El protocolo del caos XXVIII
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El mapa colgado en la pared mostraba el continente euroasiático en su inmensa extensión: de Vladivostok a Lisboa, de Murmansk a Hong Kong, de Irkutsk a Oslo.

Dimitri Chernishev, que mantenía el título de capitán aunque ahora no fuera más que un mero instrumento del FSB, se acomodó en su asiento y esperó a que el instructor de la sesión apareciera en la sala.

No debía tardar mucho; hasta entonces, la formación había sido puntual.

La semana anterior, en el despacho del coronel Gusak, en la Lubianka, Dimitri había firmado el acuerdo de confidencialidad y la ficha de inscripción en la agencia de seguridad del Estado heredera de la Checa, el NKVD y la KGB.

Cómo era posible que se hubiera convertido en un chequista.

Solo había tenido tiempo de ir a Podolsk para informar a su esposa del traslado al nuevo puesto de trabajo y había regresado inmediatamente a Moscú.

Por lo visto, el FSB lo necesitaba con la máxima urgencia para una operación específica que no le habían explicado, pero que, según le habían dado a entender, tendría lugar en San Petersburgo.

Antes debía pasar por un entrenamiento que incluía formación en misiones de recogida de información y vigilancia de elementos enemigos.

Por eso estaba en Vychka, como se conocía a la Escuela Superior del FSB en Moscú, el centro de formación de agentes de espionaje más antiguo y prestigioso.

También estaban previstas sesiones de formación sobre tácticas de información, contrainformación y desinformación, pero le explicaron que la urgencia era tanta que esa parte la recibiría ya en San Petersburgo, durante la operación.

Los rusos aún echaban de menos a la Unión Soviética, un sentimiento que estaba más vivo que nunca, pero se equivocaban quienes pensaban que se trataba de nostalgia del comunismo.

No. Lo que echaban de menos era el imperio, la memoria de los tiempos en que la Unión Soviética mandaba en medio mundo, la añoranza de aquellos días gloriosos en que un ruso aparecía y todo el mundo temblaba y se inclinaba para rendir vasallaje.

Rusia alimentaba esa nostalgia desde que Vladímir Putin llegó al poder.

Aparecía constantemente en las noticias y en los comentarios en periódicos, radio y televisión. La nostalgia del imperio.

Un hombre pequeño y delgado, calvo y con una barba espesa y blanca hasta el pecho, apareció en la sala y dejó sus apuntes encima de una mesa. Parecía un ermitaño. O un pequeño Rasputín. Se plantó frente al grupo de alumnos del FSB y los miró.

—Buenos días, chicos —los saludó el recién llegado—.

Había un pueblo que tenía el cielo más bonito del mundo.

Un día, varias coaliciones se involucraron en una gran guerra, unas contra otras, y para la batalla final eligieron ese cielo, ya que era tranquilo y no había nubes.

El problema fue que la batalla cerró el cielo del pueblo.

Los vecinos se quedaron sin firmamento. Para poder ver el sol, las nubes, los pájaros, la luna y las estrellas, tuvieron que ir a la ciudad vecina.

A los de la ciudad no les gustaban los habitantes del pueblo, decían que eran campesinos rudos y toscos, pero no les impedían mirar el cielo.

Los campesinos se sentían molestos porque veían que en la ciudad se vivía en la opulencia mientras ellos estaban en la miseria; en la ciudad había de todo y ellos no tenían nada.

Además, descubrieron que en la ciudad vivían en libertinaje: los hombres se sodomizaban mutuamente, los ideólogos fanáticos desmentían la evidente distinción entre hombres y mujeres, habían declarado que Dios no existía, la moralidad se había evaporado, imperaba la mentira, el rey era el dinero.

Para los habitantes del pueblo, esa ciudad era un antro de pecado, el reino de la perdición, la casa de Satanás.

Entonces, decidieron crear una organización secreta, la Sociedad, con el objetivo de destruir la ciudad.

Empezaron enfrentándose a ella a escondidas, sin que nadie se diera cuenta, y se unieron bajo un juramento: «Avanzaremos mañana, conquistaremos o moriremos, no hay una tercera opción».

Se hizo el silencio en la sala. El instructor miraba a sus alumnos a la espera de que comentaran lo que acababan de escuchar. Uno de ellos levantó la mano.

—Perdone, ¿eso no es el cuento «Sin cielo», de Dubovitsky?

—Se publicó en la revista Pionero Ruso en 2014, cuando liberamos Crimea y el Donbás —matizó el instructor—. Pero lo que quiero saber es el significado del cuento.

El mismo alumno, al parecer familiarizado con la historia, volvió a levantar la mano.

—El pueblo es Rusia y la ciudad es Occidente —aclaró—. El cuento significa que estamos en guerra con Occidente, pero es una guerra invisible, sin límites precisos. De esta forma podemos engañarlos, mantenerlos adormecidos para que duden de nuestras verdaderas intenciones. Así podremos ganarles.

El instructor asintió con aprobación.

—Nathan Dubovitsky, el autor del cuento, es en realidad Vladislav Surkov —reveló—. La historia relata metafóricamente el inicio de nuestra revolución contra la decadencia, nuestra cruzada contra el colapso de la moralidad, nuestra guerra contra Occidente.

—¿Surkov escribió ese cuento? —se sorprendió el alumno. Parecía perplejo—. ¿Estamos hablando de Vladislav Surkov, el ex vice primer ministro y después consejero del presidente?

El instructor volvió a asentir.

—Vladímir Putin se rodea de los mejores —dijo—.

Para los más jóvenes, que no recuerdan lo que sucedió cuando eran pequeños, o quizás ni siquiera habían nacido, permitidme que recuerde que esta historia empezó en 1991 con el colapso de la Unión Soviética.

Los occidentales, esos perros traicioneros, provocaron la caída de nuestro gran imperio.

Cuando colapsó, se aprovecharon de nuestra debilidad para desintegrarlo en varios países ficticios y para venir a mandar en nuestra propia casa.

Lo lograron en la época de Boris Yeltsin, ese borracho endeudado con los occidentales y su decadente ideología progresista.

Pero gracias a Vladímir Putin, nuestro jefe y salvador, la Santa Rusia se ha vuelto a poner de pie.

Para eso, el país actúa según el plan de un hombre. ¿Alguien sabe quién?

La sala respondió en una especie de coro desafinado.

—Putin.

—Putin manda, sin duda, pero el pensamiento filosófico que nos guía es de Aleksandr Dugin —aclaró el instructor—. Supongo que todo el mundo sabe quién es...

Reconocieron el nombre y le pusieron cara. Salía a veces en televisión. Todos levantaron las manos a la vez.

—¡El Imperio euroasiático!

¿Quién no iba a reconocer a Aleksandr Dugin, al que en Occidente llamaban el Rasputín de Putin ?

Tras el colapso de la Unión Soviética, Dugin había creado el Partido Nacional Bolchevique, cuya bandera era la misma que la nazi, pero con la hoz y el martillo en lugar de la esvástica.

A los militantes de este partido se los llamaba nazibols , los nazibolcheviques.

Las ideas de Dugin influyeron profundamente en los siloviki , los chequistas que gobernaban Rusia.

Uno de sus libros, Fundamentos de geopolítica: el futuro geopolítico de Rusia , había sido elegido texto oficial de la Academia de las Fuerzas Armadas Rusas.

El instructor señaló con un gesto amplio el gran mapa de Eurasia colgado en la pared detrás de él.

—El Imperio euroasiático es la idea central de Dugin —confirmó—.

En estos momentos, el mundo está dividido en dos polos: Roma y Cartago.

Roma es la tierra, la tradición, el pueblo, la patria.

Cartago es el mar, la subversión de la tradición, la élite, la globalización.

Roma es continental, Cartago es atlántica.

—Señaló al alumno que había reconocido el cuento—.

¡Tú! ¿Quién es hoy Roma y quién es Cartago?

—Roma es Rusia —respondió el joven de inmediato—. Cartago es Occidente.

—Cartago es el orden decadente y Roma es el orden emergente —proclamó el instructor, levantando los brazos como si estuviera transmitiendo el mensaje a toda Rusia—.

Esa es la idea de Aleksandr Dugin, base de nuestro pensamiento estratégico.

Rusia es impensable sin un imperio; su gran pueblo lo sabe, tiene plena autoconciencia étnica.

Pertenecer a la nación rusa es un privilegio, un lujo increíble de la existencia, la mayor dignidad antropológica, dado que los rusos son el eje étnico del imperio.

¡Incluso los niños, antes de ser niños, son rusos!

Pero este gran pueblo ha sido aplastado por la bota de Cartago, por la dictadura del atlantismo, por la tiranía del liberalismo y el unilateralismo.

En una palabra: por Occidente. Ahora bien, os pregunto: ¿cómo podemos librarnos de esta camisa de fuerza progresista que nos cohíbe y nos impide ser quienes somos y asumir toda nuestra grandeza imperial?

Ante la pregunta, los alumnos parecieron un poco perdidos. Uno de ellos levantó la mano tímidamente.

—¿Siguiendo nuestro propio camino?

—Se hace enalteciendo a nuestra nación sagrada —aclaró el instructor—.

Tenemos que azuzar las tendencias nacionalistas hasta el límite, desencadenar un dramático y rápido despertar de un grupo étnico grande y poderoso: el ruso.

El nacionalismo ruso tiene que ser una ideología única y total, hasta que la nación se convierta en el todo y el individuo no sea nada.

Solo así podremos derrotar al mercantilismo, al capitalismo, al individualismo, al atlantismo y al globalismo. En una palabra: a Occidente.

Uno de los alumnos, que hasta el momento había permanecido en silencio, levantó la mano.

—Pero para enfrentarnos a Occidente, profesor, no basta con enaltecer a la nación rusa...