XVII
Charlie estaba nervioso. Bastaba verlo atar y desatar sucesivamente el nudo de la corbata delante del espejo de la entrada y después andar de un lado a otro.
No era para tanto, pero su padre entendía su nerviosismo.
De todas formas, el papel de Leroy Roderick era tranquilizar a su hijo, por lo que le dio una palmadita en la espalda.
—Todo va a ir bien, no te preocupes.
—Pero ¿y si no? —preguntó Charlie, inquieto—. Papá, necesitamos el dinero. Desde que murió mamá nos hemos quedado sin una fuente de ingresos.
Lo sabía. Los jerséis que tricotaba Betty con tanto ahínco se vendían muy bien en Internet y durante algunos años habían sido una importante fuente de ingresos para la familia, lo que les permitía no solo financiar los costes del tratamiento contra el cáncer que acabó matándola, sino también los del enfisema pulmonar de Sally, así como los habituales problemas de piel de Charlie.
Con el sueldo de Leroy cubrían los gastos básicos de la familia, como comida, ropa, agua, luz y coche, pero les hacía falta un segundo sueldo para pagar todo lo demás, sobre todo, los tratamientos.
Sin la madre, al hijo mayor no le quedaba más remedio que hacerse cargo.
Además, el puesto al que se presentaba ofrecía un sueldo por encima de la media.
Si conseguía aquel trabajo, sería como si les tocara la lotería.
Por eso era tan importante que se le diera bien la entrevista que tenía en poco más de media hora.
—¿Cuántas plazas hay?
—Diez —respondió Charlie, tenso—. Pero me han dicho que hay dieciocho candidatos.
—Tranquilo. Será tuya.
Leroy prefirió no hablar más del tema; le daba la sensación de que lo único que conseguía era poner más nervioso a Charlie, por lo que fue a la cocina a prepararse un sándwich.
Lo miraba de soslayo mientras untaba la mermelada en el pan.
El chico seguía colocándose el nudo de la corbata frente al espejo.
Sonó el móvil de Leroy. En la pantalla apareció un nombre: Dean. Atendió la llamada.
—Hola, señor Dean. ¿Pasa algo?
—Hola, Leroy. ¿Qué tal todo?
—Me voy encontrando mejor, de semana en semana. En breve espero estar en condiciones de convencer al médico para que me deje volver al trabajo. ¡Por mí volvía hoy mismo, fuck !
—Le creo, Leroy. Es de los duros. Un verdadero superviviente.
—Herencia cajún. —Sonrió—. Y usted, ¿qué tal todo?
—Bien, bien. —El gerente de la unidad petroquímica respiró hondo—. Mire, Leroy, ¿podría acercarse a la oficina en Duplessis?
—¿Hoy?
—Sí, en un rato. ¿Puede?
Leroy miró el viejo reloj de pared y comprobó que no faltaba mucho para llevar a su hijo a la entrevista de trabajo. Pero podría salir un poco antes.
—Sin problema, señor Dean. Ahora mismo voy para allí.
Le hizo un gesto a su hijo y ambos salieron de casa en dirección al coche.
En el aire se respiraba un olor ácido a químicos, aunque no era tan intenso como habitualmente, por lo que casi no le prestaron atención.
Aunque todavía le costaba un poco andar por culpa del accidente, que le había dejado un cierto ardor en la piel, Leroy insistió en conducir.
Le costaba doblar las piernas, así que se acomodó como pudo en el asiento del conductor y arrancó. La unidad más cercana de la empresa en la que quería trabajar su hijo estaba en Napoleonville, pero la entrevista era en Prairieville, no muy lejos. El trayecto fue relativamente corto.
Detuvo el coche delante de la entrada del edificio en el que su hijo iba a ser entrevistado.
—¿Quieres que vaya contigo?
—Mejor no. Además, tienes la reunión con el señor Dean...
—Puede esperar.
Decidido, Charlie abrió la puerta del coche y salió de un salto.
—No te preocupes, papá. Hasta luego.
Quiso desearle buena suerte, pero su hijo se escapó como el agua entre los dedos y desapareció en el interior del edificio.
Se quedó un instante mirando la puerta por la que había entrado.
Deseaba de corazón que todo fuera bien. Buena falta les hacía, a él y a su chico.
Y también a Sally. Pero esta vez no era una cuestión de suerte, como bien sabía.
Tenía que ser mérito. Y de eso su hijo tenía para dar y vender, pensó.
Charlie también era un cajún y vivía en Estados Unidos, la tierra de las oportunidades y de los hombres libres, el lugar en el que los sueños se podían convertir en realidad.
Con esa autoinyección de confianza arrancó y condujo hacia las oficinas de su empresa.
No iban a tener la reunión en la unidad petroquímica en la que trabajaba habitualmente, donde todavía duraban los trabajos de reparación de los daños provocados por las explosiones acaecidas meses antes.
Sería en las oficinas de Duplessis. Estaban cerca, así que no tardó mucho en llegar.
En la entrada informó que tenía una reunión con el señor Dean, así que lo sorprendió que lo llevaran a una sala en la que había tres hombres con corbata sentados a una larga mesa y dos mujeres con pinta de ejecutivas.
Una de ellas le hizo una señal para que se sentara.
Leroy pensó que se había confundido de sitio, por lo que siguió de pie.
—Debe de haber un error —dijo—. He venido a una reunión con el señor Dean.
—El señor Dean no está aquí —le respondió la mujer—. La reunión es con nosotros. Siéntese, por favor.
Empezaba a olerle mal, pero obedeció. Se sentó en la silla y escuchó mientras la mujer hacía las presentaciones. Se llamaba Susan Dillon y, por lo visto, era la gerente encargada de presidir la reunión. Tras nombrar al resto, nombres que Leroy no memorizó, fue directa al asunto.
—Señor Roderick, no comparece en su puesto de trabajo desde hace tres meses...
—Sí, desde el desastre en la unidad de producción —confirmó—. Accidentalmente, me cayó una descarga de químicos encima y el médico de la empresa me dio la baja. ¿Por qué?
—El accidente fue un infortunio y lo lamentamos profundamente —dijo la gerente—. El problema es que, debido a las explosiones, nuestra unidad todavía no ha podido retomar los trabajos y las pérdidas se acumulan. En estas condiciones no veo otra alternativa sino dejar que se marche.
Era lo último que Leroy esperaba. Las palabras no solo lo pillaron por sorpresa, sino que lo golpearon con brutalidad.
—Perdone, pero... ¿me están despidiendo?
Ella intercambió una mirada incómoda con sus compañeros de mesa antes de coger unas hojas que entregó a uno de los hombres con corbata y este se las dio a Leroy.
—Estos son los papeles del acuerdo con el que cesa su contrato —le informó con tono neutro—.
Verá que le ofrecemos una compensación por los años trabajados y por su dedicación a la compañía, que agradecemos enormemente.
Debo añadir que nos gustaría que las cosas fueran diferentes, pero las circunstancias nos obligan.
Leroy miró los papeles, estupefacto. Los ojeó por encima y posó los ojos en la cifra de la indemnización. Era mucho. En realidad, para alguien como él, que lo único que quería era trabajar y sentirse útil para la comunidad, no era nada.
Los miró con un gesto de incomprensión.
—Pero... ¿ya no me necesitan?
La gerente se levantó y se dirigió a la puerta. Enseguida sus compañeros la imitaron, lo que dejaba claro que la reunión había terminado. En la puerta se volvió hacia el empleado, que, en la práctica, había dejado de serlo.
—Tiene veinticuatro horas para firmar el documento.
Después ya no será posible, el valor de la indemnización, en caso de haberla, tendría que decidirse en los tribunales tras años de litigio.
Lo siento mucho, señor Roderick, pero, como le digo, si la unidad no funciona, no hay sueldos. Le deseo mucha suerte.
El grupo abandonó la sala. Leroy se quedó solo, anonadado. Atónito. Era surrealista. Todo le salía mal. Primero el accidente en la petroquímica, después la muerte de su querida Betty. Ahora el despido. ¿Qué más podía pasar?
Estaba tan nervioso que le temblaban las manos. Cogió el móvil y llamó al gerente de su unidad.
La voz del señor Dean sonó al otro lado de la línea.
—¿La reunión ya ha terminado?
—Me han despedido.
—Venga a mi despacho. Primer piso, segunda puerta a la izquierda.
Leroy colgó la llamada, salió de la sala y echó a andar con gestos mecánicos, como un autómata. Estaba aturdido, incapaz de creer que fuera real lo que le estaba sucediendo.
El señor Dean lo estaba esperando en su despacho.
—Lo siento mucho —murmuró cuando lo vio entrar—.
He intentado impedirlo, pero no lo he conseguido.
Cuando me enteré de que seguirían adelante con el despido, les pedí un tiempo para encontrar una solución.
Por eso le conseguí aquella reunión en Filadelfia con la propuesta para trabajar en Texas, pero por lo visto no le gustó y... , bueno, aquí estamos.
—Pero... ¿cuánto tiempo va a estar la unidad sin funcionar? ¿Un año? ¿Dos años?
—Dos meses como máximo.
—¡¿Dos meses?!
—Sí.
—¿Y me despiden sin esperar dos meses? —preguntó Leroy, incrédulo.
En medio de las tinieblas en las que parecía haber caído, vio encenderse una luz de esperanza—.
Si es por eso, señor Dean, puedo prescindir de mi sueldo dos meses perfectamente.
No hay ningún problema. Cuando la unidad vuelva a funcionar, volveré al trabajo y me pagan de nuevo...
—Me temo que es más complicado.
—¿Complicado? ¿Por qué? A mí me parece muy sencillo. Mientras la unidad está parada, no me pagan. Y cuando se retome la actividad, me vuelven a pagar. No es nada complicado.
—También está el tema de la salud, los daños provocados por el accidente.
—Pero si cada día que pasa me encuentro mejor, señor Dean. Además, el médico me ha asegurado que en unos meses estaré como nuevo. No veo qué problema hay.
Era cierto y el gerente lo sabía.
—Bueno, vale, pero...
—Pero ¿qué?
—Mire, es más complicado. He intentado convencer a la administración, pero ellos también sufren presiones...
Leroy entendió que había algo más. Los argumentos para despedirlo no le parecían convincentes. No le estaban contando todo.
—¿Presiones por parte de quién?
—Del... Del Estado.
Eso sí era un dato sorprendente.
—¿Del Estado? ¿Qué tiene que ver Baton Rouge en todo esto?
—No hablo del estado de Luisiana, Leroy. Es Washington D. C.
Todavía más sorprendente. ¿El Estado federal estaba presionando a la administración para que lo despidieran? Eso no tenía ningún sentido, él no era nadie. ¿Por qué iba a interferir el Estado en su vida?
—Perdone, señor Dean, pero no entiendo nada. Dígame la verdad, me lo merezco. ¿Qué pasa?
El gerente parecía incómodo, pero la manera en que Leroy le habló lo empujó a ser completamente sincero. Tenía razón: aquel hombre merecía una explicación honesta.
—Sabe, Leroy..., el problema es la discriminación positiva.
—¿Perdone?
—La empresa está en apuros por incumplir las cuotas de discriminación positiva —le explicó—.
Mire, el Estado federal tiene una política social inclusiva que obliga a las empresas a contratar un determinado número de personas de grupos minoritarios que están en desventaja social o de género. Por motivos de...
—¿Me despiden para contratar a feminazis, negros, mexicanos y maricones?
—... equidad social, estas personas tienen prioridad en los procesos de contratación hasta alcanzar una cuota determinada.
Sin embargo, como la empresa no ha cumplido este requisito, corre el riesgo de ser sancionada.
Por ese motivo, han tomado la decisión de prescindir de un cierto número de trabajadores y reemplazarlos por candidatos pertenecientes a minorías.
Dado que usted sufrió aquel accidente y ha estado inactivo, lamentablemente se ha convertido en una de las opciones más vulnerables en esta reestructuración.
Lo lamento profundamente, pero se trata de una decisión que supera mis competencias...
e incluso las de la empresa. Varias decenas de empleados tendrán que salir para dar cabida a un número equivalente de personas provenientes de las minorías.
Si no fuera usted, sería otra persona. La realidad es que, tal y como están las cosas, los hombres blancos son los primeros en ser descartados. Es tan sencillo como eso.
—¿Me despiden por ser un hombre blanco?
—Me temo que sí.
—Entonces, ¿qué pasa con el mérito? ¿No deberían premiar a las personas por su mérito o despedirlas por la falta del mismo?
El señor Dean seguía incómodo y ni siquiera se atrevía a mirarlo a la cara.
—Dicen que..., bueno, que la meritocracia es un concepto racista.
—¡¿Racista?!
—Es lo que dicen.
Leroy estuvo un buen rato mirando fijamente al gerente.
Estaba estupefacto por lo que acababa de escuchar.
Los telediarios de Fox News ya habían mencionado en varias ocasiones la ley de discriminación positiva, pero nunca creyó que le tocara a él.
Pero así era. Ahora mismo. Y de la forma más brutal posible.
No había nada más que hacer. De nuevo como un autómata, cogió el bolígrafo, firmó el documento que le había dado la gerente y se lo entregó al señor Dean. Salió por la puerta sin pronunciar una sola palabra. El alma le hervía de humillación y rabia.
Mucha rabia.