XV
Tomás Noronha eliminó de YouTube el vídeo de la niña y ayudó a tranquilizar a Maite. Después, miró el reloj. La visita a Maria Flor había sido más larga de lo previsto, y a continuación tenía un compromiso al que no podía faltar.
—Es una reunión en la Gulbenkian por unos descubrimientos arqueológicos en el sur de Irak —le explicó a su mujer como si le estuviera pidiendo perdón por tener que marcharse—.
Son estelas encontradas en Ur con inscripciones en sumerio y, como puedes calcular, la fundación necesita que compruebe su autenticidad antes de avanzar con la compra y restauración.
No quieren pagar una fortuna para luego descubrir que son antigüedades de hace dos días, como es lógico.
—Lo entiendo perfectamente —respondió ella—. No te preocupes. Ya has sido de gran ayuda y te lo agradezco. Puedes marcharte, tranquilo.
Maria Flor lo acompañó hasta la puerta. Parecía menos distante que a su llegada. Quizá por eso, antes de irse, su marido le lanzó una mirada llena de esperanza.
—Si necesitas algo, llámame.
—Lo haré, tranquilo —murmuró ella—. Una vez más, gracias. Has sido muy amable.
—Y si no necesitas nada..., llámame también. Seguiré siendo amable.
Por primera vez desde la aventura de La mujer del Dragón Rojo la vio reírse.
—Bueno, no te pases.
Maria Flor se despidió con dos besos. No en los labios, como a él le habría gustado, sino en las mejillas.
Aun así, eran dos besos. Los primeros que se daban desde que se habían separado.
Y, sobre todo, lo que parecía haber cambiado era el tono y la forma en que le hablaba.
Para mejor. No como antes de que las cosas empezaran a torcerse, pero al menos era algo.
Al salir a la calle, Tomás se sentía más animado y leve; tarareó una canción de moda y casi se puso a bailar en plena acera.
Estaba claro que lo peor ya había pasado y que quizás esa visita —o, mejor dicho, los problemas que acababa de ayudar a resolver— había servido para acercarlos un poco.
O, más bien, a ella. Porque él nunca quiso alejarse.
Bajó al metro. En su mente seguía reviviendo el momento de la despedida, imaginando la reconciliación que tanto deseaba.
La decisión de separarse había sido exclusivamente de Maria Flor, por lo que volver a estar juntos era algo que tendría que salir de ella.
Si por Tomás fuera, nunca se habrían separado.
Ni siquiera creía que su mujer tuviera motivos suficientes.
Para él, la ruptura solo se justificaba por que estaba traumatizada por lo que había vivido.
Pero eso era pasado y el pasado, pasado estaba.
Lo que ahora importaba era que las cosas empezaban a encarrilarse, y él tenía claro que al final todo saldría bien.
La reconciliación era inevitable. Su mujer regresaría a sus brazos y volverían a ser felices.
Como en el clásico final feliz de las películas románticas de Hollywood.
Salió en la estación más cercana a la Gulbenkian y se dirigió a la fundación; seguía tarareando la canción y el rostro se le había iluminado con una luz radiante de esperanza.
La vida era hermosa y él volvería a ser feliz.
Al llegar a la entrada del edificio, un hombre de rostro familiar lo estaba esperando.
—¿Coronel Glebov? —Se detuvo, sorprendido—. ¿Qué hace usted aquí?
El ruso lo saludó con una amplia sonrisa y se acercó con los brazos abiertos.
—Privet, moj druk! —lo saludó—. ¡Hola, amigo mío! ¡Qué alegría volver a verte!
Los dos hombres se abrazaron y automáticamente a Tomás lo invadió un sentimiento contradictorio.
Por un lado, estaba eternamente agradecido al comandante por la misión Lyubov y todo lo que había hecho por él entonces; era agradable reencontrarlo y sentía que tenía la obligación de acogerlo bien.
Pero, por otro lado, estaba el problema de la guerra en Ucrania y el hecho de que el coronel Vitaly Glebov perteneciera a la fuerza aérea rusa.
Seguramente, estaría involucrado en operaciones militares contra ese país solo porque su población se negaba a obedecer a Moscú como si Rusia fuera soberana y Ucrania un simple vasallo.
¿Cómo podía reconciliar esas dos emociones?
—Confieso que no esperaba verlo por aquí —admitió Tomás—. Cuénteme, ¿qué le trae por Lisboa?
Preguntar a un ruso qué hacía en la capital portuguesa, y más si se trataba de un militar, parecía un chiste de mal gusto, pero al historiador no le quedaba otra opción. Le debía la vida a ese hombre y no podía simplemente ignorarlo.
—Oh, tantas cosas —respondió el coronel Glebov—. Y a mi amigo ¿qué tal le va? ¿Todo bien?
—Excelente, excelente.
—Mire, tenemos que tomarnos un cafetito.
Tomás miró su reloj e hizo una mueca incómoda.
—Serán solo cinco minutos.
Volvió a mirar su reloj. Iba a llegar tarde a la reunión sobre las estelas sumerias, pero... no podía decir que no, ¿cierto? Le debía demasiado como para rechazar algo tan sencillo como tomarse un café. Los curadores de la fundación tendrían que esperar unos minutitos.
—Claro, claro —accedió—. Vamos.
Entraron en el edificio y se dirigieron a la cafetería.
Iban charlando e intercambiando frases de cortesía: «¿Qué tal la familia?
», «¿Cómo está su mujer?», «El tiempo en Lisboa está fabuloso», «Hay turistas por todas partes»...
Se sentaron a una mesa con vistas al jardín, cada uno con una taza de café en la mano.
Fue entonces cuando el coronel Glebov le explicó qué hacía allí.
—Mire, profesor Noronha, tengo que pedirle un favor.
—Si está a mi alcance, cuente con ello, coronel.
El ruso bajó la voz.
—Sabe, un amigo mío está en una situación complicada y ha venido a pedirme ayuda.
No sé bien cómo explicárselo... Dicho así le va a parecer ridículo, pero él...
Bueno, ha perdido un móvil muy importante y necesita recuperarlo.
Es una cuestión de vida o muerte, digámoslo así.
Ha hecho de todo para encontrarlo, sin éxito.
Como sabe que nos conocemos, me ha pedido que le solicite su ayuda.
Tomás permaneció inmóvil, intentando procesar lo que acababa de oír.
—Perdone, no sé si lo he entendido —dijo por fin—. ¿Quiere que lo ayude a... encontrar un móvil?
El coronel soltó una risita nerviosa.
—Sí, ya sé que suena raro, pero se lo agradecería enormemente. Este amigo es una persona que...; en fin, alguien muy importante. Y significaría mucho para mí que aceptara. ¿Me haría este pequeño favor?
Tomás no sabía qué decir.
—Coronel, me encantaría ayudarlo. No olvido lo mucho que hizo por mí. Pero solo soy un historiador experto en lenguas antiguas y criptoanálisis. Esto me parece más bien un asunto de..., no sé, la policía. ¿Su amigo ha puesto una denuncia?
Otra risa nerviosa.
—Digamos que no es un caso en el que se pueda involucrar a la policía. No sé si me entiende.
Tomás lo entendió de inmediato y no le gustó nada.
—Mire, coronel, haría lo que fuera por usted. Pero la legalidad es mi límite. Si estamos hablando de algo ilegal, me temo que no puedo participar.
—Buscar un móvil perdido no es ilegal, profesor.
—Sin duda. Pero si dice que no puede recurrir a la policía..., ya sugiere algo. No quiero ofenderlo, pero hay algo poco claro en todo esto. Si fuera normal, ¿por qué no iba a presentar una denuncia?
El coronel se movió en su asiento, visiblemente incómodo.
—Digamos que estamos hablando de un asunto de Estado.
—¿La desaparición de un móvil es un asunto de Estado?
—En este caso, sí.
—¿De qué Estado estamos hablando? ¿Del ruso?
—Sí.
Ahora fue Tomás quien se movió, incómodo.
—Oiga, coronel, no puedo involucrarme en actividades a favor del Estado ruso. Mi conciencia no me lo permite. No después de lo que han hecho a Ucrania. Por mucho que lo aprecie —y créame, lo aprecio—, me es imposible. Espero que lo entienda.
—Sería un favor personal.
—A usted le haría todos los favores que hicieran falta.
Pero al Estado ruso, con sus actos irregulares, no.
Imposible. Además, aunque quisiera, no sabría cómo ayudarlo.
Como le acabo de decir, buscar móviles desaparecidos no es exactamente mi especialidad.
Y si el Estado ruso necesita encontrar uno, seguro que tiene medios y expertos más cualificados para hacerlo.
—En este caso, concretamente, me temo que solo usted nos sirve.
—Lo siento de verdad, pero tal como lo ha planteado no puedo.
El coronel Glebov bajó la cabeza con desánimo.
—Me decepciona.
A Tomás le dolió su reacción; se sentía ingrato por no ayudar a quien tanto había hecho por él.
—Bueno, qué quiere que le diga. También a mí me cuesta negarme, sobre todo después de todo lo que vivimos. Pero actuar a favor del Estado ruso me parece demasiado comprometido. Y, además, en un asunto tan poco claro...
El coronel apuró su café de un trago, dejó la taza sobre la mesa y lo miró directamente.
—Entonces, voy a pedirle otro favor. Entiendo que no pueda ayudarnos.
En realidad, ya lo había previsto, dado que la situación implica a otros países.
Pero le pediría que, al menos, aceptara hablar personalmente con mi amigo.
Escuche sus argumentos y, si aun así mantiene su postura, explíquele directamente sus motivos.
Sería muy importante para mí. ¿Puedo contar con usted?
—Sí, claro. Lo haré encantado, sin problema. Hablar con alguien no me cuesta nada. ¿Cree que podría venir a la Fundación Gulbenkian?
El coronel se levantó y sacó un sobre del bolsillo interior de la americana. En la esquina superior izquierda había una banda azul con un emblema blanco: una hoz y un martillo con alas. Encima, una palabra en caracteres cirílicos: «Аэрофлóт».
—Él está en Moscú.
La palabra era Aeroflot, la aerolínea rusa. En el sobre había un billete de avión a nombre de Tomás Noronha con destino a la capital rusa. Lo más llamativo era la fecha impresa en el billete: el día siguiente.