XXVII
Sasha sabía que, por mucho que el portugués protestara o pataleara, la conversación con Tomás Noronha iba a llegar a ese punto.
El deepfake lo convertía en el verdadero autor de la masacre de Christchurch, y las pistas falsas dejadas en el terreno corroboraban esa teoría.
Su interlocutor entendió que estaba acorralado y no tuvo más remedio que rendirse a la evidencia: no tenía otra alternativa sino colaborar con ellos.
El ruso posó el vaso de vodka en la mesa y miró al historiador, que acababa de convertirse en su agente gracias al kompromat . Finalmente lo tenía en la palma de la mano, había llegado el momento de darle el briefing de la situación.
—Como el coronel Glebov le explicó en Lisboa, lo necesitamos para recuperar un smartphone —le dijo el ruso—.
El aparato desapareció con una información que...
, digámoslo así, no puede caer en manos equivocadas.
Tiene que conseguirlo deprisa y de forma muy discreta.
Creemos que es la persona adecuada para hacerlo.
A Tomás le frustraba verse forzado a hacer algo que no quería. Pero no tenía escapatoria. Había caído en una emboscada.
—Sigo sin entender por qué me han elegido a mí para ese trabajo. ¿Por qué yo?
—Por su talento para resolver casos complicados —le respondió—.
No vale la pena entrar en detalles de todos los que ha resuelto en el pasado, usted los conoce mejor que nadie, y nosotros también.
También lo hemos elegido por otra razón.
El móvil se ha perdido en territorio enemigo y nuestros hombres están teniendo muchos problemas para localizarlo, sobre todo, porque están bajo vigilancia rigurosa debido a las circunstancias geopolíticas internacionales.
Sus movimientos están limitados. Además, las pistas nos conducen constantemente a callejones sin salida.
El tiempo se agota y nos hacen falta ideas frescas.
Por eso pensé en usted. Para resolver este caso, quiero al mejor profesional. Ahora bien, el mejor... es usted.
Tomás ya intuía que el peligro estaría en los detalles de la historia.
—Cuando dice «territorio enemigo», ¿a qué país se refiere exactamente?
—A Estados Unidos, por supuesto.
Lo que le sorprendió no fue la respuesta, sino la ligereza de esta.
—¿Para usted el territorio estadounidense es territorio enemigo? ¡Rusia es la que está en guerra con Estados Unidos!
—Digamos que es al revés —le devolvió Sasha—. Estados Unidos es el país en guerra y nosotros nos limitamos a defendernos.
El portugués se rio sin ganas.
—Entonces, Rusia invade Georgia y Ucrania, dice que todos los países de la antigua Unión Soviética les pertenecen, lanzan ataques cibernéticos contra todo Occidente, amenazan a medio mundo con armas nucleares... ¿y son los demás quienes atacan a Rusia?
—Todo eso es el resultado de los ataques permanentes de Estados Unidos. Es culpa de su maquiavélico plan para destruir nuestro país.
—¿Qué plan?
—El Plan Dulles. ¿Nunca ha oído hablar de él?
Allen Dulles, agente secreto estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial y director de la CIA en la época de Dwight Eisenhower, era una figura odiada en el seno de la antigua KGB.
—Pero... ¡si eso es ficción!
—¿Ficción? ¡De ninguna manera! Para su información, el director de la CIA propuso el Plan Dulles en un discurso en 1945.
Preveía la destrucción de la Unión Soviética desde dentro.
Para ello, usarían la desinformación, destinada a provocar el caos en nuestro país sustituyendo los valores rusos por falsedades y convenciendo a la población de que eran ciertas.
—Le estoy diciendo que todo eso es ficción —insistió el portugués—.
Soy historiador y sé de lo que hablo. Esa patraña nació a partir de una novela publicada en la década de los setenta, escrita por un novelista soviético que se inventó un plan maquiavélico de los nazis para manipular la mente de los rusos.
La novela se popularizó y llegó a convertirse en una serie de televisión soviética.
La prensa rusa se hizo eco en la década de los noventa y de repente el plan nazi se metamorfoseó en un plan estadounidense.
Dulles nunca hizo ese discurso, es solo un delirio paranoico.
Su interlocutor dudó.
—¿Está seguro?
—Claro que estoy seguro. Mi trabajo es investigar el pasado.
—No es lo que me han contado. Todas las acciones estadounidenses contra Rusia se parecen a lo que se ha dicho del Plan Dulles.
Por tanto, el plan existe. Es más, si se fija, las reformas de Gorbachev que condujeron al final de la Unión Soviética siguieron las líneas del plan de la CIA que pretendía envenenar a los rusos.
—¿Es así como explican en Rusia el colapso de la Unión Soviética? ¿Diciendo que todo fue una conspiración de la CIA?
—¿No le parece evidente?
Tomás casi puso los ojos en blanco.
—Oiga, lo que están haciendo es utilizar teorías de la conspiración para explicar algo que no quieren aceptar, en concreto, que el colapso de su país sucedió debido a profundas disfuncionalidades internas.
Ya solo falta que digan que el accidente de Chernóbil fue una conspiración de la CIA y que por eso...
—Vale, vale —lo cortó el ruso, impacientándose—.
Esta conversación no nos lleva a ninguna parte.
No nos desviemos del tema que nos ha traído hasta aquí.
Hay un smartphone desaparecido en territorio enemigo con material muy sensible y tenemos que recuperarlo urgentemente.
Por lo tanto, vamos a concentrarnos en esa misión. El resto es cháchara.
No era cháchara, sino todo lo contrario.
Que los rusos creyeran en el Plan Dulles y en otras conspiraciones decía mucho de la mentalidad dominante en aquel país.
Creían que todo el mundo se pasaba los días pensando en cómo conspirar para destruirlo, como si en Occidente no hubiera nada más importante que hacer.
Estaba seguro de que, por más que lo intentara, no iba a conseguir convencerlos de lo contrario.
Intentarlo sería una pérdida de tiempo. A los rusos les convenía creerse todo aquello: era una explicación fácil para problemas muy complejos.
Lo mejor sería concentrarse en la tarea que tenía entre manos.
Si había que llevarla a cabo, cuanto antes, mejor.
Cuanto más deprisa se librara de ese grupo de paranoicos acomplejados, mejor.
—Si quiere que lo ayude a encontrar ese móvil que tanto le preocupa, me tiene que dar informaciones muy específicas —indicó Tomás—. ¿Qué contiene exactamente? ¿Los detalles de la construcción de la bomba de hidrógeno? ¿Los detalles técnicos de sus misiles hipersónicos?
—Como supondrá, el contenido del smartphone es materia sensible y secreta. Le puedo asegurar que se trata de algo que podrá ayudar a garantizar la paz mundial.
La respuesta hizo desconfiar a Tomás. ¿El ruso necesitaba el móvil para garantizar la paz mundial? Estaba claro que era una mentira para que colaborase más motivado.
—Tengo que saber cuáles son las circunstancias en las que se perdió el aparato. Ya sé que fue en Estados Unidos, pero ¿dónde en concreto? ¿Cómo fue?
Tampoco le puedo revelar el lugar —respondió—.
Pero puedo darle elementos específicos de la persona que se lo llevó.
Se llama Gonzalez. Rodhes Gonzalez para ser más exactos.
Forma parte de las milicias trumpistas y llevaba una chaqueta con símbolos muy distintivos, en concreto, un gallo y una serie de iniciales.
—¿Se acuerda de ellas?
El ruso cogió un lápiz y escribió en un papel.
—Eran estas.
WWG1WGA
Tomás analizó la secuencia de letras.
—¿Qué es esto?
—Descúbralo.
El portugués cogió el papel, estudió las letras durante un par de minutos y se lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta.
—¿Algo más?
En vez de responder, Sasha puso otro papel encima de la mesa.
—Esto es lo más importante.
Tomás miró el papel y se quedó un rato observando su contenido.
—¿Qué acertijo es ese? —preguntó—. ¿Un alfabeto de extraterrestres?
—Fue lo que me dio el tal Gonzalez cuando le pedí su contacto. Me dijo que eran migas y que no tendría dificultad en cocinarlas. Y afirmó: «Está todo conectado». Después, desapareció con el smartphone .
—¿Se lo robó?
—No exactamente. Se lo llevó con mi consentimiento porque me encontraba en una situación delicada. Por motivos que no puedo compartir, necesitaba que alguien se lo llevara. Este rompecabezas, supuestamente, me ayudaría a llegar a ese hombre, pero...
—No llegó.
—Lo intenté, pero no, no lo conseguí. Usamos nuestros ordenadores, tanto mis hombres de confianza como yo recorrimos las listas en Estados Unidos de personas llamadas Rodhes Gonzalez.
No encontramos nada. Después, buscamos a todos los Gonzalez, y mire que son muchos.
Sin éxito. —Señaló el papel—. Estuvimos dándole vueltas y...
nada de nada. Investigamos la pista de los símbolos que tenía en la chaqueta, en concreto, el gallo y esa extraña secuencia de letras. El resultado fue...
—Nada.
—Exactamente. Nos ha resultado imposible encontrar al hombre que se llevó el smartphone .
—Es muy probable que le diera una información falsa.
El ruso negó con la cabeza.
—Nos entrenan para saber leer a las personas. El tipo desconfiaba un poco, es cierto. Eso podría explicar su exceso de prudencia. Sin embargo, llegué a la conclusión de que decía la verdad. Iba con las milicias trumpistas. Se trataba de un cateto.
Tomás se frotó la barbilla.
—Un cateto, dice. ¿Y qué más?
—Eso es todo. Con lo que le he dicho..., encuéntrelo. Ahí tiene material más que suficiente. Supongo que una persona con su talento será capaz de hacerlo.
El visitante analizó las pistas colocadas a su disposición; le parecían ridículamente exiguas.
—Oiga, montar esta caza cuesta dinero. Voy a tener que viajar, comprar billetes de avión, reservar habitaciones de hotel... No tengo dinero para todo eso. Me va a tener que ayudar.
Sasha se levantó y se dirigió al mueble que había junto al bar. Abrió un cajón y de su interior sacó un sobre. Volvió al sofá y lo lanzó encima de la mesa.
—Ahí tiene veinte mil dólares, más el billete para marcharse y las coordenadas que le permitirán contactar conmigo cuando concluya la búsqueda y encuentre el smartphone .
Esta tarde tiene un vuelo a Lisboa desde el aeropuerto de Vnukovo, vía Estambul.
Quiero resultados en un mes, ¿me oye? Si después de ese tiempo el aparato no está en mis manos, el vídeo de la masacre en Christchurch con su cara estará en la Interpol.
Es mejor que se dé prisa. Cómo lo consiga es problema suyo.
Tomás señaló el papel con el enigma.
—¿Me puedo quedar con eso?
—Es una copia, se lo puede llevar.
El portugués cogió la hoja y la metió en el sobre donde ya había guardado el otro papel.
Después lo abrió para comprobar el contenido: ahí estaba el dinero con la cantidad indicada, el billete de Turkish Airlines y las coordenadas.
Se guardó el sobre. Se levantó. No se despidió de su interlocutor ni pronunció una palabra más.
Pasó por delante de los energúmenos que se encargaban de la seguridad y se marchó de allí.