El protocolo del caos XIX
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XIX

El sonido del smartphone interrumpió violentamente su sueño erótico.

Medio adormilado, lo primero que Dimitri pensó fue que tenía que cambiar el tono por algo más suave.

Quizá el canto de unos pájaros. Miró el reloj sobre la mesilla: las manecillas marcaban las cinco y media de la mañana.

¿Quién demonios llamaba a esa hora? Seguro que sería de la comisaría. Alguna urgencia.

Tendió la mano y cogió el móvil. Intentó ver el número, pero en la pantalla solo aparecía «Desconocido».

—¿Dígame?

Se oyó una voz ronca al otro lado.

—¿Capitán Chernishev?

—Sí, soy yo. ¿Quién es?

—Le habla el coronel Ivan Gusak del FSB. Lo han convocado a una reunión mañana en Moscú.

—¿Cómo dice?

—Tiene que estar en mi despacho, en la Lubianka, a las nueve en punto.

Todo era tan inesperado y surrealista que Dimitri se preguntó si seguía soñando y aquella conversación formaba parte de su delirio onírico.

—¿Es una broma?

—Le han enviado un correo electrónico con todos los detalles. Sea puntual.

La conversación terminó con un clic seco.

Durante un instante, Dimitri se quedó mirando el móvil, atontado y confundido.

¿Qué había sido aquello? ¿Tenía que estar en la Lubianka por la mañana?

Seguramente sería una broma de algún compañero de comisaría.

Cuando averiguara quién había sido el gracioso, se las vería con él.

—¿Quién era?

Miró de lado y vio a su mujer, adormilada, con los ojos entrecerrados.

—Nada, nada. Una broma.

—¿Qué broma?

—Nada. Duerme.

Ella volvió a dejarse caer sobre la almohada y se durmió.

Ekaterina seguía siendo guapa, aunque ya no tenía la frescura de cuando la conoció en la comisaría de Riazán, diecisiete años atrás, durante los atentados de 1999 que condujeron a la segunda invasión de Chechenia.

Empezaron a salir en aquella época, después se casaron y tuvieron dos hijos.

A él lo ascendieron a capitán y lo enviaron a la comisaría de Podolsk, una ciudad industrial a las afueras de Moscú.

No era su sueño, pero al menos estaba cerca de la capital. Y era capitán.

Se tumbó en la cama y se tapó con la colcha.

Estaba muy cansado. Días atrás le habían ordenado someterse a unas pruebas psicológicas increíblemente exigentes.

Desde el ministerio le habían informado de que eran necesarias para garantizar que los jefes de policía contaran con una salud mental adecuada para ejercer sus funciones.

Estaba agotado. Y aquella llamada a deshora era una broma de mal gusto.

Lo único que quería era aprovechar la hora y media de sueño que aún le quedaba.

Se acurrucó junto al cuerpo cálido de su mujer, esperando volver a dormirse.

¡Había cada idiota suelto! Ahora hasta se hacían pasar por el FSB para convocar reuniones en la Lubianka.

¡Menuda estupidez! ¿Qué sería lo siguiente?

Molesto por la llamada, intentó vaciar la mente. Se concentró en la nada, si es que eso era posible. Mientras lo hacía, dos palabras retumbaron en su cabeza: correo electrónico .

El hombre había mencionado un e-mail . Sacudió la cabeza para apartar la idea. «Duérmete, Dima. No pienses en eso». Pero las palabras seguían zumbando. «Dima, duerme». Se lo ordenó con firmeza. Dentro de poco tendría que levantarse, y sabía que si no descansaba, no rendiría. Así que... a dormir.

Un minuto después, se incorporó enfadado.

Esas malditas palabras no lo dejaban en paz.

Lo mejor sería comprobarlo. Cogió el smartphone .

Seguramente no era más que una broma elaborada, pero sabía que no lograría quitarse la duda de encima hasta revisarlo.

Entró en su cuenta de correo y, efectivamente, había un mensaje en la bandeja de entrada. El corazón le dio un vuelco.

El remitente era: Federalnaya Sluzhba Bezopasnosti. Es decir, el FSB.

El asunto: Reunión.

Alterado, pulsó sobre mensaje. Se abrió al instante, revelando su contenido:

Excmo. Sr. Capitán Dimitri Chernishev:

Se le convoca a una reunión con el coronel Ivan Gusak, División de Contraespionaje, hoy a las 9:00, en el número 2 de Ulitsa Bolshaya Lubianka, Moscú. Preséntese en la recepción para su acreditación.

Atentamente,

Teniente Evgueni Balakin

Secretaría del FSB

Dimitri, perplejo, se frotó el cuero cabelludo.

Si era una broma, estaba muy bien montada.

Desde su smartphone , entró en el sistema de la policía, conectado al Ministerio del Interior, e hizo una búsqueda sobre el FSB.

Los registros confirmaban que existían un coronel Gusak y un teniente Balakin en la agencia de seguridad del Estado.

—¿Qué diablos...?

Todo era cierto. Lo había citado el FSB.

Se puso nervioso. ¿Qué querrían los chequistas?

Nada bueno, seguro. ¿Habría cometido alguna irregularidad?

Es cierto que había aceptado sobornos para dejar tranquilas a dos bandas en Podolsk con negocios turbios.

¿Sería por eso? Negó con la cabeza. No tenía sentido.

Al FSB no le interesaban esas cosas. Además, si fuese grave, no lo habrían llamado, lo habrían detenido en su casa. Y a saber qué más.

Volvió a leer el correo y se percató de un detalle clave: tenía que estar en la Lubianka a las nueve.

Miró el reloj. Casi las seis. Tres horas.

Tenía tiempo, pero tampoco podía relajarse demasiado.

Podolsk estaba cerca de Moscú, a unos cuarenta kilómetros.

Sin tráfico, haría el trayecto en menos de hora y media, pero con los atascos matutinos... , mejor contar con dos horas.

Se levantó y se metió en la ducha. Se puso su mejor uniforme y desayunó.

Antes de salir, como si temiera que algo pudiera salir mal en la Lubianka, fue a la habitación de sus hijos y les dio un beso en la frente.

Luego se acercó a su esposa. Ekaterina seguía dormida, pero se despertó al notar su presencia.

—Dima, ¿adónde vas?

Estuvo a punto de contárselo. La convocatoria de los chequistas lo abrumaba como una sombra ominosa, pero lo único que haría sería inquietarla.

—Me han llamado de la comisaría —mintió—. Al parecer ha habido un homicidio. Tengo que irme.

La besó en los labios y se marchó rumbo a Moscú con el corazón encogido y el miedo agazapado en el pecho. Temía no regresar y acabar encerrado en las temibles mazmorras de la Lubianka.

¿Qué demonios quería el FSB de él?