XXVI
Era la última visita que Leroy Roderick hacía a la empresa en la que había trabajado durante los últimos años.
El exempleado fue a tramitar la documentación para recibir la indemnización por despido.
Tras firmar los papeles y recoger el cheque, de camino a la salida, se cruzó con el señor Dean.
A pesar de todo, seguían llevándose bien e intercambiaron algunas palabras.
—Hola, ¿qué tal?
—Bien, he venido a tratar unos asuntos. —Leroy le enseñó el cheque que acababan de entregarle y el gerente lamentó que las cosas hubieran terminado así—. Estoy reorganizando mi vida poco a poco —le explicó el exempleado—. Pero no está fácil...
—¿Por qué no prueba en Sasol? Han anunciado una gran inversión en Bayou d’Inde. He oído que quieren contratar a más de cinco mil trabajadores, entre temporales y permanentes. Con su experiencia en esta área, seguro que hay un puesto para usted.
Sasol era un gigante petroquímico de Sudáfrica que iba a montar en Luisiana un proyecto llamado «Catar en Bayou».
Según la prensa, iban a construir un inmenso complejo con fábricas de fertilizantes, polímeros y amoníaco, instalaciones de producción de boro, terminales de metanol y edificios para la industria de la celulosa.
Es decir, una gran inyección de dinero con la que se emplearía a muchas personas.
Aun así, Leroy seguía desanimado.
—¿Cree que no lo he intentado? —respondió—. En cuanto nos enteramos, mi chico y yo nos presentamos. Pero los tipos nos respondieron de inmediato con un «no». Por lo visto, los trabajadores serán todos de Irlanda y Filipinas. Dicen que son más baratos.
El señor Dean hizo una mueca.
—¡Qué mal!
—Es la mierda de la globalización.
La cosa estaba difícil. El gerente de la empresa se quedó un momento en silencio. Cuando volvió a hablar, lo hizo para preguntarle algo con lo que no contaba.
—¿Suele ver The Apprentice ?
A Leroy le sorprendió la pregunta porque no tenía nada que ver con el tema anterior.
De hablar sobre la nueva inversión de Sasol en Luisiana, el gerente había pasado de golpe al reality show de la NBC sobre las habilidades empresariales de sus concursantes.
Lo más probable era que el señor Dean no supiera qué más decir y había optado por desviar la conversación hacia un asunto menos incómodo.
—Sí, Betty y yo lo veíamos a veces —respondió Leroy.
Se calló al recordar las veladas en casa con su mujer, los dos viendo la televisión y riéndose con las peripecias que pasaban en el programa.
Bonitos tiempos—. A ella le gustaba mucho.
¿Sabe quién era su personaje favorito? Trump.
Ese tío es impagable, ¿no le parece? Todo un personaje.
Se refería a Donald Trump, el más extravagante de los miembros del jurado de The Apprentice , un divertido empresario del área inmobiliaria que actuaba con descaro y hacía cosas raras, como usar el programa para promocionar sus productos e incluso a su propia familia, tanto a su mujer Melania como a sus hijos Ivanka y Donald Trump Jr. Los Trump se habían convertido en una especie de familia Kardashian.
O en los Simpson. Su vida era casi un reality show .
—¿Ha visto que se ha presentado a las elecciones?
—¿A las elecciones para qué? ¿Cómico del año?
—A la Casa Blanca.
Leroy soltó una carcajada.
—Ese tío tiene cada cosa...
—No es ninguna broma, va en serio —aclaró el señor Dean al percatarse de que su antiguo empleado pensaba que era un número de circo más con el que pretendía alimentar las audiencias del programa de televisión—.
Ha anunciado que se presenta a presidente de Estados Unidos. Quiere llegar a la Casa Blanca.
Su convicción deshizo la sonrisa de Leroy.
—¿En serio?
—Trump anunció su candidatura en mitad del programa. A continuación, la NBC lo despidió. Los periódicos dicen que ya tiene la campaña lista y la van a lanzar en breve.
Leroy no tenía ni idea.
—¿Trump? ¿Candidato? Pero ¿puede hacer algo así?
—Nada se lo impide —respondió el gerente encogiéndose de hombros—. El tipo tiene mucho dinero y sigue las normas legales. Cualquier persona puede ser candidato, ¿o no? Incluso Kim Kardashian. En el caso de Trump, quiere ser el candidato del Partido Republicano.
A Leroy le parecía una posibilidad remota.
—Venga, hombre, no se quede conmigo...
—Se lo estoy diciendo en serio —insistió el señor Dean—. Se lo cuento por las declaraciones que hizo en el último episodio de The Apprentice . Espere un momento, que se las enseño.
El gerente cogió su smartphone y escribió las palabras clave.
Cuando encontró lo que buscaba, lo giró hacia Leroy.
La imagen mostraba a Donald Trump en el plató del programa de la NBC.
Estaba anunciando su candidatura a presidente de Estados Unidos.
Al escuchar la declaración, a Leroy le entraron ganas de echarse a reír, parecía otra de las bromas del comediante.
¿Acaso no se conocía a Trump por sus extravagancias como miembro del jurado del programa?
Borat y él eran de lo más cómico que había visto.
Pero, de repente, el empresario dijo algo que llamó su atención.
«Cuando México nos envía a su gente, no nos envía a los mejores —afirmó—.
Nos envían a personas problemáticas que vienen con sus problemas a cuestas.
Traen drogas y criminalidad. Son violadores.
No digo que algunos no sean buenas personas, pero cuando hablo con los guardas fronterizos, me cuentan todo lo que está entrando en nuestro país».
Al acabar, el señor Dean buscó otro enlace en su smartphone .
—La NBC lo despidió por haber llamado «violadores» a los inmigrantes ilegales mexicanos. Como respuesta, Trump ha emitido una declaración. Lea.
El texto que apareció en la pantalla del móvil, firmado por Donald Trump, decía que la «NBC era floja y estaba siendo políticamente correcta, como todo el mundo; por eso, nuestro país enfrenta problemas tan graves».
El párrafo siguiente detallaba su opinión sobre el tema: «Necesitamos fronteras fuertes, no podemos permitir que inmigrantes ilegales entren en Estados Unidos.
Como cuenta la prensa, cruzan nuestras fronteras sin parar.
Las noticias hablan de delitos cometidos diariamente por los inmigrantes ilegales. Esto tiene que parar ahora mismo».
Leroy se quedó callado. Se despidió del señor Dean sin hacer ningún comentario, se metió en el coche y se fue a casa.
Durante el trayecto solo pensaba en lo que acababa de ver y de leer en el móvil de su exjefe.
Siempre le había hecho gracia Donald Trump, le parecía un personaje divertido, pero para él no era más que un cómico, una figura de ficción, un payaso cuya única función era distraer y hacer reír al público.
¿Trump presidente? La idea le parecía totalmente surrealista.
Ridícula. Solo faltaba que Borat o las Kardashian anunciaran sus candidaturas y así ya estaría montado el circo de lo absurdo.
Sin embargo, Trump había dicho cosas que tenían sentido. A veces los payasos decían la verdad, aunque lo hicieran bajo la capa del humor. Aunque, al parecer, ninguna de esas declaraciones tenía la intención de hacer reír. Sonaban reales.
¿Era posible que un payaso se convirtiera en presidente?