El protocolo del caos XX
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Leroy Roderick seguía completamente desorientado desde que el señor Dean le explicara las «razones» de su despido.

Se sentó en el coche, cerró los ojos e intentó controlar la respiración, haciendo lo posible por calmar su espíritu.

¿Qué demonios estaba pasando? ¿En qué se estaba transformando Estados Unidos?

¿Seguía siendo la tierra de las oportunidades y de los hombres libres?

Su país había cambiado, y no sabía cómo encajarlo.

Los informativos de Fox News ya lo habían advertido sobre ciertas transformaciones que se estaban produciendo, pero hasta entonces eran cosas que solo ocurrían en las noticias, locuras que les pasaban a otros.

Sin embargo, en su reciente viaje a Filadelfia había descubierto un país que ya no reconocía.

Aun así, conservaba la esperanza de que solo existiera en el Norte progresista, gobernado por un Estado dictatorial, con feminazis, vigilancia permanente, policías ideológicos y censura del lenguaje impuesta por las élites.

Pero esa misma mañana se dio cuenta de que aquel mundo también había llegado al Sur, contaminando su querida Luisiana.

Todo a su alrededor se desmoronaba. Lo habían despedido, sí, aunque eso fuera algo relativamente normal.

En Estados Unidos era habitual que la gente cambiara de empleo; las comunidades seguían el ritmo de la economía, y claro que en tiempos difíciles había despidos, pero también surgían nuevas oportunidades.

Se ganaba o se perdía, se creaban y se deshacían fortunas, pero el país seguía avanzando, confiando en el talento, la capacidad de innovación y el espíritu emprendedor de sus ciudadanos.

Esa era la historia de Estados Unidos. Sus firmes creencias en la libertad y en el ingenio humano eran la base de su éxito.

Lo que no le parecía normal eran las razones de su despido.

Ni por falta de competencias, ni por absentismo laboral, ni porque ya no pudiera cumplir sus funciones en la unidad petroquímica, ni siquiera por una reducción de personal o problemas financieros.

Nada de eso. Lo habían despedido porque tenía que ceder su puesto a alguien de una minoría.

Eufemismo, pensaba él, para feminazis, mexicanos o maricones.

Al parecer, en Estados Unidos ya no importaba el mérito, sino quién eras.

¿No fueron los nazis y los comunistas quienes discriminaron a las personas no por lo que hacían sino por quiénes eran?

¿En qué se diferenciaba eso de lo que acababa de sucederle?

Golpeó el volante.

—Fuck, fuck, fuck!

Golpeó una y otra vez, hasta que se ensangrentó los nudillos. De forma extraña, eso le hizo sentirse mejor. El volante no tenía la culpa, pero soltar su furia le aliviaba parte de la tensión que le encogía el alma. Sin embargo, la indignación seguía ahí. Y la rabia también.

Miró el reloj. La entrevista de trabajo de su hijo ya debía de haber terminado. Cogió el móvil y lo llamó. Sin respuesta. ¿Estaría aún en la entrevista? Justo entonces, el teléfono sonó. Seguramente, era su hijo devolviéndole la llamada.

—Dime, Charlie. ¿Cómo ha ido?

Una voz dubitativa respondió.

—Eh... ¿Señor Roderick?

No era Charlie.

—¿Quién es?

—Fred Garnier, director del Instituto Ascension Christian. Lo llamo por su hija.

Leroy se sobresaltó.

—¿Qué ha pasado?

—Ha tenido un malestar. Al parecer, se ha desmayado en clase.

—¿Sally se ha desmayado?

—Sí, pero ya la ha visto un médico, no se preocupe. Está medicada y descansa. ¿Podría venir a recogerla? Como medida de precaución, el médico considera que lo mejor es que se vaya a casa.

—Pero ¿qué le pasa?

—Aquí lo esperamos, señor Roderick.

Colgó. Leroy se quedó unos segundos mirando el móvil, atónito. ¿Qué más podía suceder? Ahora Sally. ¿Qué le pasaba a su niña? ¿Habría sido por el enfisema pulmonar? ¿O tal vez una de esas enfermedades con nombres impronunciables que ya se habían llevado a tantos vecinos, incluida su querida Betty?

Arrancó con el corazón en un puño y se dirigió al instituto.

Tardó apenas unos minutos. Entró en el Ascension Christian con el paso acelerado típico de los padres preocupados y fue directo a la enfermería.

Allí estaba Sally, sentada en una camilla, conversando con un hombre calvo con bata blanca y estetoscopio al cuello.

Al verlo entrar, la adolescente sonrió.

—¡Papá!

Leroy la abrazó con fuerza, inquieto pero aliviado al verla aparentemente bien.

—Sally, ¿cómo estás?

—Me dio un mareo y me desmayé, pero ya estoy mejor.

—¿Seguro?

—Sí. —Señaló al médico—. El doctor Charbit dice que es mejor que me vaya a casa a descansar.

Los dos hombres se saludaron con un apretón de manos y el médico le indicó la puerta contigua.

—Señor Roderick, ¿podemos hablar en privado?

La puerta daba a un pequeño despacho. Una vez a solas, el doctor fue directo al grano.

—Supongo que está al tanto del problema de su hija...

—¿El enfisema se ha agravado, doctor?

El médico negó con la cabeza.

—El problema de su hija no está en los pulmones. ¿No la ve muy delgada?

—¡Ah, eso! —exclamó Leroy, poniendo los ojos en blanco—. Está obsesionada con las dietas, ni se imagina. Quiere parecerse a las modelos de Instagram, y lo que más desea es subir fotos para recibir muchos likes . Es cosa de la edad, la adolescencia... No sé si me entiende.

—Sí, lo entiendo perfectamente, señor Roderick: su hija está enferma.

—¿Enferma?

—Anorexia, señor Roderick. Es un trastorno alimentario provocado por dietas extremas y una necesidad descontrolada de adelgazar, lo que lleva a pasar hambre.

Lo peor es que, aunque estén excesivamente delgados, quienes la padecen se siguen viendo gordos.

Algunos incluso pierden el apetito por completo, lo cual es muy peligroso.

Este trastorno hormonal afecta el desarrollo físico, el sistema reproductor...

Puede dejarla estéril. Y si sigue sin comer, su vida correrá peligro.

Era lo que le faltaba.

—Oh, no. Y ahora ¿qué hago?

—Debe recibir tratamiento.

—¿Y cómo se cura, doctor?

El médico escribió un nombre en un papel.

—Es común entre adolescentes. He tratado varios casos aquí en el instituto. —Le tendió el papel—. Este especialista de Baton Rouge ha ayudado a muchas chicas. También puede ayudar a su hija.

—Gracias, doctor.

—Pero si quiere dar ya un primer paso, le sugiero algo. —Hizo una pausa—. Quítele el móvil.

—¿Quitárselo? Mi hija no lo aceptará, doctor.

—Señor Roderick, por detrás de la anorexia está Instagram. Si le prohíbe el acceso, le estará haciendo un favor.

—¿Instagram?

—Quítele el móvil.

Leroy se despidió del médico, guardó el contacto en el bolsillo y regresó con Sally. La ayudó a recoger sus cosas y se dirigieron al coche. Antes de arrancar, volvió a llamar a Charlie. De nuevo sin respuesta.

— Damn!

—¿Qué pasa, papá?

—Tu hermano no lo coge. Tenía una entrevista para un buen empleo y todavía no sé cómo le ha ido.

Cada cosa a su tiempo, pensó Leroy. Arrancó.

Su prioridad ahora era Sally. Y conseguir dinero para el tratamiento.

Sabía que el especialista no sería barato.

La indemnización del despido cubriría los gastos durante un tiempo, pero no era una solución a largo plazo.

Necesitaba otro trabajo. La propuesta de Filadelfia era perfecta, salvo por el tema del alojamiento.

Tenía que encontrar algo en Luisiana. Y rezar para que Charlie consiguiera el empleo.

El sueldo era superior a la media y, dadas las circunstancias, les vendría muy bien.

Al llegar a casa, Leroy seguía preocupado por la debilidad de Sally, así que le llevó la mochila. Ella aprovechó para sacar el móvil, pero él se lo quitó de un tirón.

—Se acabó Instagram.

—¡Papá...!

Su hija protestó, pero él no respondió. Metió la llave en la cerradura y abrió la puerta. Al entrar, vio el abrigo de Charlie colgado.

—¡Charlie! —lo llamó—. ¿Ya has vuelto?

Sin respuesta. Pero el abrigo estaba allí. Atravesó el salón, fue hasta la habitación de su hijo y llamó a la puerta.

—¿Charlie? —Intentó abrir, pero estaba cerrada con llave. Eso, y el silencio, no presagiaba nada bueno—. Charlie, abre la puerta.

Escuchó su voz.

—Déjame solo.

—¡Abre ahora mismo!

El sonido metálico de la llave al girar indicó que le obedecía. Charlie abrió, cabizbajo.

—Hola, papá.

Leroy intentó sonreír. No hacía falta ser muy listo para saber cómo le había ido.

—No te desanimes. A veces se gana, a veces se pierde. Así es la vida. Lo que nos derrota no es caer, sino no volver a levantarnos. ¿No te han cogido? Ellos se lo pierden. Otros sí lo harán. Eres cajún, y los cajunes resisten.

Pero sus palabras no parecían animarlo.

—No ha habido entrevista, papá —susurró—. Ni siquiera me han escuchado. Entré, me miraron y me pidieron que me fuera.

—¿Te pidieron que te fueras? ¿Sin entrevistarte? ¿Por qué?

El chico se encogió de hombros, resignado.

—Dijeron que no cumplía con la cuota.

—¿Qué cuota?

—La de las minorías —respondió—. Solo quieren contratar a gente de las minorías, por la política de discriminación positiva. Como soy hombre y blanco, me echaron.

Leroy abrió y cerró la boca tres veces sin encontrar las palabras. Se lo creía, a él le había pasado lo mismo una hora antes. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Era ese aún su país? ¿En qué se estaba convirtiendo Estados Unidos?

No tenía respuestas ni sabía qué decir. Los hechos hablaban por sí solos. Fue al salón, se dejó caer en su sillón y encendió la televisión. Sintonizó Fox News. Necesitaba descubrir cómo frenar el desmoronamiento de su mundo.