XIII
Dimitri comprobó que no había más novedades desde la noche anterior, excepto que el incidente en el edificio de la calle Novoselov mantenía en vilo a toda Rusia.
Primero habían sido las explosiones en Buynaksk, luego en varios edificios de Moscú.
A continuación, el atentado en Volgodonsk.
Y ahora, por suerte fallido, el intento de destruir un edificio en Riazán con todos los vecinos dentro.
¿Cuándo iba a acabar ese horror? ¿Cuántos atentados más tendrían que producirse, cuántas vidas perderse, para que las altas autoridades del país actuaran con decisión y mandaran a los chechenos al infierno?
—... desde Grozny —decía—. El presidente Yeltsin ha dejado claro que el ataque aéreo es una represalia por los recientes atentados en Rusia.
El Gobierno, liderado por el primer ministro Vladímir Putin, atribuye la autoría de los ataques a militantes islamistas chechenos.
Además, anoche se detectó una bomba en el sótano de un edificio en...
El primer ministro Putin apareció en pantalla.
—Vamos a acabar con todos, aunque se escondan en los retretes.
—¡Bum! —exclamó el policía, impresionado con la declaración—. ¡Joder!
Aquel hombre no se andaba con rodeos. Putin, un oficial de la KGB, se había ganado a pulso un lugar en el mando del FSB.
Lo había logrado al neutralizar a un fiscal que incomodaba a Boris Yeltsin con una investigación por corrupción.
Había demostrado tanta eficacia al frente de los servicios de seguridad del Estado que, como premio, el presidente lo había nombrado jefe de Gobierno.
Y, al parecer, había sido una decisión acertada.
Contra todo pronóstico, ese Putin era el hombre adecuado en el momento justo.
No hablaba como un político, con esos discursos enrevesados y mil precauciones, sino como un hombre de acción. Y los hechos lo corroboraban.
Dimitri salió a la calle animado. Tomó el tranvía hacia el barrio de Dashkovo-Pesochnya, donde estaba la comisaría.
Normalmente, los pasajeros viajaban en silencio, sumidos en sus pensamientos.
Pero esa mañana las noticias eran tan extraordinarias que se multiplicaban los comentarios, incluso entre desconocidos.
Algunos hablaban del incidente en la calle Novoselov, otros vilipendiaban a los chechenos, esos fanáticos sanguinarios.
Pero el tema principal era la determinación del nuevo jefe de Gobierno.
No la de Yeltsin, un borracho incorregible, sino la de su sorprendente sucesor.
—Ese Putin es de los míos —decía un anciano—. Va a poner en su sitio a todos esos cabrones.
—Ya deberíamos habernos cargado a los chechenos hace cinco años —comentó otro, de mediana edad—. Entonces, Yeltsin y compañía se acobardaron. Pero este primer ministro es de otra pasta, ¿o no? ¡Los tiene bien puestos!
—Con los chequistas es mejor no meterse, ya lo decía mi padre —añadió una mujer de mejillas sonrosadas—. Los chechenos van a probar ahora de su propia medicina. ¡Bien hecho!
Dimitri comprobó que la popularidad del nuevo primer ministro estaba por las nubes. Su respuesta contundente ante los atentados había calado hondo. Era un hombre a la antigua usanza, de los que no les tiembla el pulso a la hora de defender los intereses del país. Quién lo habría imaginado...
El tranvía llegó a su destino y el agente se bajó.
Entró en la comisaría y se dirigió a su despacho.
El ambiente en el edificio era mucho más agitado de lo habitual: policías y administrativos iban de un lado a otro, las puertas de los despachos estaban abiertas y los agentes se agrupaban haciendo comentarios.
Sonrió a Ekaterina cuando se cruzó con ella.
—Hoy las cosas están moviditas —comentó—. El circo de anoche lo ha animado todo, ¿eh?
—No es solo eso, Dima —respondió ella—. Acabamos de saber que los han cogido.
—¿A quiénes?
—A los tres que pusieron la bomba en el sótano.
Dimitri se quedó paralizado.
—¿Lo dices en serio?
—Ahora mismo los están interrogando en Moscú —sonrió—. No me gustaría estar en su pellejo...
La detención de los sospechosos había sido más rápida de lo que Dimitri había imaginado. En vez de ir a su despacho, se dirigió al del jefe de la comisaría. Intentó entrar, pero la asistente se lo impidió.
—El capitán ha pedido que no lo molesten.
—Pero si fui yo quien empezó la investigación del incidente en la calle Novoselov —argumentó—. Necesito hablar con él para presentarle el informe.
—En estos momentos, el capitán está hablando con el Ministerio de Seguridad del Estado. Como mucho, al terminar la llamada, lo informaré de que usted estuvo aquí.
Dado el ritmo de los acontecimientos, no le sorprendió que Volkov estuviera tan ocupado. Tampoco era nada urgente; solo quería enterarse de más detalles. Tal vez Ekaterina supiera algo.
—¿Cuándo se ha sabido que los habían capturado?
—Ahora mismo, hace poco —respondió—. Estaba redactando una declaración cuando llamaron de Moscú.
—¿Y quiénes son?
—Ah, eso no lo sé.
—¿Son chechenos?
—Eh... Parece que... En fin, son rusos.
—¿Rusos?
El dato coincidía con lo que él mismo le había transmitido a Alexéi Tankov la víspera a partir de lo que le había contado el testigo que presentó la denuncia.
Pero resultaba desconcertante. ¿Serían rusos a sueldo de los chechenos?
¿O rusos que vivían desde hacía tanto tiempo en Chechenia que habían acabado rebelándose contra su propio país?
—¿Quiere un té?
La pregunta de Ekaterina interrumpió sus pensamientos. No era el mejor momento, pero ella cada vez se mostraba más interesada en él. Dimitri le sonrió.
—Mejor el café que me ha prometido.
Ella le devolvió la sonrisa.
—No le he prometido nada...
Se dio media vuelta y se dirigió al samovar. Se estaba haciendo la difícil, pero Dimitri pensó que la tenía en el bolsillo y ya se imaginaba cómo terminaría de conquistarla. La invitaría a cenar, beberían vino de Crimea y después, cuando fuera el momento adecuado, se la llevaría a la...
—El señor capitán ha acabado la reunión.
Oyó una voz a sus espaldas. Se giró. Era la asistente del capitán.
—¿Puedo hablar con él?
—Sí, el capitán quiere verlo. Venga conmigo.
Dimitri cogió el informe que había redactado durante la madrugada y siguió a la asistente hasta el despacho de Volkov. Llevaba el documento en la mano izquierda y usó la derecha para el saludo marcial.
—Mi capitán —dijo, y le tendió los papeles—. Aquí está el informe sobre los graves acontecimientos de ayer en nuestra ciudad.
El capitán miró el documento, pero no lo tocó.
Llevaba el pelo corto al estilo militar.
Durante la guerra de Afganistán, había pertenecido a las Spetsnaz, las fuerzas especiales del GRU.
Lo hirieron cerca de Kabul, lo enviaron de vuelta a casa y acabó como jefe de la comisaría de Riazán, su tierra natal, en un puesto que se suponía tranquilo.
Tras unos segundos, hizo un gesto para que Dimitri se sentara.
—Tiene que reescribir el informe.
—¿Reescribir el...? —dudó—. Pero... ¿por qué?
—Hemos recibido nuevas informaciones que podrían afectar al contenido del texto.
—¿Nuevas informaciones, mi capitán?
—Acabo de hablar con un contacto de alto nivel en Moscú —explicó Volkov, refiriéndose a la llamada con el Ministerio de Seguridad del Estado—. Ya han terminado los interrogatorios a los tres sospechosos.
—¿Tan rápido?
El capitán se removió en su silla, incómodo.
—No querían hablar, pero nuestros hombres supieron presionar. Entonces, confesaron que pertenecen al... FSB. —Pronunció la sigla casi en un susurro, como si revelara un secreto de Estado.
Dimitri creyó haber oído mal.
—¿Perdone?
—Son del FSB.
Se quedó boquiabierto. Miró al capitán con absoluta incredulidad. Aquello no tenía ningún sentido.
—¿Los terroristas son... chequistas?
Y al decirlo, como por arte de magia, encajaron todas las piezas de aquel insólito puzle.