El protocolo del caos XII
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XII

Cuando Maite le mostró su smartphone , Tomás Noronha se quedó un buen rato observándolo, intrigado.

Ella acababa de decirle que en aquel aparato estaba la fuente de los más variados rumores sobre el origen del Zika y los peligros de las campañas de vacunación.

Todo estaba ahí. O, mejor dicho, en las redes.

—¿Está todo en el móvil?

—Eso descubrí —confirmó la médica brasileña—.

Twitter está lleno de mensajes sobre el tema.

En Facebook hay «grupos» donde se discute la manipulación del Zika con fines siniestros.

Reddit está plagado de debates interminables sobre los peligros de las vacunas.

Blogs , pódcasts... Todo lleno de disparates.

Fui a YouTube y hay vídeos y documentales que exponen las acciones siniestras de los más diversos agentes que supuestamente están detrás del Zika.

—¿Como por ejemplo?

—Mire, hay un documental de un tal VM Granmisterio, promocionado en YouTube, que afirma que la Fundación Bill Gates está desarrollando campañas de vacunación por todo el mundo con gran mérito, dice, pero que también financió Oxitec, una empresa que trabaja en la modificación genética de mosquitos para crear una cepa capaz de exterminar a las razas no blancas.

Todo forma parte de un plan del movimiento eugenésico para garantizar el dominio mundial de los blancos.

Tomás no daba crédito.

—¿Ha encontrado eso en YouTube?

—Eso... ¡y mucho más! Hay vídeos que dicen que el problema es el mercurio de las jeringuillas.

Otros afirman que el Zika es culpa de Monsanto, como sabe, el mayor productor mundial de pesticidas, y que están envenenando las cosechas, lo que provoca el virus.

Un vídeo explica que el Zika ha sido creado en un laboratorio de la Fundación Rockefeller por instigación de los Illuminati.

Otros culpan a Soros y a su agenda de globalización, que pretende debilitar a los brasileños y facilitar la llegada de extranjeros para conquistar Brasil.

Algunos aseguran que todo formaba parte de una agenda anticristiana promovida por grupos feministas para legalizar el aborto.

Incluso hay un vídeo de un cura que suplica a las madres brasileñas que no escuchen a los médicos, asegurando que son unos malnacidos vendidos a las farmacéuticas y que el Zika es un negocio para sacarles dinero.

Mire, es imposible describir todas las barbaridades que he encontrado en las redes sociales. ¿Me entiende? Una locura.

—¿En YouTube no hay ningún vídeo serio que cuente la verdad, que presente pruebas científicas?

—Cuando se hace una búsqueda en YouTube o en Facebook, lo primero que aparecen son esas tonterías. No sé cómo es posible, pero solo he encontrado vídeos y discusiones surrealistas, nada serio.

—¿Y la gente se lo cree?

—¿Cómo no se lo va a creer? Las personas piensan que YouTube es tan creíble como TV Globo y que Facebook informa con la misma veracidad que los periódicos.

En internet hay informaciones que no aparecen en televisión ni en prensa...

Estamos hablando de una avalancha de contenidos.

Así que las conclusiones a las que llegan es que los medios les están ocultando información, ¿lo entiende?

Tomás se rascó el cuero cabelludo.

—Bueno, visto así, la cosa se complica.

—Se ha creado un problema muy grave, ni se imagina —prosiguió Maite—.

Los vídeos y las publicaciones en redes sociales afirman que las vacunas ponen en peligro la vida de madres y bebés.

Eso genera pánico. Las mujeres comenzaron a rechazar las campañas de vacunación contra el Zika.

Aldeas enteras se alzaron en contra de las vacunas.

Intenté explicarles que no había ningún peligro, que las vacunas eran seguras...

, pero ¿quién soy yo para contradecir a YouTube, Facebook o Twitter y las redes de fama mundial?

Nadie me creía. Peor aún: los vídeos dicen que nosotros, los médicos, somos cómplices de ese complot contra el pueblo brasileño.

Entonces... —No terminó la frase. Señaló su móvil—.

Empezaron las amenazas. Un idiota dijo mi nombre en uno de sus vídeos de YouTube.

Le contó al mundo que yo, personalmente, estaba detrás de un proyecto secreto para obligar a las mujeres brasileñas a abortar.

Y entonces comenzaron las llamadas. Que obedezco a Soros, a Rockefeller, a las farmacéuticas, a los nazis, a las feministas...

Mire, no se hace una idea. Que iban a matarme, a mi hija, a toda mi familia...

Un infierno. Imagínese. Claro que tengo miedo, ¿cómo no?

Tuve que huir. Por suerte, tengo un amigo en Amnistía Internacional que me dijo que lo mejor era venir a Portugal... Así que me vine. Cogí a mi hija y...

—... you’re the person in charge of complaints? —los interrumpió Maria Flor, que se acercaba hablando con la opción de manos libres del móvil—. ¿Es usted la persona responsable de las quejas? Muy bien, llevo días intentando hablar con usted. Lamento que solo ahora haya sacado tiempo para atenderme.

—Me temo que he estado muy ocupado —respondió la voz—. ¿Cómo puedo ayudar?

—Como ya expliqué ayer varias veces a sus compañeros, no sé si le han pasado esa información, es una situación de emergencia —dijo Maria Flor—. Estamos ayudando a una médica brasileña que ha tenido que huir de Río de Janeiro por culpa de YouTube.

—¿Por culpa nuestra? ¿Puede probar esa acusación?

—Hay un vídeo en su plataforma donde se la nombra como responsable de la epidemia del Zika en Brasil.

Es totalmente falso. Ella es médica infectóloga, cuyo único «delito» ha sido intentar convencer a las mujeres brasileñas de que se vacunen contra el Zika, un virus que está provocando una oleada de nacimientos de niños con microcefalia y otros problemas graves.

De hecho, esos vídeos están generando un problema grave de salud pública en Brasil, ya que cada vez más mujeres se niegan a vacunarse por culpa de las teorías falsas que esos vídeos de YouTube están ayudando a propagar. Todo esto está agravando la pandemia.

—YouTube se toma muy en serio las cuestiones de seguridad y bienestar, señora. Realizamos investigaciones internas y llegamos a la conclusión de que nuestra plataforma promueve contenidos rigurosos y positivos. En algunos casos excepcionales puede haber problemas, no lo negamos, pero...

—¡¿Casos excepcionales?! ¡La mayoría de los vídeos sobre el Zika que aparecen en YouTube promueven teorías absurdas!

—No es lo que indica nuestra investigación, señora. Es cierto que en ocasiones aparecen vídeos problemáticos, pero, infelizmente, es imposible eliminarlo todo; aun así, estamos convencidos de que se trata de casos aislados.

—¡No es lo que sucede en el caso del Zika!

—Insisto, nuestro equipo interno es claro.

Son casos aislados. Cuando encontramos vídeos potencialmente peligrosos, los retiramos.

Conviene recordar que YouTube no se hace responsable del contenido de los vídeos subidos a su plataforma.

Eso está claramente indicado en las cláusulas de aceptación de los usuarios.

—¿Qué cláusulas? ¿Ese texto denso, largo, escrito en letra minúscula que aparece cuando una persona entra en YouTube por primera vez y que todos aceptan sin leer?

—No tenemos la culpa de que la gente no lo lea, señora.

—¿No tienen la culpa? Entonces, si The New York Times publica una noticia falsa, ¿no sería responsable de lo que publica?

— The New York Times es el autor de sus contenidos, señora. Nosotros no. YouTube es solo una plataforma. No producimos contenidos. Los responsables son los autores.

—¡Ustedes los divulgan!

—Sí, pero no somos los autores. Eso está explícito en las cláusulas de aceptación.

Maria Flor puso los ojos en blanco. Estaban dando vueltas al tema sin salir del mismo sitio.

—Vale, bien —dijo, intentando simplificar—. ¿Y el vídeo en el que se menciona el nombre de la doctora? ¿Pueden al menos retirarlo?

—Me temo que no.

—¿No? ¿Por qué?

—Lo hemos revisado y no consideramos que esté probada una relación de causa-efecto entre lo que dice el vídeo y las amenazas que, presuntamente, ha recibido la médica. Además, le repito: YouTube es solo la plataforma. La responsabilidad es exclusiva de los autores.

—¡El vídeo pone en peligro su vida! ¡Ha tenido que huir de Brasil por las amenazas que recibe! ¿De verdad no pueden retirarlo?

—Lo siento, señora. Entendemos su preocupación, pero no podemos considerar probado el vínculo. Y, como ya dije, YouTube no se responsabiliza del contenido. Es la ley.

Hablar con ese hombre era como hablar con una piedra. La conversación terminó sin acuerdo. Cuando colgó, Maria Flor estaba tan furiosa que parecía que iba a estampar el móvil contra la pared.

—¿Habéis oído eso? —exclamó, exaltada—. ¡Mierda!

¡Estas personas no asumen ninguna responsabilidad!

¡Es increíble! Divulgan vídeos que ponen vidas en peligro, algunas personas reciben amenazas, otras se niegan a vacunarse por culpa de estas campañas de desinformación y estos tipos... ¡¿Qué es esto?!

En ese momento, la niña de diez años apareció de nuevo en el salón.

—Mamá, mamá, ¿sabes cuántas personas han visto mi vídeo jugando en la piscina?

La médica sonrió para que la niña no percibiera su angustia.

—¿Cuántas, mi niña?

—Miles y miles.

Su madre mantuvo la sonrisa con ternura.

—No puede ser, angelito. Es solo un vídeo donde juegas con una amiguita. ¿A quién iba a interesarle eso? Solo a los abuelitos y a la familia, ¿no?

La niña le tendió el móvil.

—Te lo juro, mamá. Miles de visualizaciones. Todo el mundo me sigue. Mira, mira.

Maite miró de reojo la pantalla del smartphone y, de repente, abrió los ojos de par en par. Estaba perpleja.

—¡¿Cuatrocientas mil?!

Los tres adultos intercambiaron miradas, incrédulos. Cuatrocientas mil visualizaciones, poco para el medio millón. No era normal para un simple vídeo casero de dos niñas jugando en una piscina.

—No es posible —dijo Tomás—. Enséñeme eso.

Tras comprobar de nuevo la cifra, la médica le tendió el móvil.

—Mire.

El historiador confirmó el número. Ahí estaban: cuatrocientas mil visualizaciones. ¿Cómo era posible? Intrigado, empezó a ver los vídeos que YouTube sugería.

Se quedó boquiabierto.

—¡Oh, no...!

—¿Qué pasa? —preguntó Maite—. ¿Qué sucede?

Tomás se acercó y le mostró la secuencia de imágenes asociadas al vídeo de su hija en la piscina.

—Mire esto.

Eran decenas de vídeos caseros que mostraban a niñas preadolescentes, todas parcialmente desnudas.

En la playa, en la piscina, en la cama, rodando por el suelo, saliendo del baño.

Una tras otra. Todas entre seis y doce años, en bañador o en ropa interior.

Los vídeos eran inocentes; lo inquietante era lo que sugerían las secuencias. Era un shock .

Maite estaba atónita.

—¡Dios mío!

Después, Tomás siguió las recomendaciones de YouTube y se puso a ver vídeos de mujeres hablando de sexo, en ropa interior, dando de mamar a sus bebés, posando eróticamente vestidas como bebés, prometiendo vídeos privados a cambio de dinero, niñas captadas en momentos de desnudez no intencional, niñas de seis años cambiándose de ropa o haciendo gimnasia.

Todos tenían miles y miles de visualizaciones.

El patrón de recomendaciones era perturbador.

—¿Os dais cuenta de lo que está pasando? —preguntó—. YouTube está relacionando vídeos de niñas con contenido que puede interesar a un público muy específico. Un segmento enfermizo.

Se quedaron paralizados. El patrón era evidente y alarmante. Durante unos instantes, los tres permanecieron en silencio, intentando asimilar lo que acababan de descubrir. Ante sus ojos había una prueba tan irrefutable que casi se imponía como una epifanía.

¿YouTube estaba promoviendo la pederastia?