El protocolo del caos VIII
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VIII

Leroy Roderick maniobraba los tubos que había junto al tanque principal.

Eran peligrosos, requería experiencia y, sobre todo, cuidado.

Pero él llevaba años trabajando en la unidad petroquímica, por lo que los conocía a la perfección.

No tenían secretos para él. Se sentía orgulloso de su ética profesional: era dedicado, meticuloso y precavido.

En el trabajo había encontrado su propósito en la vida y se sentía útil cumpliendo con lo que consideraba un papel importante para la sociedad.

El trabajo lo dignificaba y le hacía estar orgulloso.

Se sentía más hombre porque contribuía, tanto en beneficio de su familia como de su comunidad y de su nación.

No comprendía a quienes vivían de las ayudas, que siempre se estaban quejando, reclamaban subsidios al Estado y convertían esa dependencia en un derecho.

Mucho menos entendía al propio Estado, que repartía el dinero de los impuestos —el dinero de gente como él, que se levantaba cada día para trabajar— entre vagos y pedigüeños que no estaban dispuestos a dar un palo al agua.

Claro que no se refería a los enfermos ni a quienes padecían limitaciones.

Era cristiano y se compadecía de esas personas.

Él hablaba de los otros, los sanos, los que tenían dos brazos y dos piernas para trabajar.

¿No deberían esforzarse en ser útiles y aportar algo al bien común en lugar de vivir a costa del esfuerzo ajeno?

Se sacudió esos pensamientos y volvió a concentrarse en su tarea.

Sabía perfectamente lo que tenía que hacer y cuándo hacerlo.

En ese momento manipulaba los tubos que transportaban dicloroetileno —un hidrocarburo líquido, tóxico y probablemente cancerígeno— hacia el tanque principal.

Pero nada lo intimidaba: ejecutaba su trabajo como siempre, con cuidado y dedicación.

Si las cosas se hacían bien, no había nada que temer.

Lo que de verdad lo angustiaba era Betty.

El último ataque de tos había sido tan fuerte que tuvo que pasar la noche en el hospital.

Le dieron el alta al día siguiente, pero el médico confirmó lo que él ya temía: el cáncer se había extendido.

Le recomendaron reposo y Leroy no sabía cuánto tiempo le quedaba a Betty, pero intuía que pronto la perdería, como había perdido a sus padres y a tantos vecinos consumidos por esa misma enfermedad que daba nombre al tramo más maldito del Misisipi: la «Alameda del Cáncer».

Apretó los dientes, decidido a no flaquear.

Era cajún, y los cajunes, como siempre decía, aguantaban.

La sirena de alarma de la unidad comenzó a sonar y todos se detuvieron en sus quehaceres. Estaban acostumbrados a los simulacros de seguridad, pero esta vez no había habido ningún aviso previo. Leroy miró a un compañero que también trabajaba en el tanque principal.

—¿Es un simulacro?

—Probablemente.

—¿Lo han anunciado?

—A mí no me han dicho nada.

Era raro. Salieron a ver qué pasaba. Algunos trabajadores corrían, sabían a dónde tenían que ir, pero otros parecían desorientados. Algo pasaba.

—¡Fuera! ¡Salid ya!

Era el señor Dean, gerente de la unidad. Estaba agitado, sudoroso.

—¿Qué ha pasado?

—Hay una fuga y el cloro está expuesto a temperaturas altísimas. Hay gas por todas partes. ¡Los que no tengáis equipo salid inmediatamente!

—Yo puedo ayudar —se ofreció Leroy—. Dame un equipo y sello los tubos.

—¡No hay más equipos de protección! Ya hay personal encargándose de la reparación. ¡Sal de inmediato!

En teoría, debía haber trajes para todos. En la práctica no. Muchos trabajaban sin ellos porque no había suficientes. Leroy cerró la válvula de seguridad del tubo que manejaba, siguió el protocolo y se apresuró a evacuar.

En la salida se cruzó con un compañero del área de almacenaje del cloro.

—¿Tú también sales?

—No tengo equipo.

—Entonces, ¿quién se queda?

—Quince hombres. Los únicos con protección.

—¿Y crees que...?

Una explosión interrumpió su frase y el estruendo los lanzó al suelo. Leroy, aturdido, volvió la cabeza y vio una bola de fuego que se elevaba sobre la sección del cloro.

—¡Corre!

Se levantaron y huyeron. Las explosiones se sucedían en cadena, propagándose por otras áreas de la planta.

A una distancia segura, Leroy se detuvo junto a otros funcionarios.

—¿Y nuestros hombres?

—Siguen dentro.

—¡Tenemos que ir a buscarlos!

—¿Estás loco? ¡No podemos!

—¡Van a morir ahí dentro!

Intentó volver, pero un compañero lo detuvo.

—¡Es imposible! No hay forma de entrar sin que mueras tú también. No tienes mascarilla, ni equipo, ni nada. ¿Quieres dejar viuda a tu mujer y huérfanos a tus hijos? ¡Quédate aquí!

Leroy sabía que tenía razón. Betty ya estaba muy mal. Cuando ella partiera, ¿quién cuidaría de sus hijos si no lo hacía él? Era lo único que les quedaría. Se quedó junto a la entrada, entre los trabajadores que habían logrado salir, contemplando el desastre.

—¿Cuántos había dentro?

—Quince.

Las sirenas de la planta se mezclaban ahora con otras: llegaron bomberos, policía, ambulancias...; incluso helicópteros de televisión. Los bomberos desplegaron mangueras y comenzaron a rociar la zona con potentes chorros de agua. De pronto, entre las llamas, surgieron figuras tambaleantes.

—¡Están vivos! ¡Están saliendo! —gritó alguien.

Las siluetas eran hombres con uniforme y mascarillas: los que se habían quedado intentando contener la fuga y que, a trompicones, lograban salir del infierno.

Algunos tenían el equipo hecho jirones, pero estaban vivos y eso era lo único que importaba.

El personal médico los atendió de inmediato y las ambulancias partieron hacia Baton Rouge, a los hospitales mejor preparados.

—¿Cuántos han salido?

—He contado ocho.

—Son diez.

Los médicos confirmaron que eran diez. Lo que significaba que cinco hombres seguían desaparecidos. Esperaron a que los bomberos apagaran las llamas, con la esperanza de que también emergieran. Pero no ocurrió.

—¡Leroy! —lo llamó el señor Dean. Se acercó con un traje de protección que acababa de dejar uno de los supervivientes—. Póntelo. Necesitamos ayuda para la búsqueda.

A él ni se le pasó por la cabeza negarse.

Se enfundó el equipo, se ajustó la máscara y, cuando tuvo luz verde de los bomberos, se adentró con otros tres compañeros en la zona siniestrada.

El calor era insoportable, y con cada paso aumentaba la temperatura.

¿Cuarenta grados? ¿Cincuenta? Imposible saberlo.

La devastación era total. Los gases flotaban en el aire, el fuego devoraba escombros y lo único que se oía era el rugido de las llamas.

Por gestos, uno de los compañeros señaló un rincón: había un cuerpo.

Leroy vio que le faltaba la parte inferior; estaba partido por la cintura, las entrañas desparramadas por el suelo.

Reprimió el asco y, coordinándose con otro, recogió lo que quedaba del cadáver.

Vio a sus compañeros sacar otro cuerpo, pero no encontraron ninguno más.

Tras una hora de búsqueda, regresaron a la zona de primeros auxilios.

—No vamos a encontrar nada —dijo uno, exhausto—. El ácido descompone los cuerpos.

A pesar del despliegue, las explosiones habían dañado solo una parte de la planta. La zona del tanque de dicloroetileno parecía intacta. Como Leroy aún llevaba el equipo puesto, su jefe se le acercó.

—Necesito que alguien vacíe el tanque. No quiero más problemas. No podemos arriesgarnos a otra explosión. ¿Puedes ir?

Leroy no lo dudó. Se ajustó de nuevo la máscara y volvió a la sección en la que trabajaba antes del desastre.

El tanque estaba como lo había dejado, incluso el aire parecía limpio.

Giró válvulas, activó la extracción y lo vació.

Después fue a comprobar los monitores. La máscara se le había empañado y no lograba ver las agujas de los indicadores.

Miró alrededor: no había señales de gases.

Con cautela, se la quitó y aspiró una bocanada.

No olía a nada. Aun así, mantuvo el respirador en la boca por precaución.

Con tranquilidad, inspeccionó la tubería.

No había gas dentro. Perfecto. Se inclinó hacia otro tubo, por el que pasaban hidrocarburos clorados.

Justo en ese momento, una nube de vapor caliente con olor a almendras salió disparada y lo cubrió.

—¡Arg!

Quedó empapado. Se alarmó. Se ajustó la máscara y salió corriendo. Llegó hasta los bomberos con los ojos muy abiertos, intentando no entrar en pánico.

—¡Estoy contaminado!

El señor Dean señaló una tienda de campaña.

—¡Ducha de descontaminación!

Lo llevaron de inmediato. La piel le ardía como si estuviera quemada, pero respiraba bien porque no se había quitado el respirador de la boca. Tal vez había sido su salvación. O tal vez no.

El agua de la ducha cayó sobre su cuerpo con la violencia de ochenta litros por minuto.

—¡Quítate el equipo, todo, rápido!

Obedeció. Gran parte de la tela se había disuelto. De los calzoncillos solo quedaba la goma; las botas estaban corroídas y los calcetines, deshechos. Se arrancó lo poco que quedaba.

—¡Frótate la piel!

Bajo la presión del agua, se restregó con desesperación. La piel le ardía, enrojecida, pero siguió frotando, frotando, frotando, hasta casi arrancársela.

—¡Los ojos! ¡Lávalos bien!

No sabía quién le gritaba, solo oía una voz bajo la ducha. Obedeció. Se echó agua en los ojos una y otra vez. Tras quince minutos salió de la ducha tiritando. La piel le quemaba, sobre todo en las ingles, las axilas y la hendidura de las nalgas. Pero estaba vivo.

Por ahora.