El protocolo del caos IX
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—... como si fueras picaña. Después de matarte, te cocinaré y obligaré a tu familia a que te coma, ¿lo pillas? Lo que le has hecho a mi hija...

Tomás Noronha se quedó boquiabierto al escuchar aquellas brutales palabras. De inmediato, Maria Flor reaccionó y corrió hacia la habitación de donde provenía la voz.

—¡Cuelgue!

—...n o tiene perdón, el niño naci...

La voz se cortó de golpe. Tomás entendió que era una llamada y que habían colgado. Entró en el salón y vio a una mujer sentada en el sofá, llorando. Las camelias rosas estaban tiradas en el suelo. Maria Flor dejó el teléfono sobre la mesa y abrazó a la mujer para reconfortarla.

—Maite, no se preocupe, aquí está segura —murmuró suavemente—. Se lo he dicho muchas veces: si recibe estas llamadas, cuelgue de inmediato. No permita que la molesten.

La mujer asintió, aunque seguía llorando.

—Dios mío, ¿cuándo se va a terminar esto? —gimió la desconocida—. ¿Cuándo me dejarán en paz?

Por su acento, Tomás adivinó que era brasileña. Estaba seguro de que se trataba de un caso de violencia doméstica: marido violento, mujer abusada, hijos maltratados, huida, persecución, amenazas. Una pesadilla demasiado común, aunque no siempre apareciera en las noticias.

—Aquí está segura —repitió Maria Flor—. Estamos en Lisboa, no puede pasarle nada. Tranquila.

Tomás comprendió la frialdad de su mujer al abrirle la puerta: no era porque no quisiera verlo —aunque no descartaba esa posibilidad—, sino porque tenía entre manos un asunto delicado. Y, dadas las circunstancias, le pareció que sobraba.

Miró a Maria Flor e hizo un gesto hacia la puerta de entrada.

—Quizás sea mejor que vuelva en otro momento...

—No, quédate.

Maite, la brasileña, se limpió las lágrimas; todavía sollozaba, pero parecía más tranquila.

La portuguesa no la soltaba, ayudándola a recuperar las fuerzas.

—Mamá, mamá.

Una niña de unos diez años entró corriendo en el salón, con un smartphone en la mano.

Maite la miró y, pese al dolor, sonrió.

—¿Qué pasa, mi cielo?

—¡Mira! ¡Mi vídeo está aquí! ¡Qué bien!

En la pantalla aparecía con una amiga, en bañador, jugando en la piscina de un jardín, entre risas y salpicones.

—¡Qué chulo! Estás en YouTube, mi amor. Mamá subió las imágenes con Tatiana. ¿Te gusta?

La niña chillaba de alegría, daba saltitos con el móvil apretado contra el pecho y salió de la habitación rumbo a su cuarto. Maria Flor notó que Tomás se sentía como un intruso, sin saber cómo gestionar la situación, por lo que decidió presentarlos para relajar la tensión.

—Maite vivía en Río de Janeiro, pero ha tenido que huir —explicó, tras las presentaciones—. Amnistía Internacional me pidió que la ayudara. Su trabajo como médica le estaba trayendo muchos problemas.

Tomás frunció el ceño, sorprendido. Pensaba que se trataba de un caso de violencia doméstica, pero la referencia a la profesión de la brasileña cambiaba el escenario.

—Perdone, no quiero ser indiscreto —dijo—. Pero ¿qué problemas pueden obligar a una médica a huir de su país?

Maite suspiró.

—El Zika.

—Ah, el virus. ¿Se marchó para escapar de la epidemia de Zika en Brasil?

Quizás epidemia no era el término más adecuado.

El virus del Zika lo transmitían los mosquitos en zonas tropicales causando, sobre todo, problemas de salud, principalmente neuropatía y mielitis.

Tomás recordaba haber leído noticias sobre el impacto devastador del Zika en Brasil, pero nunca les había prestado demasiada atención.

—No he huido de ninguna epidemia —respondió la brasileña—. He tenido que huir de quienes combaten la epidemia.

—¿Cómo? No entiendo...

Maite buscó a Maria Flor con la mirada, como si le pidiera permiso para hablar. Su protectora asintió.

—No sé qué sabe usted, pero en Brasil, sobre todo en Maceió, empezaron a nacer muchos niños con microcefalia, un problema que reduce el tamaño del cráneo y provoca graves deficiencias neurológicas en los recién nacidos —explicó—.

Me llamaron porque soy infectóloga. Concluimos que era por culpa del Zika.

Como había vacuna, se la recomendé a las mujeres de la región.

Pero fue extraño: la primera dudó, me dijo que las vacunas estaban caducadas.

Le aseguré que eso era absurdo. Luego...

Le sonó el móvil y, acto reflejo, ella pulsó el botón verde.

—¡Puta! —gritó una voz de mujer con acento brasileño, no era el hombre de hacía instantes—. ¿Fue George Soros quien te mandó hacerle eso a mi nene? ¡Me las vas a pagar! ¡Te vamos a matar, bruja asquerosa, te vamos a...!

Con rapidez, Maria Flor se lanzó sobre el teléfono y colgó.

—¡Maite, por favor, se lo he dicho mil veces! —la reprendió—. ¡No puede contestar!

La médica temblaba, con los ojos llorosos.

—Yo... Yo... Es más fuerte que yo.

—Vale, tranquila —la calmó Maria Flor—. Aquí en Lisboa, está a salvo. Pero no coja el teléfono, por favor. Lo único que va a conseguir es ponerse más nerviosa.

—Intentaré controlarme.

Maria Flor se levantó y cogió su móvil.

—Voy a llamar a Estados Unidos, por lo de los vídeos. Cuando consiga conexión, vuelvo para que escuche la conversación. A ver si esta vez funciona.

—Vale.

Tomás entendió que las llamadas hostiles eran frecuentes y de varias personas.

El misterio crecía. Mientras Maria Flor se alejaba con su smartphone para contactar con alguien en Estados Unidos de quien él no sabía nada, para hablar de unos vídeos de los que tampoco había oído hablar, fue a buscar un vaso de agua. Maite se lo bebió de un trago.

Tomás se sentó en el sofá.

—Estaba contando lo que ocurrió en Maceió —le recordó cuando vio que se recomponía—. La historia de esa mujer que decía que las vacunas contra el Zika estaban caducadas.

—Sí. Al principio no le di importancia —retomó Maite—.

Pero luego, al seguir, otras mujeres me interrumpieron.

Me acusaron de trabajar para Bill Gates, Oxitec y el movimiento eugenésico.

Decían que las vacunas causarían malformaciones para impedir que las latinoamericanas se reprodujeran y así eliminar a las razas inferiores.

Como yo soy blanca y les recomendaba vacunarse, pensaron que formaba parte de esa conspiración nazi.

Creían que si me hacían caso, sus hijos nacerían con microcefalia.

—¿Bill Gates y el movimiento eugenésico? —preguntó Tomás—. En la última llamada han mencionado a George Soros...

—Sí. En cada reunión me encontraba con una excusa distinta.

Unas decían que era un complot de Soros y los judíos para debilitar a los cristianos y traer extranjeros blancos para dominar el mundo.

Otras culpaban a la Fundación Rockefeller, a los capitalistas y a las grandes farmacéuticas de querer provocar malformaciones para luego presentarse como salvadores y enriquecerse a costa del sufrimiento brasileño.

Otras más decían que era Monsanto, también para lucrarse.

Algunas incluso culpaban a la Organización Mundial de la Salud, infiltrada por intereses financieros.

Cada estupidez... Ni se imagina las barbaridades que oí.

—Por lo visto, esa gente tiene mucha imaginación.

—No es imaginación —le corrigió la médica—. Esas mujeres solo repetían lo que alguien les había contado.

Eso era nuevo.

—¿Quién?

—Empecé a preguntar y lo entendí. ¿Sabe de dónde sacaban todas esas tonterías?

—¿De sus amigas?

Maite señaló su smartphone , que usaba como teléfono y ordenador.

—Del móvil.