VII
La unidad de desactivación de explosivos de la policía de Riazán no tardó en llegar.
Los dos policías que habían detectado la bomba en el bajo ya habían evacuado el edificio de la calle Novoselov por completo.
Los vecinos, algunos en pijama, aguardaban en el exterior, al relente, asustados, mientras la unidad terminaba su trabajo.
Habían acordonado el edificio con vallas y cintas de seguridad, y un equipo de bomberos estaba listo para actuar en caso de que los procedimientos técnicos en el sótano salieran mal y sucediera lo peor.
Tras unos veinte minutos, el capitán Iuri Sokolov, jefe de la unidad de artificieros, salió del sótano y, a pesar del frío, se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano. Se dirigió a la multitud, que lo observaba con ansiedad.
—Ya pueden volver a sus casas —anunció—. Hemos desactivado el aparato.
—Capitán, ¿era una bomba? —preguntó un vecino—. ¿Es cierto lo que dicen? ¿Había peligro de explosión?
—Pueden volver a sus apartamentos —repitió el capitán Sokolov—. Está todo en orden. El sótano permanecerá aislado para proceder a las investigaciones. Está terminantemente prohibido ir allí, ¿me oyen? Por lo demás, la policía emitirá un comunicado cuando lo considere oportuno.
El jefe de la unidad no había respondido directamente a la pregunta, pero, de algún modo, sus palabras sirvieron para tranquilizar a los vecinos.
Retiraron las vallas y los cordones de seguridad, salvo los que custodiaban la entrada al sótano, y los residentes se apresuraron a volver a sus pisos.
Nadie quería permanecer más tiempo a la intemperie: algunos deseaban continuar con sus cenas, otros volver al sofá y a la televisión, y unas cuantas parejas a sus camas, ya fuera para dormir o a reanudar esa actividad que había sido bruscamente interrumpida.
El teniente Dimitri Chernishev se acercó al capitán Sokolov y lo saludó con un gesto.
—Mi capitán, ¿se confirma?
—Sí, teniente —respondió el jefe de los artificieros—. No hay duda. Eran un detonador y un reloj. Su intervención ha sido muy oportuna.
—Pero ¿dónde estaba el explosivo?
—Hemos analizado el polvo de los sacos y los resultados son concluyentes. Se trataba de una mezcla homogénea de nitrocelulosa. Es decir, el propio polvo de los sacos era el explosivo.
—Una bomba.
—Casera —precisó el capitán Sokolov—. Colocada junto al pilar estructural para hacer más daño. Al destruirlo, y esa cantidad de explosivo tenía fuerza suficiente para hacerlo, todo el edificio se habría venido abajo como un castillo de naipes.
Dimitri se estremeció.
—Y todo el mundo dentro...
—Exactamente como en Buynaksk, en Moscú y en Volgodonsk —masculló el oficial—. ¡Malditos cabrones chechenos!
No había tiempo que perder. De inmediato, Dimitri cogió el teléfono y llamó a su superior. El capitán Volkov tardó unos segundos en responder, y su tono delataba que no le había gustado que lo molestaran a esas horas. Sin embargo, tras las explicaciones, su voz cambió de inmediato.
—Voy ahora mismo —dijo—. Lo primero que hay que hacer es informar al gobernador y también a Moscú. Toda la policía debe salir a la calle y bloquear las carreteras. ¿Tenemos algo para identificar a los sospechosos?
—Enviaré agentes a preguntar a los vecinos de puerta en puerta. Puede que alguien más haya visto a los terroristas —respondió Dimitri—. Pediré a nuestros dibujantes que hablen con los testigos y preparen retratos robot. Hemos tenido suerte: el hombre que dio la alerta apuntó la matrícula del coche.
—¿En serio?
—Le paso enseguida esa información para localizar al propietario.
—Comunique la matrícula a nuestros puestos de control. ¡Tenemos que atrapar a esos malditos chechenos antes de que se esfumen!
Tras colgar, Dimitri se puso a organizar las diligencias.
En cuestión de minutos, la ciudad entró en ebullición.
Más de mil agentes de Riazán se desplegaron por las arterias principales y bloquearon las vías de acceso con retenes armados hasta los dientes.
El gobernador decretó el estado de emergencia y, con la autorización del Ministerio de Defensa, pidió al ejército que patrullara las calles y montara dispositivos de seguridad en todas las zonas residenciales.
Informaron al director regional del FSB de la amenaza chechena y él se implicó de lleno en la operación.
También pidieron la colaboración ciudadana.
En pocas horas se formaron milicias de vecinos armados con escopetas de caza y se organizaron turnos de guardia en barrios y edificios.
Tenían que encontrar a los terroristas lo antes posible.
Por ello, el gobernador ordenó registros en todos los pisos de Riazán.
Costara lo que costara, atraparían a esos hombres.
La caza estaba montada.