El protocolo del caos XVI #2
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XVI #2

Dimitri dudó un instante. Era policía y sabía que cuando se juntaban bien las piezas del puzle, solía desvelarse el misterio. Su superior también era policía, así que ahora mismo los dos debían de estar imaginando lo mismo. Nada bueno. ¿Se atrevería a responder a una pregunta tan pertinente?

Se atrevió.

—Capitán, ¿ha oído hablar de operaciones de falsa bandera?

Su jefe se enderezó en la silla. Su voz parecía haberse congelado.

—¿Está insinuando que el FSB quiso volar el edificio con todos los vecinos dentro?

Dimitri era perfectamente consciente de lo delicado del asunto, por lo que tardó dos segundos en encontrar el valor suficiente para responder.

—No veo otra explicación. Y no hablo solo de Novoselov. También de Buynaksk, Moscú y Volgodonsk. El patrón es idéntico. El autor, el mismo. Quienes anoche pusieron la bomba en la calle Novoselov son las mismas personas, o entidades, que colocaron las otras.

—¿Y por qué haría eso el FSB? ¡No tiene sentido!

Cierto, no lo tenía. Eso era lo más difícil de entender. Pero usando el método deductivo y repasando la consecuencia lógica de los últimos acontecimientos, la respuesta era tan sencilla que incluso podía resultar ridícula.

—Hace poco, de camino a la comisaría, cogí el tranvía —contó—.

Normalmente todo el mundo viaja en silencio, cada uno metido en sus asuntos.

Sin embargo, hoy era diferente. Las personas hablaban entre ellas, incluso sin conocerse.

Comentaban los acontecimientos: los atentados, la bomba de anoche aquí, en la ciudad, la guerra de represalia contra Chechenia...

; esas cosas. Cada cual tenía su opinión, pero todos estaban de acuerdo en lo mismo: nuestro primer ministro, al atacar Chechenia como respuesta a los atentados se muestra como un HOMbrE, así, en mayúsculas, que los tiene en su sitio.

Un tipo valiente, decidido, a la antigua usanza.

El salvador, el predestinado. El mesías.

Mire, yo mismo casi me creí que era un héroe...

, hasta que descubrí que quien puso la bomba fue el propio FSB. Ese dato me ha hecho repensarlo todo.

El capitán Volkov entrecerró los párpados.

—¿Cree usted que el FSB ha matado a trescientos compatriotas... para aumentar la popularidad del primer ministro?

—Putin es un chequista, mi capitán. Las operaciones de falsa bandera son parte de su manual.

Su superior jerárquico lo sabía. También sabía otras cosas. Se pasó la mano por el pelo rapado como para ganar tiempo, y clavó los ojos en su subordinado. Quería que supiera que lo que estaba a punto de comunicarle era de máxima importancia.

—Mire, teniente Chernishev. Las altas esferas lo han clasificado como secreto de Estado. Cualquier divulgación de la investigación puede ser considerada traición...

—¿Traición, mi capitán? —lo interrumpió Dimitri, perplejo—. ¿Quién traiciona a su país, quién mata a su propio pueblo por adquirir más poder y empieza una guerra con el único objetivo, mezquino, de aumentar su popularidad, o quién denuncia semejante barbaridad?

El capitán Volkov lo señaló con el dedo.

—Usted lo ha dicho, teniente Chernishev.

Si los chequistas han hecho esto, y oiga bien, no estoy diciendo que haya sido así, entonces significa que han provocado la muerte de trescientos de nuestros compatriotas, incluidos ancianos, mujeres y niños, y han empezado una guerra solo por motivos políticos.

Es muy grave. Permítame que le haga una pregunta: si los chequistas han sido capaces de algo tan terrible, tan inhumano, ¿no cree que también serán capaces de provocarle un accidente mortal...

a usted o a mí? ¿Está dispuesto a arriesgar su vida, o la vida de su familia, Dios no lo quiera, por denunciarlo?

¿No cree que no les temblará el pulso a la hora de eliminar a quien se atreva a ponerse en su camino?

¿Y que harán lo que haga falta, incluso las cosas más horribles, con tal de proteger un secreto así?

Todas estas preguntas sacudieron a Dimitri como un puñetazo en la boca del estómago.

Lo que su jefe decía no era ninguna tontería.

En Rusia, todo el mundo sabía que los chequistas eran hombres muy peligrosos y que quien se atrevía a enfrentarse a ellos acababa pagándolo caro.

Él mismo había oído las historias tenebrosas que contaban sus padres sobre la KGB, o a sus abuelos hablando de los horrores de la Checa o NKVD, incluso lo que hacían en los campos de concentración.

¿Quién mandaba ahora? ¡Un chequista! ¿De verdad quería meterse con personas de ese calibre?

Si él no era más que un simple policía cuyo único pasatiempo era explorar el fascinante mundo de los ordenadores sin meterse con nadie.

Si se salía del tiesto, ¡lo aplastarían como a una hormiga!

Y entonces, no sería de ninguna utilidad a su país.

Dimitri tragó saliva.

—Entonces, ¿qué sugiere, mi capitán?

El rostro de su jefe se relajó; por lo visto, su subordinado empezaba a entrar en razón.

—Es secreto de Estado —repitió—. No está en nuestras manos.

Si Moscú dice que los responsables de los atentados en Buynaksk, Moscú y Volgodonsk fueron los chechenos...

, así será. Y si dicen que la bomba que encontramos en la calle Novoselov no era verdadera, que se trataba tan solo de un ejercicio interregional de seguridad...

, así será también. No nos corresponde cuestionar las decisiones de las altas esferas. ¿Ha quedado claro?

—Sí, mi capitán.

—Y en su informe... deberá incluir esto. Sin contradicciones. Su carrera y su vida dependen de ello. ¿Entendido?

—Sí, mi capitán.

Volkov se levantó de su silla y se acercó a él. Le puso una mano en el hombro, un gesto paternal antes de seguir hablando. Su voz ahora era más suave, casi dulce.

—Yo mismo redactaré una mención elogiosa. Y confirmaré que su informe sobre la investigación en el terreno respalda las declaraciones del director del FSB. ¿Le parece bien?

Dimitri bajó la cabeza.

—Si usted lo dice...

—Queda dispensado.

Salió del despacho cabizbajo, con el informe bajo el brazo. El capitán Volkov regresó a su mesa para iniciar los trámites y concluir la investigación. Por su parte, el caso estaba cerrado.

Pero sus consecuencias cambiarían el mundo.