El protocolo del caos XXIX
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Leroy llegó a casa con el cheque de la indemnización en el bolsillo. Abrió la puerta y se encontró con Charlie.

—He encontrado trabajo —le anunció su hijo—. Empiezo mañana.

Lo dijo sin ningún entusiasmo, como quien comenta que va a llover.

—¿Dónde vas a trabajar?

—En la tienda Family Dollar, en Brittany. Atención al público.

Eso explicaba la falta de entusiasmo. En un trabajo así seguramente no pagaban bien.

Pero tanto el padre como el hijo sabían que no tenían alternativa.

Los buenos empleos en la industria petroquímica escaseaban: las empresas tiraban de la globalización para emplear a trabajadores importados, aplicaban cuotas de discriminación positiva para minorías o contrataban a personas dispuestas a aceptar salarios mucho más bajos.

Solo quedaban trabajos como el de las tiendas Family Dollar o similares.

Tenían que conformarse con lo que hubiera: era la única forma de pagar los gastos, incluido el nuevo tratamiento de Sally.

Leroy se esforzó por controlar la rabia que lo consumía y abrió el congelador. Revisó los platos preparados que había comprado en el supermercado.

—¿Qué quieres para comer? ¿Albóndigas con puré de patata o jambalaya ?

—Albóndigas.

Sacó los platos congelados y los metió en el microondas.

Aunque estuviera mal pagado, que su hijo tuviera un trabajo era mejor que nada, pensó.

Él mismo —era un manitas— había empezado a aceptar chapuzas ocasionales para ganar unos dólares extra y así poder guardar el dinero de la indemnización —que acababa de recoger en la empresa— para emergencias.

Cuando el microondas pitó, sacó los platos y los puso en la mesa.

La televisión estaba sintonizada en Fox News, como siempre.

Tras su vivencia en Filadelfia, Leroy tenía curiosidad por saber qué tipo de información consumían los progresistas del Norte.

Cogió el mando y cambió a la CNN. El canal de Atlanta emitía un reportaje sobre la crisis migratoria en el Mediterráneo y mostraba a refugiados sirios llegando a Europa.

Multitudes en Grecia, Hungría y Austria gritaban al unísono que querían ir a Alemania.

—¡Hala! —exclamó Charlie masticando una albóndiga—. ¡Quieren venir todos!

—Si son musulmanes, ¿por qué no se van a Arabia Saudí, que tiene tanto dinero? —gruñó su padre—. Si no se ayudan entre ellos, ¿por qué tenemos que ayudarlos nosotros los cristianos?

La reportera de la CNN apareció en directo relatando el drama de las personas que huían de la guerra, muchas con niños pequeños.

Subrayaba que necesitaban ayuda urgente.

Contó que había entrevistado a una siria embarazada que viajaba con su otro hijo en brazos y lloraba porque no entendía por qué no la dejaban pasar.

A Leroy, como buen cristiano que era, le dio pena, pero no terminaba de convencerlo.

—Quieren ablandarnos el corazón para que los dejemos entrar a todos —murmuró—.

¿Has visto cómo nos intenta manipular esa periodista?

Nos piden que sintamos pena para abrirles las puertas a millones de musulmanes.

Apuesto a que se cree una santa, como si fuera la mejor...

, pero ¿quién asume la responsabilidad si alguno de ellos comete un atentado?

¿O si los estadounidenses pierden sus empleos porque las empresas tienen que meter a toda esa gente? ¿Ella?

—Eso es en Europa, papá. ¿De verdad crees que esos musulmanes van a venir aquí?

Leroy señaló la televisión.

—Esa periodista es estadounidense y nos está hablando a nosotros, Charlie.

¿Qué crees que quiere? Nos está diciendo que nos apiademos, que el mundo es injusto y que tenemos la obligación de arreglarlo.

Incluso da a entender que somos responsables de su sufrimiento y eso es falso.

Tú y yo no somos malas personas por no resolver los problemas de esa gente, igual que ellos no son mala gente por no resolver los nuestros.

Cada uno debe lidiar con lo suyo. La culpa de que esos niños sufran no es nuestra.

Viven en países independientes y soberanos: que solucionen sus problemas.

Para eso se hicieron independientes, ¿o no?

Cuando Estados Unidos consiguió la independencia y después vivió una guerra civil, ¿quién resolvió nuestros problemas?

—Nosotros.

—Entonces, que resuelvan ellos los suyos.

Que no vengan a echárnoslos encima. Pero no, la CNN nos enseña todo ese drama para hacernos sentir culpables.

No es nuestra obligación resolver todas las desgracias del mundo.

Eso les corresponde a sus líderes. ¿No sirven?

Que los cambien. No hace falta que la CNN nos diga que sintamos pena.

¿Acaso han venido a Luisiana para enseñarle al mundo cómo aquí nos discriminan por ser blancos?

Esos periodistas progresistas están muy preocupados por los sirios, víctimas de sus propios dirigentes, pero no se preocupan por nosotros, que somos compatriotas y también lo estamos pasando mal.

—Verdad —asintió su hijo—. Nadie vino a hacer un reportaje cuando te despidieron para poner a un mexicano en tu puesto.

—¿Sabes lo que pasará con toda esta presión para que los inmigrantes nos den pena?

Que las élites aparecerán compungidas y les abrirán las puertas: «Venid, venid, esta es vuestra casa».

¿Y quién paga la factura? ¿Las élites? ¿Crees que los inmigrantes van a quedarse con sus empleos o a invadir sus casas?

¡Eso sí que estaría bien! Esa periodista habla así porque sabe que su trabajo no está en peligro, no la van a sustituir por una siria.

Los que pagamos el pato somos nosotros, los de abajo.

Ellos imponen la discriminación positiva...

siempre y cuando no les toque. Nos quitan el trabajo a nosotros, nos bajan el sueldo a nosotros, porque esa gente acepta trabajar por la mitad.

Con un gesto de irritación profunda, Leroy apagó la televisión.

Ver informativos le ponía de mal humor. Con Fox News, le entraba un miedo atroz ante el panorama que dibujaban sobre las políticas progresistas; con la CNN o MSNBC, se enfurecía con el discurso políticamente correcto que acabaría destruyendo el país y a su familia. Era su convicción.

Charlie, al ver a su padre cada vez más enfadado, decidió cambiar de tema.

—¿Cómo ha ido el día?

Leroy se percató del cambio brusco, pero se sintió aliviado. Le hervía la sangre, y lo mejor era no pensar más. Metió la mano en el bolsillo y sacó el sobre con el cheque para enseñárselo.

—He ido a la empresa a buscar la indemnización —dijo—. Voy a ingresar el dinero en el banco.

—Menos mal que ya lo tienes. Con esa gente nunca se sabe: pueden inventarse cualquier cosa para quedarse con él. No sería la primera vez...

Terminaron de comer. Mientras Charlie metía los platos sucios en el lavavajillas, Leroy sacó unas tortitas de postre, las puso en la mesa y las bañó con sirope.

—¿Sabes a quién me encontré cuando fui a buscar el cheque? Al señor Dean.

—Ah, ¿y qué tal está?

—Bien, creo. Charlamos un rato. No te vas a creer lo que me dijo. Trump, ese payaso de The Apprentice , ¿sabes quién? Se ha presentado a la Casa Blanca.

—Ya lo sabía. Lo vi ayer en Facebook.

—¿En Facebook? ¿Hay noticias en Facebook?

—Sí, claro.

—Pero... ¿eso no es una página para ligar?

El chico se rio.

—Bueno, papá, también sirve para eso, no digo que no, pero es mucho más.

Primero, no es una página, es una red social.

Hablas con gente y la gente habla contigo.

Mamá lo usaba para vender sus jerséis. Segundo, tiene una sección de noticias, News Feed.

Salen algunas que muchas veces no aparecen en otros sitios.

Es muy útil. Ahí vi lo de Trump. Deberías abrirte una cuenta.

Leroy lo pensó. Casi todo el mundo que conocía estaba en Facebook: amigos de infancia, excompañeros. Incluso Betty lo usaba. Él, un cajún de la vieja escuela, siempre había despreciado esas modernidades. Pero si allí había noticias que no salían en ningún otro lugar, la cosa cambiaba.

—¿Me ayudas a entrar en Facebook?

Antes de probar la tortita, Charlie cogió el smartphone de su padre, descargó la aplicación e introdujo los datos necesarios.

En pocos minutos, la pantalla mostraba una foto de Leroy en su canoa por los pantanos de Atchafalaya.

Le explicó lo básico: cómo publicar, subir fotos, consultar noticias, invitar a amigos, dar likes y entrar en grupos.

Cuando terminó, le devolvió el móvil con una sonrisa.

—Te va a cambiar la vida.