El protocolo del caos XI #2
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XI #2

—¿Por qué es condescendiente conmigo? —le preguntó con una agresividad inesperada—. ¿Porque soy mujer? ¡El patriarcado tiene que acabar, ¿me oye?! Pase usted primero, que para eso ha llegado antes.

Leroy se quedó perplejo. Como la mujer se negaba a pasar, antes de que montara un numerito, decidió avanzar y entró en el edificio.

Ella lo siguió. Al llegar al vestíbulo, se detuvo y la vio dirigirse a los ascensores.

Nunca le había pasado nada igual. Desde niño, sus padres lo habían educado para que fuera cortés con las señoras, pero, por lo visto, en el Norte progresista las cosas no funcionaban de la misma forma.

—Feminazis —murmuró para sus adentros, una expresión muy común en el Sur para referirse a las feministas—. ¡Jesús! Estas ahora quieren ser hombres...

Esperó hasta que la mujer se fue, no estaba cómodo compartiendo el ascensor con una feminazi, y luego subió él. Se detuvo en el piso 27 y se dirigió a la recepción que había en esa planta.

—Buenas tardes. Tengo una reunión con el señor Alexis Rubinstein.

—No es un señor.

—Ah, perdone. ¿Es una mujer?

Alexis era uno de esos nombres ingleses que podían usarse para ambos sexos.

—Lo siento, es una forma incorrecta de referirse a Alexis —lo corrigió la recepcionista—. Es una persona que menstrúa.

Leroy parpadeó.

—¿Perdone?

—Decir «mujer» es discriminatorio, como ya debería saber. La expresión inclusiva es «persona que menstrúa».

Leroy se quedó boquiabierto.

—¿Ya no se puede decir «mujer»?

—No es una palabra inclusiva —insistió la recepcionista, cortante—. Y no, Alexis Rubinstein todavía no ha llegado. Llegará dentro de media hora..., si viene.

Seguía estupefacto por lo que acababa de oír respecto a la forma correcta de referirse a las mujeres en el Norte. Tampoco entendía del todo lo que la recepcionista le acababa de decir. ¿Se habría equivocado de hora? Miró el papel que le había dado el señor Dean y comprobó que no.

—Pero si yo tenía una reunión a esta hora con la señora..., eh..., con... con esa persona.

—Ya, bueno, pero es que las cosas no funcionan así. La hora es un mero indicador.

—¿Indicador? ¿Qué quiere decir?

—Que se puede cumplir... o no. Puede aguardar en la sala de espera, por favor.

El recién llegado se quedó mirando a la recepcionista sin entender nada.

—¿Se va a cumplir el horario o no? —preguntó, visiblemente confundido—. ¿No existe la puntualidad en esta empresa?

—La puntualidad es un concepto racista.

—¡¿Racista?! —Lo último que esperaba oír.

—Sí, racismo camuflado. La puntualidad es un valor de la cultura blanca que se intenta imponer a todo el mundo. Hay otros valores igual de buenos o mejores que los de la cultura blanca.

—Pero... Pero la puntualidad no tiene nada que ver con el racismo, señora. Déjeme que le aclare algo: ser puntual es sinónimo de ser profesional.

—La profesionalidad también es un concepto racista. Otras culturas tienen valores distintos a los que la cultura blanca intenta imponer. Y aprovecho para decirle que es inaceptable que haya usado la palabra aclarar . Viene de claro , que a su vez viene de blanco . Es una palabra de origen racista.

Leroy no sabía qué decir. Cada expresión que usaba desataba un problema; era como pisar un campo de minas donde cada paso provocaba una explosión.

No le quedaba ninguna duda de que estaba en un mundo totalmente nuevo.

¿Cómo podía una sociedad funcionar si la gente no cumplía sus compromisos ni se comportaba de forma profesional?

¿Ahora tampoco se podía llamar mujeres a las mujeres ni usar la palabra aclarar ?

Con una lógica así, él se sentía incapaz de razonar, así que se dirigió a la sala de espera, se sentó en una silla y esperó obedientemente, mientras intentaba procesar todo aquello.

Unos cuarenta minutos después, la recepcionista lo llamó y lo llevó a un despacho.

Entró casi con miedo, pero Alexis Rubinstein parecía simpática y no hizo ninguno de los comentarios desagradables que había oído hacía media hora en la terraza ni en boca de la recepcionista.

Al contrario, se mostró respetuosa y le presentó una propuesta laboral bastante interesante: técnico de mantenimiento en la refinería Valero Texas City.

Y más importante aún: el sueldo era un veinte por ciento superior al que recibía en Luisiana, algo poco común en aquella época.

—Y... ¿cuál es el seguro médico?

Era una pregunta importante, teniendo en cuenta el estado de Betty y las limitaciones que él mismo sufría tras exponerse a la contaminación en su puesto de trabajo. Rubinstein sacó un cuaderno del cajón y se lo dio.

—Vea.

Leroy leyó el plan; no era muy diferente del que tenía en su empresa. Le habría gustado que fuese mejor, pero el sueldo superior compensaba el estancamiento en los apoyos sanitarios.

Solo quedaba una cuestión por resolver.

—¿Cómo será el alojamiento? —preguntó—. ¿Ofrecen casa?

—No.

Eso era un problema.

—¿Y alquilan?

—Solo habitaciones. En esa zona no hay apartamentos de alquiler, me temo.

Así era imposible.

—Bueno..., esperaba que la empresa pudiera acomodar a mi familia mientras yo trabajo en la refinería...

Rubinstein le propuso una solución que a ella le parecía bastante obvia.

—¿Por qué no compra una casa? Ponga la suya a la venta y con el dinero compra una en Texas. En las inmediaciones de la refinería hay barrios con chalés excelentes.

Solo alguien que no conociera el lugar en el que vivía Leroy, junto al Misisipi, podría sugerir algo así.

Vender su casa en Burnside era impensable, no porque no quisiera ponerla en el mercado, sino porque la fuente de contaminación ahuyentaba a cualquier comprador.

Solo un loco consideraría la posibilidad de adquirir una propiedad en la «Alameda del Cáncer».

—Bueno..., me lo voy a pensar.

Se despidió de Rubinstein desanimado. La perspectiva de un buen aumento salarial, algo muy raro en aquellos tiempos, le había entusiasmado.

Pero sin casa para su familia, no había nada que hacer.

En ese caso, el aumento del veinte por ciento no compensaba.

Al contrario, estarían peor. Su casa en Burnside estaba pagada, pero si se trasladaban a Texas tendría que asumir también los gastos de la vivienda.

Al salir del ascensor, sonó su móvil. Era su hijo.

—Hola, Charlie.

—Papá, tienes que venir inmediatamente. —El tono no auguraba nada bueno.

—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

Tenía la voz embargada. Era evidente que Charlie estaba compungido, aunque hiciera un gran esfuerzo por aguantarse las lágrimas y controlarse.

—Mamá ha muerto...