XXV
La voz de la asistente invitándolo a pasar al despacho del coronel Gusak hizo que Dimitri se pusiera en pie de un salto, como si tuviera resortes.
Había llegado el momento. Inspiró hondo, llenándose los pulmones para reunir el valor necesario antes de cruzar la puerta.
Tras el escritorio lo esperaba un hombre con uniforme militar, ojos de un azul translúcido y cabello canoso peinado hacia atrás.
—Capitán, siéntese —lo invitó el hombre de voz ronca que había escuchado horas antes al teléfono—. Espero que mi llamada esta madrugada no lo haya puesto nervioso...
Dimitri tragó saliva.
—De ninguna manera, mi coronel.
Gusak tomó unos folios que tenía en la mesa y empezó a ojearlos con aire distraído.
—He estado leyendo el informe del ejercicio que llevamos a cabo hace diecisiete años en aquel sótano del edificio de Riazán, no sé si lo recuerda. Lo firmó usted...
—Sí, yo dirigí la investigación inicial de la policía, mi coronel. ¿Algún problema?
El hombre del FSB fijó su atención en una parte del documento.
—Capitán, escribió aquí que los sacos en los que se encontraron el reloj, el detonador y las baterías tenían azúcar. —Levantó los ojos y lo miró con aire inquisitivo—. ¿Lo confirma?
Dimitri no sabía qué debía responder. ¿Qué esperaría el chequista que dijera?
—Confirmo que... es lo que escribí en el informe, sí.
—¿Y es cierto? ¿Los sacos tenían azúcar?
¿A dónde quería llegar su interlocutor? Dimitri notó una gota de sudor que le nacía en la sien.
¿Su anfitrión quería saber la verdad o solo lo estaba poniendo a prueba?
Estaba nadando en aguas peligrosas y traicioneras; debía ser prudente.
Muy prudente. Intentó leer algo en sus ojos, pero era como mirar una pared. Tendría que decidir por sí mismo.
—En los sacos había lo que el coronel quiera que hubiera.
Gusak soltó una carcajada inesperada.
—¡Bingo! —exclamó, dando una palmada en la mesa—. ¡Ha hablado como un auténtico chequista!
Por lo visto, la respuesta había sido de su agrado.
—Siempre intento cumplir con mi deber hacia la patria, mi coronel.
El rostro del anfitrión se tornó serio de repente, como si hubiera apagado la carcajada con un interruptor. Se inclinó hacia delante y miró al visitante a los ojos.
—Menos mal, porque la patria lo necesita.
Dimitri sabía que, en realidad, aquello significaba que el FSB lo necesitaba.
—Estoy... a su entera disposición, mi coronel.
Gusak volvió a mirar la carpeta de la mesa como si acabara de reparar en un detalle nuevo en las hojas que tenía delante.
—He estado leyendo su informe y dice que su especialidad son los ordenadores. ¿Lo confirma?
A Dimitri se le iluminó la mirada.
—Mi coronel, me apasionan desde que era adolescente. Siempre supe que iban a cambiar el mundo... Justo lo que está ocurriendo. Y todavía no hemos visto nada. Estoy convencido de que...
—¡Vale, vale! —lo interrumpió el oficial del FSB—. De esas cosas yo no entiendo ni papa. Lo único que me interesa es confirmar su entusiasmo por los ordenadores. Y, por lo que veo, es mucho.
—Sí, mi coronel.
—Precisamente, necesitamos especialistas en esta área con urgencia. ¿Consideraría la posibilidad de trabajar para los órganos de seguridad?
La invitación fue tan inesperada que Dimitri se quedó momentáneamente congelado.
—¿Yo en el... FSB?
—Le duplicaremos el sueldo y tendrá que trasladarse a San Petersburgo. Además, como sabe, la agencia le otorga un estatus especial. —Esbozó una sonrisa maliciosa—. A fin de cuentas, nosotros somos la nueva nobleza de Rusia, ¿no le parece?
El visitante no sabía qué responder. Su sexto sentido le decía que lo mejor era rechazar la oferta.
Aunque el FSB era poderoso, entrar en la organización era un camino sin retorno.
¿No había sido el propio Putin quien había dicho que los exchequistas no existían?
Una vez chequista, para siempre chequista.
No se le olvidaba que eran capaces de todo, como vio en el 1999 en Riazán.
Con ellos, todas las precauciones eran pocas. Tenía que ser prudente. Mucho.
Pero, por otro lado, que le doblaran el sueldo y trasladarse a San Petersburgo no era algo que pudiera rechazar así como así.
Ekaterina se quejaba de «vivir en Campolandia», y seguramente le encantaría la propuesta.
Así como a los chicos. Abandonar los suburbios industriales para mudarse a la mejor ciudad del país.
Nunca se imaginó viviendo en San Petersburgo; siempre había idealizado Moscú, pero quizás fuera incluso mejor.
Mejor casa, mejores condiciones, mejores colegios.
La ciudad más europea de Rusia. Además, iba a dejar atrás las labores tradicionales de un policía para dedicarse a su verdadera pasión: los ordenadores.
¿Cómo iba a rechazar una oportunidad así?
—Para ser chequista, antes hay que pasar un análisis psicológico profundo, creo.
Una leve sonrisa recorrió momentáneamente el semblante de su interlocutor.
—¿Qué cree que ha estado haciendo en comisaría durante la última semana?
Al instante, Dimitri recordó el conjunto de test psicológicos que había hecho para determinar su estado de salud mental.
—Ah..., ¿era para eso?
—¿Se acuerda de que la semana pasada un pasajero le contó chistes de nuestro presidente en el tranvía?
Claro que se acordaba. El pasajero se había burlado de la baja estatura de Putin. Normalmente, Dimitri se habría reído, pero ese día estaba tan cansado que ignoró los chistes. Menos mal que lo hizo.
—¿También eran ustedes?
Al parecer, el pasajero era un agente enviado por el FSB para ponerlo a prueba.
—Debíamos tener la certeza absoluta de que estábamos ante una persona de confianza, alguien tan leal al presidente como para ser capaz de guardar secretos de Estado —respondió el oficial del FSB—.
Enhorabuena, pasó la prueba. Por eso está aquí.
¿Listo para servir a su patria y defenderla de sus enemigos?
Esa idea le ponía un poco nervioso. Pero considerando las ventajas de entrar en la agencia de inteligencia rusa, tanto para su vida como para la de su familia, ¿cómo iba a decir que no?
—Cuente conmigo, mi coronel.
Gusak ya lo daba por hecho. Cogió los papeles y se los entregó al visitante.
Dimitri confirmó que se trataba de un compromiso de confidencialidad y de su ficha de inscripción, que —detalle significativo— estaba previamente rellenada.
Tras leer las condiciones de su nuevo trabajo, incluido el sueldo, cogió el bolígrafo y firmó los papeles.
Se había convertido en un chequista.