El protocolo del caos XVIII
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XVIII

Tomás Noronha se miró la muñeca para comprobar la hora.

Faltaban diez minutos. Tenía que darse prisa.

En las instrucciones que el coronel Vitaly Glebov había incluido en el sobre de Aeroflot decía que la reunión sería allí, en el hotel Ukraina.

Un nombre bastante fatídico. ¿Los rusos lo habrían elegido como provocación por ser europeo?

Había llegado a Moscú la noche anterior y su vuelo de regreso a Lisboa no tenía fecha determinada. Al parecer, quienes lo habían convocado creían que podrían convencerlo de hacer algo a lo que él se negaba rotundamente.

Desde que aterrizó, se había preguntado mil veces qué hacía allí.

Ese viaje no tenía ningún sentido. Y dadas las circunstancias geopolíticas tras la invasión de Ucrania, no le apetecía en absoluto estar en Rusia.

Nada. Incluso había tenido que ocultárselo a Maria Flor.

Sabía cuánto le dolía la guerra provocada por el Kremlin, así como la represión dentro del propio país.

Se había unido a Amnistía Internacional por eso, entre otras cosas.

Así que la misma pregunta se repetía en su cabeza, una y otra vez: «¿Qué hago aquí?

». Estaba claro que sabía la respuesta. Había aceptado viajar porque se lo había pedido el coronel Glevob, el hombre a quien debía la vida.

No podía negarse ante una solicitud del comandante de la misión Lyubov.

Esa era la única razón que explicaba que hubiera aceptado volar a Moscú para decirle a un desconocido que no pensaba participar en la búsqueda de un móvil que, seguramente, estaba al servicio de un régimen tiránico y oscuro.

Nada tenía sentido. Pero ahí estaba. En Moscú. Única y exclusivamente para saldar una deuda de gratitud. Volvió a consultar el reloj. Dos minutos. Se miró en el espejo y se acomodó el cuello de la camisa. Estaba listo.

Salió de la habitación y caminó por el pasillo hacia los ascensores.

Sacó del bolsillo el sobre de Aeroflot y repasó el papel que Glebov había dejado junto a los billetes.

Eran instrucciones para la reunión. La hora y número de habitación: 34001.

Es decir, la primera habitación del piso 34.

Se alojaba en el 14, así que debía subir veinte plantas.

Entró en el ascensor, pulsó el botón 34 y comenzó a subir.

En un folleto había leído que el hotel Ukraina, situado en una curva del río Moscova, era el más alto de Europa.

Estaba construido en estilo imperial estalinista, una especie de neogótico comunista.

Era uno de los rascacielos de Moscú conocidos como las «Siete Hermanas», todos en ese estilo arquitectónico megalómano.

El Ukraina contaba con medio millar de habitaciones y había perdido el título de hotel más grande del mundo en 1976.

Un «plin» característico anunció la llegada.

Piso 34. Las puertas del ascensor se abrieron y, al salir, se topó con dos hombres corpulentos, parecían culturistas, vestidos con traje y corbata.

Llevaban gafas oscuras y auriculares en las orejas.

No había duda de que eran los hombres de seguridad. Y tenían cara de pocos amigos.

—¿Profesor Tomás Noronha?

—El mismo.

—Acompáñenos.

Tomás obedeció. ¿En qué demonios se había metido?

, se preguntó. La misma pregunta le daba vueltas con más intensidad mientras avanzaba escoltado por los dos gorilas rusos.

«¿Qué hago aquí?». A esas alturas, ya daba igual.

Estaba allí y punto. Pronto entendería qué querían de él y, con algo de tacto, podría dejar claro que no tenía ninguna intención de colaborar.

Ni en la búsqueda de móviles para el Estado ruso ni en nada que se le pareciera.

Llegaron a la habitación 34001. Uno de los hombres tecleó un código. La puerta se abrió y Tomás, siempre flanqueado, entró. Era una suite . Frente a la ventana, con una vista espléndida de Moscú, un hombre rubio de pelo corto y estilo militar le daba la espalda, ocupado en el minibar.

—¿Vodka, profesor Noronha? —Lo preguntó sin volverse.

—No, gracias.

El hombre se giró con dos copas en la mano, una con vodka y la otra vacía. Lo miró con expresión relajada.

—No me diga que prefiere vino de Oporto...

—Agua, si no le importa.

El anfitrión llenó la copa vacía con agua y se la ofreció. Luego le indicó el sofá junto a la enorme ventana con vistas a la ciudad.

—Moscú es magnífica, ¿verdad?

—Dicen que Kiev lo es aún más.

El ruso soltó una carcajada.

—Ya me habían dicho que es usted un provocador —observó, y dio un trago a su vodka—. El informe que habla de usted es muy claro en ese aspecto.

—¿Hay un informe sobre mí?

—Por supuesto, profesor Noronha. Usted para nosotros es una persona de gran interés.

—¿«Nosotros» quiénes?

El hombre hizo un gesto con la mano señalando hacia la ciudad.

—Para Rusia, ¿para quién iba a ser?

Todo sonaba muy vago. Demasiado.

—Al parecer hay un informe mío y yo ni siquiera sé su nombre.

El ruso volvió a reírse.

—Me llamo Sasha.

—Sasha es el diminutivo de Alexandr. Imagino que también tendrá apellido, ¿no?

—Khristorozhdestvensky. Pero es difícil de recordar para los occidentales. Con Sasha basta.

—Sasha, ¿a quién representa exactamente?

—Podría inventarme una larga historia, contarle esto y aquello, pero no voy a hacerlo. Es usted demasiado inteligente para que pierda el tiempo con rodeos. Así que considérese afortunado de estar hablando conmigo.

Es decir, no iba a decirle a quién representaba. Todo muy secreto. Y sospechoso.

—Ya veo —dijo Tomás—. Muy bien, señor Sasha, entonces ¿qué quiere de mí?

El ruso cruzó una pierna, se acomodó en el sillón y volvió a beber de su copa, consciente de que tenía el control de la situación.

Conocía todos los detalles sobre su invitado, mientras que Tomás no sabía nada de él.

Sasha estaba en su ciudad y el portugués era el extranjero.

Dos matones vigilaban la puerta; Tomás estaba a su merced.

¿Cómo no iba a sentirse en inferioridad?

Aun así, Noronha pensó que era hora de ir al grano.

—El coronel Glebov me pidió que colaborara en una operación que me pareció muy poco transparente, por no decir algo peor. Esto no es un favor. Hay cosas por las que no paso: cometer ilegalidades es una de ellas. Colaborar con el Estado ruso es otra.

—Oiga, profesor. Necesitamos su talento, de verdad. Y le pagaremos bien.

—¿Quiénes?

—Rusia, por supuesto.

—No me interesa.

—Cien mil dólares.

—¿Cree que me vendo tan barato?

Sasha sonrió. La respuesta le indicaba que había margen para negociar. Todo era cuestión de cifras.

—Muy bien. Doscientos mil.

—No.

—Trescientos mil. Es nuestra última oferta.

—Ni aunque fueran trescientos millones —respondió con firmeza—. Ya le he dicho que no me interesa. No trabajo para el Estado ruso.

Al final, no era una negociación.

—Bueno, bueno. ¿Acaso tiene algo en contra de Rusia?

—¿Hace falta que se lo diga?

—¿Es por la operación especial?

—Por ejemplo.

—Pero si lo único que queremos es desnazificar Ucrania...

Tomás se inclinó hacia delante y lo miró fijamente.

—Si están tan preocupados por el nazismo, ¿por qué no empiezan por el Kremlin?

Sasha casi se atraganta con el vodka.

—Bum. Ya veo que no mide sus palabras.

—¿No decía su famoso informe que soy un provocador? Pues ahí lo tiene.

—Profesor Noronha, provocador o no, va a colaborar con nosotros.

—¿Quién lo dice?

—Lo digo yo.

—Pues yo le respondo que no pienso hacerlo.

La mirada de Sasha se endureció. Se volvió hacia uno de sus matones y le dio una orden en inglés para que Tomás la entendiera.

—Oleg, haz lo que tienes que hacer.

El energúmeno avanzó hacia Tomás.