El protocolo del caos XI
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XI

El empleado, un chico con el pelo teñido de naranja, un pendiente en la oreja izquierda y gestos afeminados, se acercó al cliente. Estaban en una terraza rodeada de rascacielos relucientes situada junto al río Schuylkill. Le tendió una cartulina negra, enorme.

—Vuelvo enseguida para tomarle el pedido —dijo el chico con una sonrisa—. Tómese su tiempo.

Con desconfianza y miedo, Leroy Roderick cogió la cartulina y la miró.

La palabra menú impresa no dejaba margen a la duda.

«Se creen muy finos», pensó. Estaba más habituado a las cartas plastificadas de los restaurantes de su Luisiana natal que a diseños tan cuidados.

¿Para qué tanta sofisticación para una simple lista de platos? La leyó.

Pasta de boniato con berza crocante

Albóndigas de guisantes y quinoa con ensalada de remolacha

Tofu de coco picante con calabaza y brócoli

Seitán frito con salsa de cacahuetes al estilo de Indonesia

Tartaletas de calabaza asada, salvia, hinojo con nueces y pesto de rúcula

«¿Qué mierda es esta?». Estaba en inglés, pero más bien parecía chino.

Claro que reconocía la mayoría de las palabras, pero combinadas entre ellas no les encontraba sentido, como si estuvieran ahí solo para sonar bien, no para significar algo.

¿Qué demonios iba a pedir si no entendía nada?

Leyó y releyó cada línea, pero no lograba descifrar lo que le proponían.

—¿Ya sabe lo que va a pedir?

El tipo del pendiente y el pelo teñido de naranja había vuelto.

—Oiga... Bueno... ¿Tienen un filete?

—Este restaurante es vegano, cielo.

Había oído esa expresión por televisióny, aunque no estuviera del todo seguro, creía saber lo que significaba.

—¿Solo tienen comida vegetariana?

—Vegana. Mire, le recomiendo el seitán frito con salsa de cacahuetes al estilo de Indonesia. Es una especie de satay . Está di-vi-no.

Estas modernidades no lo convencían nada.

—¿Y pollo frito con patatas fritas? ¿O un filete poco hecho? ¿Tienen?

El chico apretó los labios, como si intentara tragarse lo que pensaba de alguien como él. Estaba claro que solo un cateto podría exhibir gustos culinarios tan toscos.

—Cielo, aquí no tenemos ningún plato que haga sufrir a los animales. Solo tenemos comida vegana. Es sabrosa, sana y protege a los animales y al medioambiente. ¿Por qué no la prueba?

Leroy se sintió incómodo con el tono condescendiente del camarero y se removió en la silla.

—Solo quería un filetito —respondió con avidez—. Y, perdone, no me llame «cielo», yo no soy ningún marica...

El camarero esbozó una expresión de shock .

—¿Cómo ha dicho? —se escandalizó—. ¡Eso es homofóbico!

—Vale, pero yo no acepto que me llame «cielo» un puto afeminado con el pelo teñido de naranja.

—¡Me está ofendiendo!

A Leroy le sorprendió la reacción del chico. Él solo había dicho la verdad.

—Pero si tienes el pelo teñido de naranja. No es una ofensa, es una constatación.

—¡Además de homofóbico, hace discriminación capilar!

—¿Discriminación cap...?

En las mesas de alrededor se oyó un coro de protestas.

Leroy echó un vistazo, convencido de que los demás comensales estarían de su lado; al fin y al cabo, según él, no había dicho nada malo.

Pero se sorprendió al comprobar hacia quién iba dirigida la furia de los clientes de la terraza.

Todos los rostros de enfado y las palabras agresivas eran para él.

—¡Debería darle vergüenza!

—¡Tendría que aprender a respetar a las personas!

—¡Estos catetos supremacistas y reaccionarios del sur se creen que todavía están en la época de la esclavitud y que pueden decir lo que les dé la gana! ¡Era lo que faltaba!

—¡ Redneck de mierda, vete por donde has venido!

—¿Habéis visto a estos pueblerinos desdentados? Además de burros, son sexistas y homófobos. ¡Qué gentuza!

Era imposible quedarse en la terraza. Estaba aturdido.

Se levantó tambaleándose; en las piernas aún sentía las quemaduras del ácido y no podía doblar bien las rodillas.

Aun así, se alejó lo más deprisa que pudo.

Aunque dejaba atrás los insultos y las risas, la humillación lo acompañaba.

Se sentía sucio, rebajado, inferior. ¿Quiénes eran esas personas y por qué se creían con derecho para hablarle así?

¿Cómo era posible que lo hubieran maltratado por decir cosas que a él le parecían tan normales?

Aunque ganaran más y tuvieran otras comodidades, nada les autorizaba a tratarlo así.

Dio la vuelta a la esquina y se apoyó en una pared, jadeando.

Era un cajún y los cajunes aguantaban todo, se dijo, intentando recuperar algo de la valentía de su vieja alma acadia.

Miró a su alrededor y se fijó en los rascacielos, que lo hacían sentirse pequeño.

Si había una ciudad en Estados Unidos cargada de historia era esa: Filadelfia.

Fundada en el siglo XVII , había sido el escenario de la Declaración de Independencia.

Por eso, la gran urbe de Pensilvania representaba los valores más sagrados de América.

Y si había algo que Leroy veneraba, además de la Biblia, eran esos valores.

Aun así, no se sentía a gusto. Peor: no sentía que estuviera en su país.

Estaba en Estados Unidos, sí, pero era como si hubiera emigrado a otra parte, a un lugar donde se hablaba inglés, pero muy distinto de su querida Luisiana.

Incluso en las cosas más banales, las diferencias saltaban a la vista.

Allí se veían asiáticos con traje y corbata, y negros de la mano de blancos, mientras que allá todos sabían muy bien cuál era su sitio.

Allí se oían lenguas extranjeras por la calle, mientras que allá todos hablaban inglés; allí muchos iban a pie o en bicicleta, mientras que allá las aceras estaban vacías y las autopistas llenas de jeeps gigantes; allí los tejados estaban cubiertos de placas solares, mientras que allá las refinerías decoraban el paisaje; allí las tiendas ofrecían productos «orgánicos» y «biológicos», mientras que allá las estanterías rebosaban bacon , tortitas y pollos decapitados; allí los restaurantes servían comida vegana y sin gluten, mientras que allá los menús ofrecían jambalaya , costillas fritas y filetes ribeye sangrantes.

Lo peor: en aquella terraza no había visto a nadie dar las gracias a Dios antes de comer, y las iglesias de Filadelfia que había visitado al llegar le habían parecido más bien atracciones turísticas, con su función espiritual archivada en algún cajón del olvido.

¿El norte se estaba convirtiendo en unas nuevas Sodoma y Gomorra?

¡Ah, América se echaba a perder!

Los canales de televisión también eran diferentes en Filadelfia y, suponía, que también pasaría lo mismo en todo el Norte progresista.

En las cafeterías y restaurantes solo se veía la CNN o la MSNBC.

¿Qué pasaba con Fox News? ¿Nadie veía el canal que sacaba a la luz los verdaderos problemas del país?

¿Cómo iban a superar los enormes retos a los que se enfrentaba Estados Unidos si ni siquiera sabían que existían?

No entendía cómo el Norte, supuestamente tan rico, estaba tan ciego.

Y más aún: si el Norte era tan próspero, era gracias al Sur.

¿Qué era la «Alameda del Cáncer» sino la tierra del sacrificio, la fábrica en la que la industria petroquímica generaba la riqueza de la que vivía el Norte?

Aquellos progresistas mordían la mano que les daba de comer.

Más que incomprensible, le parecía imperdonable.

Meneó la cabeza. Cómo le gustaría abrir la mente a esos progresistas y meterles un poco del viejo common sense americano.

Los habían contaminado con ideas radicales.

Justo en ese momento pasó por delante un quiosco y le llamó la atención la portada de The Philadelphia Tribune : unos universitarios habían lanzado pintura a un monumento, una protesta en defensa del medioambiente.

Le pareció una estupidez monumental. ¿Cómo iba a ayudar al medioambiente arrojar pintura, un químico contaminante?

¡Era contraproducente! Siempre había pensado que los estudiantes universitarios eran inteligentes, pero por lo visto estos eran idiotas.

Seguramente, sería culpa de la droga. En el Sur solía decirse que las universidades del Norte estaban llenas de hippies que andaban por ahí desnudos, fumando porros y montando protestas en clase.

Se alegro al encontrarse en la acera a un vendedor de perritos calientes. Compró dos, bien condimentados con mostaza y kétchup, y un refresco con gas. ¡Qué alivio! Al menos, en el Norte todavía quedaba quien vendía comida estadounidense de verdad. Se sentó en un banco, cerró los ojos y rezó.

—Señor, te doy las gracias por los alimentos que voy a comer. Soy tu hijo, tú eres mi padre. Protégeme de la tentación y sálvame del pecado. Amén.

Terminó y dio el primer mordisco. No sabía tan bien como los perritos calientes de Luisiana, pero se conformó. Mientras masticaba, vio a dos mujeres cogidas de la mano besándose en los labios. Dejó de masticar, atónito.

¡Qué mundo era ese!

Cuando terminó de comer, sacó un papel del bolsillo y miró la dirección.

Después la buscó en el mapa. No estaba lejos.

Echó a andar. El gerente de su unidad petroquímica, el señor Dean, le había comprado un billete de avión a Filadelfia para que fuera a hablar con un tal Alexis Rubinstein sobre un empleo que podría interesarle.

Por eso estaba allí. Siguió la dirección y llegó a su destino.

Se trataba de un rascacielos de unos cuarenta pisos; el último casi tocaba las nubes bajas.

Volvió a mirar el papel que el señor Dean le había dado y comprobó que tenía que subir al vigésimo séptimo.

Al llegar a la puerta del edificio, se cruzó con una mujer vestida con ropa de ejecutiva que también quería entrar.

Casi por instinto, se detuvo y le cedió el paso. La mujer lo miró, irritada.