XXI
Tomás Noronha escuchó a Sasha decirle a su guardaespaldas que hiciera lo que tenía que hacer y reaccionó al instante.
Casi instintivamente, dio un salto y se puso en pie, listo para defenderse.
Pero Oleg, en vez de acercarse, se dirigió al televisor colgado en la pared de aquella lujosa suite del hotel Ukraina en Moscú.
Sentado en su sitio, con las piernas cruzadas, a Sasha le divirtió la reacción de su invitado.
—Veo que está nervioso, profesor Noronha. Tranquilícese, no se pierda el blockbuster que Oleg le va a enseñar.
Tomás volvió a sentarse en el sofá, algo avergonzado por haber pensado que iban a agredirlo.
El guardaespaldas se agachó ante el televisor y apretó un botón.
La pantalla se encendió y lo primero que mostró, con letras blancas sobre fondo negro, fue la referencia a un lugar: «Christchurch, Nueva Zelanda».
El fondo negro y la referencia geográfica se desvanecieron y en la pantalla comenzaron a aparecer imágenes reales.
Mostraban a un hombre con capucha, gafas de sol y el rostro cubierto por un pañuelo.
En la parte superior del vídeo se leía el nombre de la aplicación: Facebook Live.
Se trataba de la grabación de un vídeo que, en su momento, había sido emitido en directo.
El encapuchado abría la puerta de un coche aparcado junto a la acera y se sentaba al volante; se grababa a sí mismo, probablemente con un smartphone .
Dentro del coche llevaba un auténtico arsenal: armas semiautomáticas y cajas de munición.
«Que empiece la fiesta». Lo dijo con total naturalidad.
Luego arrancó al son de una canción eslava.
Todo sucedió muy deprisa. El vehículo se detuvo frente a un edificio lleno de gente.
Por su indumentaria y actitud, se trataba de creyentes musulmanes.
El hombre salió del coche con las armas en la mano y empezó a disparar indiscriminadamente a todo lo que se movía.
Abatía hombres, mujeres y niños como si estuviera en un videojuego.
Así murieron decenas y decenas de personas.
Luego, regresó al coche, encendió el motor y se marchó; sonaba la misma música.
Se detuvo en un segundo edificio y repitió el procedimiento.
Una segunda masacre. Cuando terminó, subió de nuevo al vehículo y recorrió las calles de la ciudad hasta girar en dirección a una zona boscosa.
Tomó un camino de cabras y, finalmente, detuvo el coche.
Ante la microcámara de su smartphone se quitó la capucha, el pañuelo que le cubría la cara y las gafas de sol que ocultaban sus ojos verdes, dejando su rostro completamente visible.
Desde el sofá, Tomás seguía la secuencia en estado de shock .
No era habitual ver un vídeo en el que se cometía una masacre.
Pero en el momento en que el asesino se descubrió el rostro y miró a la cámara con una sonrisa de orgullo por lo que acababa de hacer, sintió que se le congelaba la sangre y se le detenía el corazón.
Lo reconocía. No podía creerlo. Se quedó boquiabierto.
Era él.