XXII
Entrar en la Lubianka, con su larga y siniestra historia, no era algo que se hiciera de buen ánimo.
En aquel edificio de ladrillo amarillento, los bolcheviques instalaron la Checa, la policía política comunista encargada de la vigilancia y represión de opositores y sindicalistas.
Después, bajo el nombre de NKVD, siguió siendo responsable de la gestión de los gulags, campos de concentración soviéticos, así como de su sistema de esclavitud y muertes masivas.
Por la Lubianka habían pasado miles y miles de prisioneros sometidos a encarcelamientos arbitrarios, tortura y fusilamiento, y un sinfín de indignidades.
Los rusos solían decir que se trataba del edificio más alto de Moscú, ya que incluso desde el sótano se podía ver Siberia, sinónimo de los campos de concentración.
En aquella época, solo el humor les servía para aplacar el miedo.
Miedo era, literalmente, lo que hacía temblar las piernas del capitán Dimitri Chernishev en el momento en que se dirigió al mostrador de la recepción.
El reloj de la pared gigantesca marcaba las ocho y cuarenta y siete.
Había llegado un poco antes de la hora prevista.
Tenía la garganta seca y sentía que el corazón estaba a punto de salírsele del pecho.
—Buenos días —saludó, haciendo lo posible por sonar tranquilo—. Tengo una reunión con el coronel Gusak.
Dimitri mostró el correo con la convocatoria. La funcionaria comprobó el ordenador, hizo una llamada y pareció satisfecha.
— Propiska?
Se trataba de la antigua expresión feudal usada para describir el sello en los pasaportes internos soviéticos, los documentos de identificación en vigor.
La propiska había dejado de existir tras la caída de la dictadura comunista, pero la expresión siguió usándose porque la obligación de validar los pasaportes internos no había cesado.
Dimitri entregó el suyo a la recepcionista y ella le pasó dos acreditaciones y le señaló un camino vigilado por guardas de seguridad.
—Vaya por ahí —dijo—. La primera acreditación es para entrar y la segunda le da exclusivamente acceso al tercer piso y al despacho del coronel Gusak. No está autorizado a pasar o entrar en ningún otro lugar si no quiere sufrir graves consecuencias.
Las normas de seguridad para circular en la Lubianka eran muy estrictas; ni siquiera los oficiales superiores podían saltárselas.
Con la primera acreditación, Dimitri entró en el perímetro interno del edificio y fue siguiendo las indicaciones que constaban en la segunda.
Entró en el ascensor, donde un vigilante comprobó que tenía autorización para estar allí, y subió al tercer piso, donde tuvo que pasar por más controles hasta llegar al despacho del coronel Gusak.
Una asistente le pidió que esperara sentado en una vieja silla de madera.
El visitante obedeció y esperó. Para calmar los nervios, se entretuvo observando el espacio que servía de antesala al despacho del coronel.
Las paredes estaban envejecidas, pero el ordenador sobre la mesa era moderno.
Un Apple, lo identificó Dimitri, que estaba muy familiarizado con todo lo relacionado con la tecnología.
En un lugar destacado de la pared colgaba un retrato enmarcado del presidente Vladímir Putin.
El visitante lo contempló pensativo. Parecía que había sido ayer, pero habían pasado diecisiete años desde los atentados en las tres ciudades, presuntamente responsabilidad de los chechenos, que condujeron a la segunda invasión de Chechenia y dispararon la popularidad del entonces primer ministro.
De tal forma que, cuando llegó el momento de sustituir a Yeltsin en la presidencia, eligieron a Putin.
Rusia, en particular, y el mundo, en general, cambiaron con el nuevo señor del Kremlin. La cooperación con Occidente se transformó en enfrentamiento debido a las operaciones militares occidentales en los Balcanes e Irak, y a las operaciones rusas en Crimea y el Donbás.
En medio de todo, Putin se consolidó en el poder colocando a una serie de chequistas al mando del país que transformaron el Estado ruso en un Estado FSB.
O, para ser más exactos, en un Estado chequista.
Unos años antes, en Podolsk, Dimitri había tenido que cerrar una investigación relacionada con seis hombres abatidos en la ciudad.
Entonces descubrieron que los desgraciados habían sido clasificados como terroristas porque habían prestado dinero a un antiguo jefe de la KGB que después les había exigido que lo devolvieran.
Bang, bang, bang. Problema resuelto. «Sin hombre, no hay problema», ya lo decía Stalin.
Los chequistas se protegían entre ellos y mandaban en todo.
Durante la época soviética, al menos el Partido Comunista los mantenía bajo control.
Ahora ya no respondían ante nadie. Su único límite era Putin.
Él mismo era un chequista, el jefe de una hermandad que había tomado el poder y se autodenominaba siloviki , «caballeros».
Vladímir Putin, exagente de la KGB y exdirector del FSB; Igor Sechin, antiguo agente de la KGB en Angola y Mozambique; Viktor Ivanov, también procedente de la KGB y del FSB; Nikolai Patrushev, exagente de la KGB y director del FSB.
Los cuatro caballeros. Los siloviki . Patrushev los describía como «nuestra nueva nobleza».
Es decir, una élite sin freno ni vigilancia.
En realidad, nadie los controlaba. Los chequistas se habían convertido en un Estado dentro del Estado.
Ellos eran Rusia. Habían convertido el país en un Estado chequista: la mafia de las mafias.
Sintió una presencia a su lado.
—Capitán, puede pasar.
Había llegado el momento de averiguar qué querían los verdaderos dueños del país.