El protocolo del caos XVI
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XVI

El teniente Dimitri Chernishev regresó a su despacho como un zombi.

Aún estaba en estado de shock tras descubrir que los tres sospechosos que habían colocado la bomba en el sótano de la calle Novoselov eran agentes del FSB.

Se quedó un buen rato sentado, contemplando la pantalla en blanco del ordenador.

¿Cómo era posible? ¿Los servicios de seguridad del Estado habían colocado bombas contra su propia gente?

La información era tan increíble que necesitaba tiempo para digerirla.

El teléfono sobre su mesa comenzó a sonar.

—Teniente Dimitri Chernishev —se identificó—. ¿Dígame?

—Señor, soy Natalia Sakharova, teleoperadora de Elektrosvyaz. Hablamos esta madrugada.

—Ah, sí. ¿Alguna novedad?

—Sí. Le llamo sobre la intercepción telefónica que le mencioné. Acabo de completar la verificación del número desde el que se hizo la llamada sospechosa y he confirmado su origen.

—¿Y...?

—Es... Es del FSB.

—¿Cómo dice?

—La persona que avisó sobre los controles y dio la orden de salir uno a uno utilizó un número vinculado a la central telefónica del FSB.

Dimitri se quedó en silencio un instante, tratando de interiorizar las implicaciones de lo que acababa de escuchar.

—¿Está segura?

—Completamente, teniente. Cuando identifiqué el origen esta madrugada, no me lo podía creer, así que realicé varias comprobaciones. Ahora no tengo ninguna duda: la llamada provino de la central telefónica del FSB. Lo he verificado todo.

Dimitri suspiró.

—Gracias, señora Sakharova. Su información es muy valiosa.

Colgó, encendió el ordenador y buscó los informes recientes sobre las explosiones en Buynaksk, Moscú y Volgodonsk. Los leyó con atención, concentrado en cada detalle.

—Dima, rápido. ¡Encienda la televisión!

Era Ekaterina, que irrumpió en su despacho jadeando. Al ver que no reaccionaba, fue directamente al televisor y lo encendió.

—¿Qué ha pasado?

—El director del FSB va a hacer una declaración. Parece importante.

En pantalla apareció un reportero en directo desde una sala llena de periodistas. Todos miraban hacia un atril vacío del que sobresalía un micrófono. Segundos después, se presentó Nikolai Patrushev, director del FSB, con corbata y expresión imperturbable.

—Señoras y señores, buenas tardes —saludó—.

Como saben, se ha desatado una gran alarma por la supuesta bomba descubierta anoche en un edificio en Riazán.

Pero lo que se evitó no fue una explosión, sino que se trataba de un ejercicio de seguridad.

En los sacos solo había azúcar. No había explosivos.

—Un murmullo recorrió la sala—. Nunca hubo una bomba real.

El detonador era falso. Las pruebas realizadas por la policía local han sido hechas con un equipo defectuoso, lo que ha provocado una conclusión errónea y precipitada.

Se trataba de una maniobra de seguridad interregional del FSB.

Riazán no es la única ciudad donde se ha llevado a cabo el ejercicio.

Lamentamos el trauma psicológico causado...

Dimitri escuchaba petrificado, sin moverse de su silla. Cuando terminó la noticia, se levantó de golpe y salió disparado al despacho del jefe.

El capitán Volkov también había visto la rueda de prensa, como el resto del personal, y escuchado las declaraciones de Nikolai Patrushev. Al ver a su subordinado, le hizo una seña para que pasara.

—Mi capitán, el FSB está mintiendo descaradamente. No podemos permitir que esto quede así. Anoche evitamos un atentado real, como los de Buynaksk, Moscú y Volgodonsk.

El jefe de la comisaría parecía tan desconcertado como él, pero se mantuvo sereno.

—¿No acaba de escuchar a Patrushev? En los sacos solo había azúcar.

—¿Azúcar? —Se señaló el pecho—. Yo mismo metí los dedos y toqué ese polvo.

Puedo asegurarle que no era tal. Nunca había visto una sustancia así.

Además, el detonador era real. El capitán Sokolov de la unidad de artificieros me lo confirmó tras desactivarlo.

¿Cree que nuestros expertos no saben distinguir entre un detonador auténtico y una burda imitación?

¿O que no son capaces de diferenciar entre azúcar y una mezcla explosiva de nitro no-sé-qué?

—Patrushev ha dicho que era azúcar...

—¡El FSB es solo la KGB con otro nombre! Y la mentira, para los chequistas, es una forma de vida. Siempre lo ha sido.

—Eso no es cierto. Todo el mundo sabe que los hombres del FSB son honorables.

Era la opinión que los rusos, en general, tenían de los agentes de la KGB.

Una imagen que ahora el FSB, formado esencialmente por muchos chequistas, trataba de capitalizar.

Muchos rusos opinaban que los chequistas eran hombres inteligentes, honorables, profesionales y fuertes.

Dimitri, por razones familiares, tenía una opinión diferente.

—Mi capitán, están mintiendo —insistió—. Y si hay dudas, basta con analizar los sacos y el detonador. —Señaló hacia la puerta—. El material está guardado aquí. Podemos ir al depósito y comprobar ahora mismo que el polvo no es azúcar y que el detonador no es de juguete.

El rostro del capitán Volkov se contrajo ligeramente.

—Me temo que ya no es posible.

—¿Por qué no? Solo tenemos que...

—Las pruebas ya no están aquí.

—¿Cómo que no, mi capitán? Yo mismo vi cómo las guardaban en el depósito esta madrugada y...

—Está todo de camino a Moscú —lo interrumpió su superior con voz neutra, casi monocorde—.

Hace poco he recibido una llamada del Ministerio de Seguridad del Estado.

Me ordenaron sellar inmediatamente las pruebas y enviarlas al FSB.

Las colocamos en una furgoneta blindada.

Van camino de la Lubianka. Han sido clasificadas como secreto de Estado.

Dimitri lo escuchó, atónito.

—No puede ser...

—Órdenes de arriba.

No tenía sentido.

—Pero... si las pruebas aún van camino de Moscú, ¿cómo sabe Patrushev que los sacos contienen azúcar y el detonador es falso? Además, acabo de recibir la confirmación de la operadora de Elektrosvyaz: la llamada sospechosa de esta madrugada salió del FSB.

—¿Está seguro?

—Es lo que me ha dicho. Patrushev ha mentido al país descaradamente.

Volkov negó con la cabeza.

—No nos corresponde hacer ese tipo de valoraciones, teniente. Recibimos una orden y debemos cumplirla. El caso está clasificado como secreto de Estado.

Dimitri lo miró con indignación contenida.

—¡Esto no puede quedar así, mi capitán! Hay que denunciarlo.

—¿Denunciar qué, exactamente?

—¡Lo que está ocurriendo!

—¿Y qué es lo que ocurre, teniente Chernishev?

El subordinado pestañeó: o el capitán Volkov era idiota o se estaba burlando de él.

—Las maniobras interregionales no se hacen sin notificación —le recordó—.

Nadie fue informado aquí. Ni usted, ni el gobernador, ni siquiera el director general del propio FSB, que participó en la búsqueda anoche.

¿Cómo pueden organizar algo así sin avisar a las autoridades regionales? No tiene sentido.

—No lo discuto. Pero ¿qué vamos a denunciar? ¿Que no nos avisaron? Se reirán de nosotros. Dirán que Moscú no tiene que informar a provincias, solo somos paisaje. Ya lo hemos visto antes.

—Lo que quiero decirle es que la versión de Patrushev no se sostiene.

No se lo creería ni un niño pequeño, teniendo en cuenta lo que ya sabemos —insistió Dimitri—.

Decir que se trataba de una maniobra interregional es totalmente falso.

Y aun más: nadie confundiría azúcar con explosivos: es de consumo diario; ni un detonador verdadero con algo de juguete.

—Sí, eso es cierto.

—Y hay más, mi capitán. Ayer estuve leyendo los informes sobre los atentados de Buynaksk, Moscú y Volgodonsk y en todos se produjeron explosiones durante la madrugada, cuando la gente dormía en sus casas.

Justo como el que evitamos anoche. Es decir, el objetivo era provocar el mayor daño posible.

Todo encaja con el atentado que evitamos en la calle Novoselov.

Las técnicas coinciden, los objetivos también. Son los mismos autores.

El capitán carraspeó.

—Puede ser... Pero eso no descarta que lo que sucedió anoche en Riazán fuera un ejercicio.

—¿A las cinco de la mañana? ¿En un edificio habitado? ¿Sin avisar? ¿Con una bomba artesanal? Si querían probar tiempos de reacción, podrían haber usado sacos con arena en vez de azúcar, que está carísimo y racionado en toda Rusia. ¿Para qué azúcar?

El capitán Volkov se lo pensó un instante.

—Quizá era un ejercicio de desactivación de bombas. A lo mejor querían testar las capacidades técnicas y emocionales de la unidad de artificieros.

—Puede ser, pero ¿a las cinco de la mañana en un edificio lleno de personas?

Lo podrían haber hecho por la tarde, en algún almacén a las afueras, sin casas, sin poner a nadie en peligro.

¿Para qué tres sacos? Uno era suficiente si se trataba de una prueba.

De todas formas, esa hipótesis cayó por tierra en el momento en que Patrushev afirmó que el artefacto era falso.

Entonces, ¿cómo iban a comprobar las capacidades de desactivación si no era una bomba verdadera?

Volkov se rascó la cabeza. Las explicaciones de las fuerzas de seguridad tenían más agujeros que sus calcetines.

—Supongamos que tiene razón y que han mentido. ¿Por qué mentiría el FSB?

Dimitri sabía que ese era el quid de la cuestión.

Estaba claro que el director del FSB había mentido al país.

El problema era descubrir por qué. ¿Por qué razón el FSB había puesto una bomba verdadera en el sótano de un edificio de la calle Novoselov?

No tenía ningún sentido, sin embargo, Dimitri sabía que por detrás de algo así debía de haber una explicación. Pero ¿cuál?

—Hay un detalle del atentado de Volgodonsk que hasta ayer me había pasado desapercibido, pero que ahora me hace dudar: me contaron que el presidente de la Duma lo anunció tres días antes de que ocurriera. ¿Cómo podía saberlo?

El rumbo de la conversación empezaba a poner nervioso al capitán Volkov.

—¿A dónde quiere llegar, teniente?