XIV
El féretro estaba frente al altar, con la tapa abierta para que todos pudieran contemplar el rostro pálido de Betty y despedirse de ella por última vez.
Leroy habría preferido el ataúd cerrado.
Ver a su mujer sin vida, el cuerpo sin alma, le resultaba insoportable.
Pero las tradiciones eran así, y por eso intentó soportarlo con el estoicismo de un verdadero cajún.
—Papá, ¿cómo estás?
Se giró y vio a Sally y a Charlie, que lo miraban con preocupación.
Solo en ese momento se dio cuenta de que las lágrimas le escurrían por las mejillas.
Se las limpió con el dorso de la mano y forzó una sonrisa para tranquilizar a sus hijos.
Lo último que necesitaban, en el momento de enterrar a su madre, era ver a su padre perdido o dando señales de debilidad.
Tenía que ser fuerte. Por él, por Betty y, sobre todo, por ellos.
—Estoy bien, hijos —murmuró—. Solo echo de menos a vuestra madre.
Sus palabras humedecieron los ojos de sus hijos, sobre todo, de la escuchimizada Sally.
No era fácil para ninguno de ellos. Era un momento de luto, y el luto también se componía de recuerdos.
Leroy rememoró el momento en que conoció a Betty.
Fue en una barbacoa organizada por la Texaco en Jambalaya Park hacía ya veinte años.
Se sentaron en la misma mesa, comenzaron a charlar, se cayeron bien.
Él la invitó a ver una película de Clint Eastwood en el Sonic Drive-In, el cine al aire libre de la ciudad.
Ella llevó palomitas hechas en casa y se pasaron la película entretenidos el uno con el otro...
Cuatro meses después, se casaban. En aquella misma iglesia.
Entonces, el futuro se abría ante ellos con la promesa de horizontes infinitos.
Tuvieron dos hijos. A Charlie probablemente lo concibieron aquella noche, en el inolvidable cine al aire libre.
Ambos creían firmemente en el american way of life y en la promesa de un futuro glorioso.
Sin embargo, las cosas se torcieron en algún momento del camino.
El cáncer empezó a multiplicarse en ambas familias, al igual que en el país.
Por mucho que se esforzaran, por más duro que trabajaran, seguían en el mismo sitio.
Habían intentado conseguir mejores sueldos, pero lo que encontraban era un Estado codicioso que se quedaba con casi todo lo que ganaban, divinizaba a las minorías y distribuía los impuestos de quienes más se esforzaban.
¿Qué futuro podía haber en un país donde se premiaba la vagancia y se castigaba el sacrificio?
Lloró cuando su hijo lo llamó desde Filadelfia para decirle que Betty había muerto.
Lloró por ella, por sus hijos, pero, sobre todo, lloró por sí mismo.
¿Qué clase de vida era esa en la que un hombre se sacrificaba tanto para acabar siendo castigado así?
Los progresistas del Norte se habían reído de él en aquella terraza junto al río, pero en realidad era el destino el que se burlaba de él y de los suyos.
Betty y él se habían esforzado mucho, igual que sus padres antes que ellos, ¿y de qué había servido?
Seguían siendo pobres, estancados en una tierra enferma.
El premio final era morir de cáncer por culpa del aire venenoso que respiraban. ¡Maldita vida!
Sentado en la iglesia frente al ataúd de Betty, Leroy hizo un esfuerzo por reprimir las lágrimas.
Era un cajún, se repitió una vez más, y los cajunes aguantaban.
Orgullosos y determinados. La única forma de soportar el dolor era no mirar al féretro.
Sus ojos se paseaban por el altar, por los vitrales, por los símbolos, por cualquier detalle que lo ayudara a no mirar a su querida Betty allí dentro, en esa caja que pronto se la llevaría a las entrañas de la tierra.
Aunque en esa iglesia no había demasiado que ver.
Pese a que eran cajunes —y eso implicaba raíces católicas—, Leroy y Betty acudían todos los domingos al templo de la primera iglesia bautista de su pueblo natal, junto a Burnside, donde vivían con sus hijos y donde ella había muerto.
Tenía una arquitectura moderna y la congregación reunía a blancos y negros en lo que Leroy consideraba una buena armonía: cada uno con los suyos, con sus costumbres, pero todos cristianos y unidos en la fe. ¿No debería ser así en todo el mundo?
El sermón del pastor Chopin fue hermoso. Tras leer un pasaje del Antiguo Testamento, dirigió unas palabras tiernas a Betty.
—Conocí a nuestra hermana Elizabeth cuando era joven —recordó—.
No había cristiana más pura que ella. Contribuía a la Iglesia todos los meses con la décima parte de su salario.
Nunca olvidaré sus palabras al entregarlo: decía que, a la hora de cobrar impuestos, el Estado llamaba solidaridad a la coerción, mientras que la verdadera solidaridad nace de la libre voluntad, cuando el corazón se siente pleno y el alma generosa.
—Un murmullo de aprobación recorrió la sala—.
Contribuía de buena voluntad con la Iglesia.
Con la comunidad también. Con las tropas en Afganistán e Irak igual.
No tenía mucho, pero daba lo que podía. Y no hay alma más pura y generosa que la que comparte con Dios y con su comunidad lo poco que posee.
Por eso descansa en paz, Elizabeth Roderick.
Tu cuerpo baja hoy a la tierra, pero tu alma se sienta ya a la derecha del Señor.
Cuando el pastor Chopin terminó, el coro de la primera iglesia bautista entonó los salmos.
Leroy miró hacia atrás y, de alguna manera, se sintió reconfortado por lo que vio.
Había unas seiscientas personas en el templo; muchos eran amigos o compañeros de trabajo, incluidos varios de la unidad petroquímica donde trabajaba.
Pero la mayoría eran desconocidos. La Iglesia era el punto de confluencia de la comunidad, la institución que daba sentido a las cosas, que los ayudaba a no perder el rumbo ni el propósito.
Los del Norte podían alardear de lo que quisieran, pero no había solidaridad como la del Sur.
El coro guardó silencio y el pastor bendijo el ataúd dando por finalizada la ceremonia.
Los hombres de la funeraria, vestidos de negro, lo alzaron en procesión por la nave central hasta depositarlo en el coche fúnebre.
Luego colocaron las coronas de flores alrededor.
Los amigos abrazaban a Leroy y a sus hijos, dedicándoles palabras de consuelo.
Incluso el señor Dean intentó animarlo, aunque ¿cómo se consuela a alguien en semejantes circunstancias?
A pesar de la conmoción, Leroy vio las dos cajas de limosnas junto a la puerta: una para ayudar a familias con cáncer en Misisipi y otra para las familias de las víctimas del reciente accidente en la petroquímica.
No podía ignorarlas. Sabía que eso era lo que Betty habría hecho, así que dejó un billete de cinco dólares en cada una.
Como su mujer —y como tantos en aquella comunidad—, él creía en la solidaridad que nace del corazón.
El coche fúnebre arrancó y una pequeña caravana lo siguió por las calles del pueblo hasta llegar al cementerio de Cornerview.
La tumba ya estaba abierta en la tierra húmeda y con cuidado bajaron el ataúd de Betty hasta sus entrañas.
Aunque fuera un cajún, Leroy no pudo soportarlo.
Lloró, abrazado a sus hijos, mientras el pastor Chopin pronunciaba las últimas palabras para recordar a una feligresa más, víctima de la enfermedad que caía como una maldición sobre aquel rincón olvidado del Misisipi.
—Comerás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra de la que saliste. Polvo eres y en polvo te convertirás...
De forma simbólica, los presentes lanzaron algunas piedras al fondo de la tumba.
Primero Sally, luego Charlie, después Leroy.
Y así, uno a uno, todos los amigos se reunieron en torno a la tierra abierta.
Padre e hijo, de luto, dieron media vuelta y caminaron de la mano.
A sus espaldas, los enterradores continuaron lanzando paladas de tierra sobre el agujero que ahora se llamaba Betty.
La víctima más reciente de la «Alameda del Cáncer».