hoja y desvelar así el misterio oculto en aquellos caracteres.
Momentos antes había barajado la posibilidad de que se tratara de un alfabeto masónico, pero ahora esa teoría le parecía tremendamente lógica, sobre todo, teniendo en cuenta la nacionalidad del autor del enigma.
Nadie ignoraba el peso de la masonería en Estados Unidos.
Los símbolos masónicos aparecían en los billetes de un dólar, en particular el Gran Sello con la pirámide y el ojo del Gran Arquitecto.
En ese billete estaban inscritas expresiones masónicas en latín: annuit coeptis —«la providencia favorece nuestros trabajos»— y novus ordo seclorum —«el nuevo orden de los tiempos»—.
Además, muchos estadistas del país habían sido masones: desde los padres fundadores George Washington y Benjamin Franklin hasta presidentes recientes como Roosevelt, Truman, Johnson o Ford.
Incluso Ronald Reagan y Bill Clinton tenían conexiones con la masonería.
Ese era el camino.
Se puso de puntillas para alcanzar la última estantería de la parte superior de un armario, y cogió un libro antiguo que había comprado en su juventud en una librería de viejo del Barrio Alto de Lisboa.
Lo examinó. En la portada decía que había sido impreso por el Gran Oriente Lusitano.
Era un volumen grueso y polvoriento, de tapa dura desgastada y carcomida.
Las páginas amarillentas guardaban en su interior la lista de los códigos masónicos.
Recordaba la fascinación que sintió cuando lo hojeó años atrás, aunque entonces era joven y enseguida su atención se desvió a otros descubrimientos.
Estaba claro que no recordaba los detalles de aquellas páginas.
Se sentó a la mesa y abrió el libro. El olor dulzón del tiempo lo envolvió en una especie de magia, como si fuera un perfume añejo.
¿Qué historiador no sentía placer con ese aroma?
Empezó por el sistema rosacruz y kadosh .
Sin duda, encontró similitudes desconcertantes con los caracteres del enigma, pero no coincidían del todo.
Siguió pasando páginas, cada vez más interesado. En la quinta, se quedó congelado.
¡Era eso!
Comprobó la referencia: se trataba del sistema francés del alfabeto masónico.
Miró el enigma, después la página de los códigos y la correspondencia entre los símbolos masónicos y el alfabeto latino, y volvió a mirar la inscripción, comparándola una y otra vez.
Los caracteres de los símbolos eran idénticos a los del enigma.
¡Lo había encontrado!
Entusiasmado, cogió un lápiz y empezó a garabatear frenéticamente en una hoja, estableciendo correspondencias entre la clave del sistema francés del alfabeto masónico y el enigma que Sasha le había entregado en Moscú. Debajo de cada carácter escribió la letra latina correspondiente.
Finalmente, obtuvo el resultado:
Se rascó la barbilla, pensativo.
—Hum...
No era eso. Que él supiera, SOTFBMIHBOFB+ no significaba absolutamente nada.
¿O sí? Quizá se tratara de un mensaje cifrado dentro de un mensaje codificado.
Estuvo más de una hora dándole vueltas a la secuencia de letras, intentando hallar alguna combinación que tuviera sentido.
Probó a reagruparlas como si fueran un anagrama, pero el hecho de que hubiera solo tres vocales tiraba por tierra esa posibilidad.
También intentó la cifra de César, pero sin la clave era imposible.
Nada.
Decidió volver al principio. ¿Dónde había fallado?
Quizás tenía que entrar en la cabeza del autor del enigma.
El problema era que no sabía nada de él.
O muy poco. Sasha le había dicho que ese tal Gonzalez, el hombre que se había quedado con el smartphone , pertenecía a las milicias trumpistas.
Eso abría dos posibilidades: o era alguien con experiencia militar, un marine o un antiguo operativo de las fuerzas especiales —en cuyo caso usaría cifras militares muy complejas y no había nada que hacer—, o era un tipo corriente —«un cateto», como lo había descrito Sasha, basándose en su primera impresión— que emplearía un sistema sencillo.
Tomás había partido de la premisa de que la secuencia era un mensaje codificado dentro de otro mensaje codificado. Pero si era algo sencillo, esa hipótesis estaba errada. Se enfrentaba a un código, sí, pero no dentro del sistema francés.
Volvió a hojear el libro. Encontró el sistema inglés del alfabeto masónico, cuyos símbolos eran casi idénticos a los franceses.
En Estados Unidos se hablaba inglés, así que parecía más probable que Gonzalez hubiera usado ese.
Se animó. El sistema inglés podía ser la clave.
Cogió el lápiz de nuevo y escribió las correspondencias. El resultado fue:
Suspiró.
Tampoco era eso. Movió la cabeza, frustrado.
Estaba convencido de que la respuesta estaba en el sistema inglés, pero no.
Siguió hojeando y descubrió que el sistema alemán tenía los mismos símbolos.
Recordó que había estado a punto de ser lengua oficial en Estados Unidos —por apenas un voto no lo fue— y que gran parte de la población era de origen germano.
No era descabellado pensar que ciertas personas pudieran conservar tradiciones alemanas.
Estableció las correspondencias con el sistema alemán y miró el resultado:
El mismo que el del sistema francés. Es decir, nada.
Ensayó todos los alfabetos masónicos del libro uno por uno y ninguno funcionó.
Aun así, no tenía dudas: el enigma había sido codificado de esa manera.
El hecho de que los caracteres coincidieran lo confirmaba.
Pero ninguno servía. ¿Sería realmente un enigma dentro del enigma?
Algo tan sofisticado parecía demasiado para un tipo corriente... , pero los hechos estaban ahí.
A no ser que...
Se dio cuenta de que le faltaba por probar un sistema: el portugués. Lo había descartado; al fin y al cabo, nadie en Estados Unidos lo usaría. Pero era su última posibilidad. Por descargo de conciencia, decidió intentarlo. Sin demasiada fe, trazó las correspondencias y observó el resultado:
Se quedó un instante inmóvil leyendo la palabra, tratando de asimilar el alcance de lo que acababa de descubrir: First Baptist , primera iglesia bautista. Había funcionado. Había descifrado el enigma.
Pero lo más inquietante no era eso. Lo verdaderamente extraño era el sistema que aquel cateto había elegido para codificar su mensaje.
¿Había usado el portugués?
En ese instante sonó su móvil. Tomás apretó el botón verde para responder.
—¿Dígame?
—¿Tomás? ¡Socorro!
Era Maria Flor.