El protocolo del caos XXXI
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Buscó la placa de la calle y no tardó en encontrarla, colocada en una esquina.

Улица Савушкина

Ulitsa Savushkina.

Había llegado.

Ahora solo faltaba localizar el número 55. La calle era larga y ancha; el asfalto estaba atravesado por los carriles de los tranvías, así que echó a andar sin perder tiempo.

Era su primera operación en el FSB y, teniendo en cuenta la alta confidencialidad de la misma, se trataba de una misión muy delicada.

Todavía no sabía con exactitud qué le esperaba.

Lo habían asignado a una unidad ultrasecreta, la Unidad Especial 71330, también llamada Centro 16.

Las unidades secretas rusas solían identificarse con números para no llamar la atención, como ocurría en este caso.

Era el resultado de la fusión de dos divisiones del FSB: Operaciones Electrónicas y el Servicio de Informaciones Extranjeras.

Lo único que le habían dicho era que sus conocimientos de informática serían imprescindibles.

De hecho, era la razón por la que lo habían reclutado con tanta prisa.

Le aseguraron que lo entendería todo cuando empezara a trabajar.

Estaba intrigado, como era lógico, pero no preocupado.

Cuando llegara el momento, estaría preparado.

Lo que de verdad lo inquietaba era su familia.

Aunque los niños estaban a punto de terminar el curso escolar y podían cambiar de colegio sin problemas, Ekaterina aún no había tramitado su traslado a San Petersburgo.

La cirugía a la que debía someterse su madre había retenido a la familia en Riazán.

Serían unas semanas, pero durante ese tiempo tendría que vivir solo en un piso provisional que el FSB le había conseguido.

Quizá fuera mejor así. La vida en soledad le permitiría concentrarse plenamente en sus nuevas tareas.

Tras caminar unos quince minutos a paso rápido sumido en sus pensamientos, se encontró frente a un edificio moderno de cuatro plantas. Buscó la puerta y confirmó que era el número 55.

Era ahí.

Entró en el vestíbulo, sacó la tarjeta del bolsillo y se la enseñó a una de las recepcionistas.

—El coronel Mijaíl Arseniev me espera.

No tuvo problemas para entrar; bastó mostrar la tarjeta del FSB. Un chequista siempre imponía respeto, ¿no era cierto?

La recepcionista lo condujo al interior del edificio. Subieron en un ascensor y salieron en una amplia sala que ocupaba todo el piso. Decenas y decenas de personas trabajaban concentradas frente a sus ordenadores. En la puerta, una placa anunciaba en cirílico el nombre de la unidad:

Американский Отдел

Americanskiy Otdel . El Departamento Americano.

Un hombre de mediana edad, con traje y corbata, cruzó la sala y fue a su encuentro.

—¡Capitán Chernishev! —exclamó con jovialidad—. Soy el coronel Arseniev, encargado de esta operación.

—Mi coronel.

Los dos hombres se saludaron con una corrección marcial mientras la recepcionista regresaba a su puesto.

—Ni se imagina la alegría que me da verlo aquí —dijo el anfitrión—.

Hace tiempo que pedíamos refuerzos desde Moscú.

—Hizo un gesto abarcando a las personas de la sala—.

Con nosotros trabajan lo que llamamos «especialistas».

Son sobre todo adolescentes, la mayoría hackers del Shaltai Boltai. No sé si lo sabe, pero esta gente...

—¿Personas del Shaltai Boltai? —se sorprendió el recién llegado, mirando con recelo a los jóvenes que tecleaban frente a las pantallas—. Pero... ¡¿no es ese el grupo de la oposición?!

Dimitri, apasionado por todo lo relacionado con los ordenadores, conocía bien el nombre de aquel grupo de piratas informáticos rusos que durante años habían accedido a los sistemas de mayor nivel del Estado para obtener información sobre figuras clave y chantajearlas a cambio de dinero.

Se decía que el Shaltai Boltai poseía un archivo con información extremadamente sensible, incluidos registros de todas las comidas de Vladímir Putin y miles de correos electrónicos de los altos cargos del Kremlin.

Habían llegado incluso a filtrar correos de Dimitri Medvédev que revelaban los esfuerzos rusos por financiar grupos etnonacionalistas en medio mundo, desde Francia, Alemania, Grecia, Rumanía, Polonia, Hungría, Croacia y Turquía hasta Chile, Argentina, Malasia, Líbano, solo por nombrar algunos países.

El coronel Arseniev se encogió de hombros con una expresión de resignación.

—¿Cree que no lo sé? Capturamos a estos chicos, y si están vivos es porque los necesitamos.

Hacen cosas que el FSB, formado por gente de la vieja escuela, no sabe hacer.

El trato es simple: pueden seguir con sus actividades, pero el FSB tiene poder de veto.

No queremos más hackeos al Kremlin, por ejemplo.

A cambio, usan sus conocimientos para ayudarnos en nuestras operaciones contra Occidente.

—Es una buena idea.

—Sí, pero, como comprenderá, no me fío de ellos.

Recuerde que estamos hablando de piratas informáticos.

Por eso necesito un camarada del FSB que entienda de ordenadores.

Alguien tiene que dirigirlos y controlarlos.

Llevo tiempo pidiendo a Moscú más personal, sobre todo teniendo en cuenta las operaciones que nos han confiado.

Pero parece que escasea la gente especializada en esta área.

—Ahora entiendo la urgencia de Moscú en contratarme —observó Dimitri.

Sacó unas hojas dobladas del bolsillo y se las entregó a su nuevo jefe—.

Aquí tiene los papeles de mi traslado. Debo advertirle, mi coronel, de que mi formación está incompleta.

Ni siquiera me dieron detalles de lo que tengo que hacer. Por eso no sé cómo puedo ayudarlo.

—Su formación quedó incompleta porque yo pedí refuerzos con urgencia y exigí que viniera antes de terminarla —le explicó Arseniev—.

No se preocupe, aquí aprenderá lo que le falta.

—Comenzó a guiarlo por la sala—. En este edificio hemos lanzado la operación aktivnyye meropriyatiya , medidas activas, contra Occidente.

—Fue señalando áreas—. Aquí está el Departamento de Análisis de Datos, allí el de Diseño Gráfico, allá el Departamento Financiero y al fondo el de Información Tecnológica.

—¿Me va a presentar a toda esta gente, coronel?

Arseniev negó con la cabeza.

—Mire, aquí hay cientos de personas. Además, hoy no es un buen día para presentaciones. Como sabe, en el Reino Unido se celebra el referéndum sobre su permanencia en la Unión Europea. Es el Día D. Estamos hasta arriba de trabajo.

—¿Hasta arriba de qué, exactamente?

—Estamos saboteando a Occidente para dividirlo y debilitarlo —respondió con naturalidad. Hizo un gesto abarcando la sala—. Es una operación vasta y ambiciosa. Formalmente es un proyecto privado. Se llama Internet Research Agency y su dueño es Yevgueni Prigozhin.

—¿El cocinero del jefe?

—El dueño del grupo Wagner —añadió Arseniev—. Todo fachada, claro. Esta operación es parte de las tácticas híbridas de la Doctrina Guerásimov. Usamos agentes privados para poder negar que el Estado ruso esté detrás. Pero no se engañe, capitán: esto es FSB puro.

—Como es lógico —asintió Dimitri—. Entiendo que ahora mismo la operación en curso es el Brexit, pero ¿cuáles son los detalles?

—A lo largo de los años, por órdenes del Kremlin, nuestros oligarcas han estado invirtiendo millones de libras en el Reino Unido: partidos políticos, universidades, instituciones culturales y de caridad, empresas de relaciones públicas, inmobiliarias, clubes de fútbol...

Hemos inyectado dinero en muchos frentes.

Dimitri frunció el ceño.

—¿Estamos comprando el Reino Unido?

—Comprar. Esa es la palabra exacta —confirmó el jefe de la operación—.

Con todo ese dinero, tenemos bajo nuestras órdenes a una serie de políticos británicos, así como a abogados, empresarios, agentes deportivos, artistas...

¡Qué sé yo! Incluso controlamos a miembros de la Cámara de los Lores, ¡fíjese!

En la práctica, se han convertido en nuestros agentes, una especie de colaboracionistas de la guerra silenciosa que estamos promoviendo contra su país en particular y contra Occidente en general.

Cuando, por ejemplo, el Gobierno británico intenta protegerse de nuestros ataques, todas estas personas salen corriendo en nuestra ayuda y lo presionan, y no tiene más remedio que recular.

Y eso nos permite seguir atacándolos como nos dé la gana.

—Genial.

—Hay operaciones similares en otros países europeos.

Francia, Austria, Italia... La lista es enorme.

Hace dos años llevamos a cabo una campaña para fomentar el voto separatista en el referéndum sobre la independencia de Escocia, con el objetivo de debilitar al Reino Unido.

Otro ejemplo: por esas mismas fechas, nos interesó la campaña proindependencia de Cataluña, en este caso para debilitar a España.

Es cierto que ninguna de las dos regiones, Escocia y Cataluña, terminó siendo independiente, pero los conflictos internos provocados por nuestras maniobras invisibles desestabilizaron y debilitaron a sus países.

Y eso, capitán, es una victoria para Rusia.

Todo lo que los divida es bueno para nosotros.

Dimitri ya estaba familiarizado con las líneas generales de la estrategia rusa —el Plan Dugin y la Doctrina Guerásimov— gracias al curso de formación que no llegó a terminar.

Ahora solo le faltaba conocer los detalles operativos para poder desempeñar su trabajo.

Señaló a los jóvenes que trabajaban en la sala.

—¿Cómo ponen en práctica el plan estas personas del Shaltai Boltai? No me imagino que estén usando los ordenadores para enviar dinero a políticos, empresarios y artistas británicos...

El coronel lo llevó hasta una mesa junto a la ventana, donde un chico de pelo largo castaño escribía en su ordenador.