El protocolo del caos XXIV
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El vídeo de la masacre en Christchurch, en Nueva Zelanda, terminaba con la imagen del asesino quitándose la capucha, el pañuelo y las gafas de sol. Tomás Noronha estaba boquiabierto, intentando procesar lo que acababa de ver. ¡El autor de la matanza era... él!

Señaló el televisor apagado inquisitivamente.

—¡Eso es falso!

Sasha observó su reacción cuando el autor de la matanza reveló su identidad, y ahora no ocultaba su sonrisa.

—El que está ahí es usted. ¿No lo ha visto? Las imágenes no engañan.

—¡Las imágenes son falsas!

—El vídeo es verdadero —le corrigió el anfitrión—. Se transmitió en Facebook Live y miles de personas siguieron la matanza en directo. Además, el vídeo de la masacre en Christchurch está guardado en los servidores de Facebook. Eso no puede negarlo.

El historiador negaba con la cabeza sin parar.

—¡No es posible! Si el vídeo es verdadero, entonces yo no soy ese hombre. Es... alguien que se me parece mucho. Pero si yo ni siquiera he estado nunca en Nueva Zelanda...

—Le estoy diciendo que el vídeo es verdadero y que el que aparece ahí es usted. La mismísima policía neozelandesa tiene este vídeo. Es una prueba del delito cometido.

—Vale, pero yo le digo que nunca he estado en Nueva Zelanda. O el vídeo es falso, o entonces la persona que mató a toda esa gente se parece mucho a mí. ¡No soy yo! ¡Yo no he hecho nada de eso! ¡Es imposible! Si ni siquiera sé cómo funcionan esas armas.

Por ahí no iban a llegar a ninguna parte y el ruso era consciente. Se enderezó en el sofá y con semblante serio miró a su interlocutor a la cara. Estaba a punto de asestarle el coup de grâce .

—El vídeo es verdadero —repitió despacio, para enfatizar cada palabra—. Sobre el rostro del asesino..., ¿usted se acuerda de que hace poco le hicieron una visita en su casa?

Tomás no entendía a dónde quería llegar.

—¿Una visita?

—Sí, una visita. ¿No se acuerda de que llegó a casa y se encontró con una persona que..., bueno, que no había visto nunca?

De repente recordó al asaltante en su salón cuando volvió por sorpresa a su piso para buscar el cuaderno.

—¿Es de los suyos?

—Profesor Noronha, digamos que pedí a unos técnicos especializados en este tipo de operaciones que instalaran una serie de cámaras en su casa.

—¿¡Qué!?

—Oh, fue precioso. Durante dos días registramos imágenes suyas mirándose en el espejo, sentado en la taza del váter, duchándose, vistiéndose, leyendo, recorriendo el pasillo, sentado en el sofá, hablando por teléfono, escribiendo en su ordenador, viendo la tele, comiendo, durmiendo, tirándose pedos...

En fin, todo lo que forma parte de la gloriosa rutina de un hombre en la intimidad de su hogar, dulce hogar.

Tomás no sabía si indignarse por la intrusión en su vida privada o admirar la desfachatez con la que el tipo se lo estaba contando todo sin ningún pudor.

—Pero ¿cómo se atreven?

—Nos atrevemos a muchas cosas, señor Noronha. ¡Vaya si nos atrevemos! Ni se hace una idea de hasta dónde llega nuestro atrevimiento. Me imagino que ahora se estará preguntando cuáles son los motivos para hacer lo que hemos hecho.

—Por supuesto.

—La respuesta es muy sencilla, profesor Noronha. Necesitábamos muchas imágenes suyas. Muchas, muchas, muchas.

—¿Imágenes mías? ¿Para qué?

Sasha señaló el televisor apagado.

—Para poner su cara en ese vídeo, profesor Noronha. Su rostro ahora es el del asesino de Christchurch. Es lo que coloquialmente, en inteligencia artificial, se llama deepfake .

—Ah.

Estaba todo explicado. Deepfake era un producto mediático sintético, hecho con imágenes y sonido, parcialmente manipulado o totalmente creado por inteligencia artificial, pero con tanto realismo que parecía real.

Había visto el vídeo de una figura sintética con la cara y la voz de Barack Obama diciendo cosas que nunca había dicho, como llamar «tipo de mierda» a Donald Trump.

Eso era un deepfake . De la misma forma que lo habían hecho con Obama, acababan de hacerlo con él.

Pero en vez de ser una broma, lo suyo iba en serio.

Habían puesto su cara, la de Tomás, en el lugar del rostro del autor de la masacre de Christchurch.

Es cierto que el día del asalto le había sorprendido el hecho de que los ladrones no se hubieran llevado nada. Ahora entendía por qué.

—La policía neozelandesa tiene las imágenes, las que van hasta el final de la masacre en la segunda mezquita de Christchurch —aclaró el ruso—.

Sin embargo, las siguientes, cuando vemos al asesino quitarse la capucha y revelar su identidad, trabajadas en deepfake con su rostro, las hemos añadido nosotros.

Profesor Noronha, el problema es que todas, incluido el deepfake de su rostro, no solo las tenemos nosotros.

También están guardadas en el servidor de Facebook en Estados Unidos.

—¿Qué pretende decirme?

—Nuestros hackers entraron en los servidores de Facebook, eliminaron el vídeo original y lo sustituyeron por este con el deepfake de su rostro al final.

Tomás pestañeó, sorprendido.

—Pero... ¿por qué? ¿Por qué? ¿Para qué se han molestado en hacer algo así?

—Kompromat.

Conocía bien la palabra rusa de origen latino, usada desde la época de la KGB. Las intenciones del ruso quedaban claras.

—¿Para comprometerme?

—Es el significado de kompromat en ruso, ¿cierto?

—Perdone, pero... ¿me están chantajeando?

Sasha soltó una carcajada.

—Ah, las grandes palabras. Venga, profesor Noronha, la palabra chantaje es un poco fuerte, ¿no cree? Digamos que solo estamos dándole un pequeño... incentivo. Véalo como una forma original de motivarlo para que nos ayude.

Tomás se enfureció.

—Pues si la idea es esa, le aseguro que no va a funcionar. No cedo a chantajes.

—¿Prefiere que circule por internet este vídeo con el grand finale, en el que se muestra su magnífico rostro? El Pierce Brosnan de Portugal: el verdadero autor de la masacre de Christchurch.

—Si hacen algo así, denunciaré el vídeo como un deepfake .

Sasha volvió a reír.

—Oh, profesor Noronha, vamos a ser serios. ¿Usted cree que funcionaría una excusa como esa?

—No es ninguna excusa, es la verdad. En mi país solemos decir que la mentira se lava con la verdad.

Es más, ni siquiera es muy difícil probar que no estaba en Christchurch el día de la masacre.

Seguramente hay registros míos de ese día sacando dinero o pagando compras, peajes, restaurantes, parkings o alguna otra cosa.

Algo probará que, mientras se producía la masacre, yo no estaba en Nueva Zelanda, sino en Lisboa o en alguna otra parte del planeta.

El semblante del ruso adquirió una expresión sombría, siniestra.

—¿Usted de verdad cree que no hemos pensado en eso, que no nos hemos encargado de todos los detalles?

La forma en que lo dijo preocupó a Tomás: no le cabía la más mínima duda de que estaba ante todo un profesional de la desinformación.

—¿Qué quiere decir con eso?

—Cuando decidimos que sería usted quien nos ayudaría en esta operación, nos centramos en los detalles —reveló Sasha—.

No nos limitamos a recoger informaciones e imágenes suyas para hacer este deepfake para su kompromat , sino que también usamos el registro de Google Maps para descubrir todos los lugares en los que estuvo el día de la masacre de Christchurch, así como los días previos y posteriores.

Borramos todo lo relacionado con su presencia esos días en Lisboa, incluso sus compras y comunicaciones: registro de tarjetas de débito y crédito, de Google Maps, peajes, videocámaras de las calles por las que pasó...

Lo hemos limpiado todo, todo, todo. Es como si nunca hubiera estado esos días en la ciudad.

Tomás estaba estupefacto.

—¿Han hecho todo eso?

—Eso... ¡y mucho más! —respondió con rapidez—.

Después de limpiar todos los vestigios de su presencia en Lisboa durante esos días, sembramos otros de su paso por Christchurch en las mismas fechas.

Nuestros hackers trabajaron con sus tarjetas y le compraron un billete de avión a Nueva Zelanda, inventaron registros informáticos de compras y comidas en Christchurch, el pago de tres noches en un hotel.

Incluso dejamos registros suyos de compras la víspera de la matanza en una tienda al lado del Masjid an-Nur, donde comenzó la masacre.

También hay registro de compras de municiones y armas.

¿Se da cuenta de las implicaciones de revelar todo esto?

Si la policía investiga el tema, rápidamente encontrará muchos rastros de su «paso» por Christchurch.

Tomás entendió la dimensión de la trampa que los rusos le habían tendido.

—¡Dios mío!

Sasha también entendió que acababa de conseguir lo que pretendía. Ahora solo faltaba darle la estocada final a su interlocutor.

—Profesor Noronha, está a un paso del abismo —sentenció—.

Dejamos más pruebas de su paso por Christchurch que las que habría dejado Agatha Christie en diez novelas.

Incluso un Poirot de pacotilla sería capaz de encerrarlo durante muchos años como autor de la matanza.

—Negó con la cabeza, como si estuviera compungido—.

Murieron cincuenta y una personas ese día.

Qué triste, ¿no le parece? Bueno, espero que le guste el sexo anal, porque va a pasar mucho tiempo entre rejas.

El portugués se le quedó mirando. ¿Cómo era posible que hubiera personas capaces de hacer algo así?

—Me da asco.

—Bueno, señor Noronha, será mejor mantener el tono profesional si no le importa. Esto no es nada personal, como debe calcular. Es solo trabajo.

Tomás estaba a punto de explotar.

—¡Váyase a la mierda!

Sasha ignoró sus palabras, contaba con ellas, y mantuvo una actitud impersonal.

—Ahora tiene una decisión importante que tomar —dijo, a modo de conclusión—.

O pone a mi servicio su notable talento, que lo convirtió en uno de los mejores profesionales del mundo en esta materia, y me ayuda a encontrar el móvil perdido, y toda esta pesadilla desaparece como por arte de magia; o mantiene su postura intransigente y rusófoba y, en ese caso, con gran pesar, me veré obligado a utilizar ciertos medios discretos para poner en conocimiento de las autoridades competentes la existencia del vídeo que acaba de ver con todas sus consecuencias. Dígame, profesor Noronha: ¿qué hacemos?

Formuló la pregunta como si fuera el punto final de la conversación.

Se cruzó de brazos y esperó la respuesta.

Instintivamente, Tomás quería rechazar la propuesta.

No solo le desagradaba trabajar para el Estado ruso, sino que también le indignaban los métodos utilizados.

No podía comulgar con esas personas. Pero, tras encajar la furia inicial, empezó a ver el otro lado del asunto.

Si su rostro aparecía en un vídeo deepfake como aquel, y si su interlocutor, como afirmaba, había dejado tantas pistas falsas de su paso por Christchurch el día de la masacre, entonces estaba metido en un lío monumental.

El ser humano está hecho para creer lo que ve, y Tomás lo sabía mejor que nadie.

Si su cara era la del asesino que había perpetrado aquella terrible matanza, ¿quién iba a creer en su inocencia?

Una imagen vale más que mil palabras, dice el proverbio chino —y más aún si esa imagen va acompañada de pruebas fabricadas—.

Ignorarlo sería una imprudencia suicida.

Aunque todo fuera falso, el vídeo equivaldría a una condena.

Ponderó con cuidado su situación, haciendo lo posible por conservar la cabeza fría y pensar con claridad.

Mentalmente, analizó las posibles salidas de aquel embrollo como un jugador de ajedrez que calcula, con precisión milimétrica, cada movimiento y sus consecuencias.

Finalmente, suspiró y volvió a mirar a Sasha.

—Dígame qué tengo que hacer.

Era una rendición.