XXIII
Desde hacía tiempo, a Leroy Roderick le preocupaba el problema de la inmigración en Estados Unidos, sobre todo, porque Fox News no dejaba de hablar del tema, tanto en sus informativos como en los talk shows .
Pero lo que realmente lo llevó a querer saber más fue el impacto que la política de discriminación había tenido en su vida personal y profesional.
Estaba desesperado, angustiado, y necesitaba encontrar una salida, costara lo que costara.
Abrió YouTube y escribió: «inmigración Estados Unidos».
Automáticamente, apareció una lista de documentales y reportajes televisivos.
En el top había uno titulado «¿Qué ha destruido el sistema de inmigración de Estados Unidos?
», de la CNBC; después otro, de Vox, titulado «La ley que destruyó la inmigración a Estados Unidos»; y un tercero, también de la CNBC: «¿La crisis de la inmigración destruirá las ciudades en Estados Unidos? ».
Casi nunca veía la CNBC porque era un canal típico del Norte progresista, pero bastaron los títulos para ponerle nervioso.
Pinchó en el primer reportaje y vio imágenes de miles y miles de inmigrantes latinoamericanos haciendo fila en México para saltar el muro e intentar entrar clandestinamente en Estados Unidos.
El reportaje los llamaba «inmigrantes sin documentos» y responsables del propio Gobierno afirmaban que el número de personas que entraban en el país «sin papeles» se había disparado tanto que el sistema estaba al borde del colapso. ¡Lo decían incluso los progresistas!
A continuación, YouTube les recomendaba una lista de vídeos sobre el mismo tema a los usuarios que, como él, habían visto el reportaje.
Leroy abrió uno de los mejor posicionados: un reportaje de Fox News titulado «Inmigrantes en Nueva York provocan el caos».
El contenido metía miedo. Al terminar, las sugerencias llevaban a otro vídeo: «Manifestantes en Nueva York bloquean autobús con inmigrantes», y después otra sugerencia: «Inmigrantes consiguen casas de lujo».
Leroy saltó en la silla.
—¿¡Qué!?
Además de dispararse en número, los inmigrantes estaban provocando el caos en las ciudades estadounidenses.
Era gravísimo. Y, por si fuera poco, las élites les ofrecían casas de lujo.
Mientras tanto, él, Leroy —un hombre honesto, patriótico, respetuoso y trabajador—, estaba condenado a vivir en una rodeada de químicos cancerígenos que le habían arrebatado a sus padres y a su esposa, y que probablemente acabarían con él y con sus hijos.
En la práctica, la política de discriminación positiva se traducía en despidos de estadounidenses blancos —muchos de ellos gente trabajadora que había levantado el país— por el simple hecho de ser hombres y blancos.
Eran sustituidos por una multitud de inmigrantes que, según él, en nada habían contribuido a Estados Unidos.
Esa gente pasaba por encima de los suyos con el beneplácito de las élites progresistas del Norte, que usaban el sistema de cuotas y la discriminación positiva para perjudicarles y robar el trabajo al estadounidense común.
¿El país se estaba volviendo loco?
Estaba aterrorizado, convencido de que todo lo que había visto era verdad.
Siguió navegando por las sugerencias de YouTube con avidez.
Apareció un vídeo titulado «Tiendas abandonan Nueva York por culpa de los robos».
En ellos, de forma gradual, los inmigrantes pasaban de ser «indocumentados» —la expresión políticamente correcta de las élites para evitar estigmatizarlos— a «ilegales».
El siguiente vídeo que le recomendó YouTube decía: «Con barricadas, soldados y nuevas leyes, Texas intenta impedir la entrada ilegal de inmigrantes».
Y después: «No más ciudades santuario: Nueva York empieza a deportar inmigrantes».
—¡Es lo que hay que hacer! —murmuró entre dientes, totalmente de acuerdo con el título del último reportaje—. ¡Impedir que entren no es suficiente, hay que deportarlos!
Leroy estaba solo en su habitación, delante del ordenador, pero hablaba como si a su lado todavía estuviera su querida Betty.
Reaccionaba ante los vídeos con miedo, además de rabia.
Estaban invadiendo Estados Unidos, literalmente.
Millones y millones de inmigrantes entraban en el país ilegalmente, ocupaban las ciudades, robaban en las tiendas y sembraban el caos.
¿Qué hacían las élites? ¡Los acogían y les daban casas de lujo!
¿Lo había oído bien? ¡Casas de lujo! ¡¿Qué locura era esa?
! ¡Las élites progresistas estaban lanzando Estados Unidos al abismo!
Por suerte, algunos compatriotas en Nueva York se habían percatado de la gravedad del asunto y habían empezado a deportarlos.
Cuando empezó a ver el reportaje, entendió que las deportaciones eran solo de inmigrantes condenados por algún delito.
—¿Y qué pasa con los demás?
Leroy empezaba a desquiciarse. ¿Cómo era posible que estuvieran tan ciegos? ¡Las políticas de las élites progresistas eran un delito contra el ciudadano común! No se aguantó, se puso de pie y empezó a gritar al ordenador con todas sus fuerzas.
—¡Estados Unidos, despierta! —exhortó—. ¡Despierta!
¡Hay que parar esta locura! ¡Tenemos que defender a los estadounidenses!
¡Levantad ese muro que los impida entrar!
¡Hay que acabar con los ilegales! ¡No vamos a permitir que se hunda Estados Unidos!
¡Hay que limpiar Washington y sacarlo del pantano! ¡Hay que hacer América grande otra vez!
Gritaba a la pantalla del ordenador como si alguien pudiera oírlo, como si el país entero pudiera oírlo y su voz sirviera para despertar a las personas.
Pero lo cierto es que estaba solo y nadie podía oírlo; le estaba gritando a las paredes, literalmente.
Aunque, por lo visto, quizá alguien lo oyera, porque los comentarios del reportaje sobre las deportaciones eran elocuentes y reproducían casi palabra por palabra lo que él pensaba en ese exacto momento.
«¡Deportación, deportación, deportación!
¡Los estadounidenses y los Estados Unidos primero!
», clamaba el primer comentario, al que seguían otros mensajes parecidos: «Cuidad a los estadounidenses en vez de dejar que los inmigrantes entren en nuestro país», «Debería ir a la cárcel quien los dejó entrar», y «Votar a los demócratas trae consecuencias terribles».
YouTube seguía sugiriéndole más reportajes similares, cada cual con un título más preocupante que el anterior, como «Inmigrante ataca a ciudadanos», «El presidente se ha vuelto loco», «La verdad sobre la crisis de la inmigración ilegal», «El ejército patrulla en Nueva York», «La clase media está acabada» o «La ilusión de los demócratas: quién controla nuestras vidas de verdad».
Eso, ¿quién controlaba sus vidas?, se preguntó Leroy al leer el título del último reportaje.
«¡Las élites del Norte! Los progresistas que se creen demócratas, paladines de la libertad de expresión.
Pero cuando nosotros, comunes ciudadanos, hacemos o decimos algo que no les gusta o con lo que no están de acuerdo, se nos echan encima, nos humillan, se ríen de nosotros, nos aíslan.
“¡Islamofóbico! ¡Racista! ¡Homofóbico!”, gritan como quien insulta.
Pero ¿qué es esto? ¿Ya no se puede llamar “marica” a un marica o “negro” a un negro o “pelo naranja” a quien tiene el pelo naranja?
¿Ya no se puede ser puntual ni profesional ni promover el mérito?
¿Quién ha dado a esta gente el derecho a censurarme y empequeñecerme como si yo no fuera también un ser humano con derecho a opinar?
¿Esto es una democracia o una parodia?».
Movió la cabeza. No, para él no era una democracia sino un espejismo.
Una fantochada. «Ni siquiera controlamos nuestras vidas, al menos no el ciudadano común, ni el pueblo estadounidense.
Son ellos, los de Washington, la legión de lo políticamente correcto, la policía del pensamiento, los que humillan a los verdaderos ciudadanos y quieren sustituirnos por esa gente».
Después, YouTube le sugirió otro vídeo y después otro y otro, que cada vez lo asustaban más.
Las políticas catastrofistas de las élites citadas en los reportajes alimentaban su furia.
Una ira descontrolada le crecía en el pecho y le revolvía las tripas hasta el punto de casi volverlo loco en una explosión de rabia descontrolada.
«Ah, las élites, las malditas élites aliadas a las grandes empresas.
Viven en grandes casas, llevan a sus hijos en cochazos a colegios privados.
¿Qué hacen todas esas personas que han nacido entre algodones?
Para probar la supuesta superioridad de sus valores, imponen el infierno a los demás, a sus conciudadanos, a esos que, por tener, solo tienen su honor, el amor a la patria, el espíritu de sacrificio.
A las élites les encantan los inmigrantes, sí, pero en los coches ajenos, en empleos ajenos, en colegios ajenos.
¡Malditos! Están destruyendo mi país y nos están destruyendo a nosotros, los que estamos por debajo.
Criminales. Me han quitado el empleo para dárselo a quienes no han contribuido a hacer de este país lo que es hoy.
¡Están saqueando Estados Unidos! ¿Y dicen que quieren defender a las minorías?
¡Si la minoría somos nosotros! Nosotros.
Nos llaman rednecks y se burlan de nosotros.
Nosotros. Los preteridos en los trabajos.
Nosotros. ¡Los blancos del Sur! ¡La minoría somos nosotros!
¿Quién va a tener el valor de levantar un muro y frenar toda esta locura?
¿Quién va a limpiar este pantano de la política sucia que se practica en Washington? ¿Quién hará de nuevo grande América?».
Sonó el móvil.
—¡Papá!
Era Sally.
—¿Qué?
—Que cuándo me vienes a buscar.
—A las tres de la tarde, como hemos quedado.
—Papá, ¡ya son las cuatro!
Consultó su reloj y comprobó con sorpresa que así era.
—¡Ah!
¡El tiempo había volado! Había empezado a ver vídeos por la mañana y ya era por la tarde. Aun así, se sentía incapaz de salir del ordenador. Estaba aterrorizado y también muy rabioso.
—Entonces, ¿me vienes a buscar o no?
Su padre respiró hondo.
—Ya voy.
Colgó y apagó el ordenador con desgana. Al parecer, la información que buscaba solo estaba en YouTube, en ningún otro sitio.
Cogió las llaves del coche y salió de casa para ir a buscar a su hija al instituto.
Tenía prisa porque quería volver lo antes posible.
Al regresar, lo primero que haría sería encender otra vez el ordenador para seguir averiguando cosas terribles de las que nadie hablaba.
Ni las televisiones ni los periódicos progresistas, que se lo callaban todo.
Pero ahora sabía lo que pasaba en su país, lo que le estaba sucediendo a su hijo.
Y también lo que le estaba pasando a él.