El protocolo del caos X
10%

X

Poco después, los agentes de la unidad regresaron para despedirse desde la puerta.

—Hemos dejado las pruebas en el depósito —anunció el capitán—. Nos vamos.

Uno a uno, se marcharon a sus casas. Cuando Dimitri se quedó solo en la comisaría, se acercó al samovar para calentar agua y prepararse un té negro.

Le quedaba trabajo por terminar antes de marcharse: debía redactar el informe con los acontecimientos de la noche. Y también quería comprobar un detalle.

Con la taza humeante en la mano, se dirigió a su despacho. Se sentó frente al ordenador y accedió al registro central de la propiedad de vehículos. A esas horas ya habrían solicitado la búsqueda, pero Dimitri quería ver la respuesta con sus propios ojos.

Tecleó la matrícula que le había dado el testigo:

T 534 BT 77 RUS

En menos de un segundo, apareció el nombre del propietario:

Elena Alexandrova Vitalina

¿Sería ella la joven que habían visto transportando los sacos?

Si lo era, habría sido un golpe de suerte.

Y también la confirmación de que se trataba de unos aficionados.

A continuación, consultó los datos del sistema: era una arquitecta retirada que vivía en la calle Shabolovka, en Moscú. Tenía setenta y tres años.

—¡Mierda!

No podía ser ella. El testigo había sido claro: se trataba de una mujer joven.

Probablemente, los terroristas habían usado una matrícula falsa.

La policía de Moscú ya estaría interrogando a la mujer, pero Dimitri dudaba de que sacaran algo en claro.

Los chechenos no habrían cometido tamaño error. Había llegado a un callejón sin salida.

Se conectó al sistema de la comisaría y comenzó a redactar el informe. Tardó una hora en terminarlo. Justo al acabar, sonó el teléfono del despacho contiguo. Dimitri se sobresaltó. ¿Quién llamaba a las seis de la mañana? ¿Habría novedades? ¿O habría ocurrido algo más?

Descolgó.

—Teniente Dimitri Chernishev al habla. ¿Dígame?

Una voz femenina respondió al otro lado.

—Buenas noches, teniente. Siento molestarlo a estas horas. Me llamo Natalia Sakharova y trabajo en Elektrosvyaz. —La empresa rusa de telecomunicaciones.

—¿Ocurre algo, señora Sakharova?

—Es por el asunto de la bomba aquí, en Riazán —dijo con voz insegura—. ¿Cree que podría hablar con alguien relacionado con la investigación?

—Yo mismo, la escucho. ¿Qué información tiene?

—Como le decía, soy operadora de telefonía en Elektrosvyaz —repitió, y enseguida pasó al asunto que la inquietaba—. A veces escuchamos llamadas, ¿sabe? Tenemos órdenes de asegurarnos de que se respetan las leyes. Es una medida preventiva, por si surgiera algo inusual...

—Adelante, señora —la interrumpió Dimitri, impaciente. Sabía perfectamente que en Rusia era habitual que las autoridades interceptaran conversaciones privadas, una herencia directa de la época soviética—. ¿Ha oído algo sospechoso?

—Sí.

Ah.

—¿Y...?

—Una llamada extraña, de Moscú a un móvil. La persona de Moscú dijo, cito de memoria: «Venid solos, hay controles por todas partes».

—¿Está segura?

—Sí. Es más o menos lo que dijo el hombre. Luego colgaron.

—¿Tiene los números?

Vaciló unos segundos.

—Tengo el número desde donde se hizo la llamada. Pero no el de Moscú.

—¿Y eso por qué?

—Es un poco raro... Tengo que investigarlo más a fondo. Antes de dar esa información, necesito comprobar un par de cosas.

—¿Qué cosas?

—Un detalle técnico. No puede haber errores, como comprenderá.

A Dimitri lo sorprendió tanta prudencia. Pero era su responsabilidad, así que no le quedó más remedio que respetarla.

—Vale. Haga lo que tenga que hacer. Y grabe todas las llamadas, ¿me oye?

—Inmediatamente, teniente.

—Esté muy atenta a cualquier otra conversación sospechosa. Tanto usted como sus compañeras. Llámeme en cuanto tenga novedades.

Colgó y miró hacia la ventana. No pretendía observar el paisaje —aún era de noche, solo brillaban algunas farolas tristes en la calle desierta—, sino saborear la satisfacción. Habían lanzado la red. Y muy pronto atraparían a los terroristas chechenos.