El protocolo del caos XXX
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Tomás sabía que para descubrir la localización del móvil perdido tenía que resolver el enigma que Sasha le había dado en Moscú.

El ruso le había explicado que aquel tal Gonzalez —el desconocido que se había quedado con el teléfono— le había dado ese papel como si fuera una pista que, una vez descifrada, lo conduciría hasta él.

Si ese Gonzalez era un trumpista, cabía la posibilidad de que perteneciera a una de las muchas sectas conspiranoicas que pululaban por Estados Unidos.

Tendría que empezar por ahí.

Un día después de regresar a Lisboa, el historiador pasó todo el día encerrado en casa estudiando las sectas estadounidenses y sus ideas estrambóticas.

Se centró, sobre todo, en comprender la cultura de esos grupos, casi todos con visiones apocalípticas: proyectos escatológicos de salvación tras un cataclismo final.

Tras varias horas de estudio, entendió que la palabra migas se refería a un lenguaje propio para designar pistas, y que cocinar significaba «conocer». Es decir, migas para cocinar equivalía a «pistas que descifrar».

Posó la mirada en el papel que el estadounidense le había entregado a Sasha con aquella sucesión de símbolos enigmáticos.

Si el enigma era una «miga para cocinar», significaba que estaba ante una pista concebida para ser descifrada.

Ese tipo de juegos era muy propio de la mentalidad de esos grupos: empleaban códigos herméticos para comunicarse, comprensibles solo para los iniciados.

Una forma de reforzar la idea de hermandad secreta, donde solo los miembros compartían la clave de los mensajes.

Tomás se dio cuenta de que esos curiosos símbolos —a los que en broma había llamado «alfabeto de extraterrestres»— le resultaban extrañamente familiares.

¿Dónde los había visto antes? Encontraba similitudes sorprendentes con los caracteres cuadrados del alfabeto hebreo y, si se fijaba con más atención, con el código cabalístico de las nueve cámaras de la temurá: un sistema de permutación de letras dentro de una misma palabra para construir otras relacionadas.

¿Y si era eso? La posibilidad era tentadora y se sintió motivado intelectualmente. Si la memoria no le fallaba, el código de la cábala de las nueve cámaras tenía relación con la tradición hermética judía, la doctrina esotérica que, según la leyenda, Dios reveló a Moisés en el monte Sinaí.

¿Era posible que...?

La hipótesis era demasiado atractiva para un historiador especializado en lenguas antiguas, pero frenó su entusiasmo.

El acertijo parecía relacionado con la cábala, pero parecer no es sinónimo de ser .

La secuencia tenía una forma sencilla y regular, casi como un código Morse, y daba la sensación de que detrás había mano de geómetras. Decidió tirar de ese hilo.

Como bien sabía, los mayores geómetras son los matemáticos. Mentalmente añadió a los arquitectos a la ecuación. ¿Estaría ante un código propio de matemáticos o de arquitectos? La idea seguía siendo prometedora, pero se sentía caminando a ciegas por un callejón oscuro.

Hasta que, de repente, se hizo la luz.

—¡Joder! —murmuró, mordiéndose el labio inferior como si se castigara a sí mismo—. ¿Cómo es posible que no lo haya visto antes?

Los autores de esos símbolos eran matemáticos y arquitectos...

, pero de una generación mucho más antigua.

Los antecesores de los arquitectos, todos ellos maestros en matemáticas, eran los constructores de casas.

Los albañiles. Y, con ellos, los canteros medievales.

En aquella época, los albañiles y canteros se organizaban en gremios, asociaciones de artesanos del mismo oficio.

Hablaban de construcción, como era lógico...

, pero también de física. Y de otra construcción: la de una sociedad nueva, trazada con líneas más atrevidas, basada en ideas revolucionarias.

Ideas peligrosas, como era evidente, porque amenazaban el orden de su tiempo.

Por eso, la única forma de comunicarse era en secreto.

Para ello, desarrollaron alfabetos cifrados y escrituras codificadas.

En la Edad Media, a esos albañiles y canteros se los conocía con un nombre.

Masones.

¿Estaba ante un alfabeto masónico? ¿Sería posible?