VI
—Buenos días, doña Ermelinda —la saludó—. Necesito algo especial.
—¿Cuál es la ocasión?
—¿Las flores cambian según la ocasión?
—¡Anda, claro! Hay flores para todo: bodas, funerales y para meter mano también, si se tercia.
Tomás se ruborizó.
—No, no es eso, doña Ermelinda. Es... algo serio. Una reconciliación.
—¡Pues haber empezado por ahí, hombre! La gente da más rodeos que una vaca sin cencerro. ¡Hay que decir las cosas sin miedo, leches!
Él miró las flores atentamente, sin decidirse.
—Es una reconciliación. ¿Qué me recomienda? ¿Un clavel amarillo?
—¡Virgen santa! Eso no se le ocurre ni al demonio. El clavel amarillo es para mandar a alguien a paseo, hombre. ¿Usted quiere reconciliarse o cabrearla más?
—No, claro que no, doña Ermelinda. Entonces..., ¿qué me sugiere?
Siendo historiador, Tomás sabía que el lenguaje de las flores existía desde tiempos inmemoriales.
De Asia a África, pasando por Europa, múltiples culturas habían atribuido significados a las distintas especies y se comunicaban a través de ellas.
Lo hacían los chinos, los egipcios, los ingleses... ¿Por qué no iba a hacerlo él?
La florista se inclinó, rebuscó entre las flores y alzó una.
—Una camelia.
—¿Camelia? ¿No era la flor de las cortesanas?
Tomás lo había leído en la novela de Alejandro Dumas La dama de las camelias .
—¡Ay, qué fino! En mi tierra, a las cortesanas las llamamos putas, a secas. Y las camelias de las putas son rojas, bien rojas. Mi hombre decía siempre: «Para las cortesanas, lo mejor es... ¡un buen cortesano!».
—Vale, vale...
Doña Ermelinda le señaló una de color rosa.
—Mire, esta camelia es distinta. Confíe en mí. Resulta. ¡Ay, sí resulta, leche!
El cliente miró la flor, sorprendido.
—¿La camelia rosa?
—Significa morriña —le aclaró la vendedora—. ¿No me diga que no lo sabía? Mire, esta camelia quiere decir que no se quita a la moza de la cabeza y que está deseando arrimarse otra vez. Adiós a los morros... ¡y todos tan contentos!
Trato hecho. Tomás se marchó con su ramo de camelias rosas. No sabía si surtirían efecto en Maria Flor, pero al menos tenía que intentarlo.
Al llegar a la dirección que su mujer le había enviado por mensaje la víspera, Tomás se atusó el pelo, arregló las camelias y tocó el timbre. Unos segundos después, la puerta se abrió y apareció Maria Flor.
—Ah, eres tú —dijo, como si la visita le resultara inoportuna—. Se me había olvidado que venías... Menudo rollo.
¿Rollo? ¿Se le había olvidado que habían quedado?
No pintaba bien. Desde que hablaron, él no había pensado en otra cosa; estaba ansioso, tanto que incluso le había costado dormir.
Había ensayado mil veces lo que le diría, lo que haría cuando estuvieran juntos.
Al parecer, ella no le había dedicado ni un segundo de sus pensamientos.
—¿Te pillo en un mal momento? —preguntó, esforzándose por disimular su decepción—. Si quieres, vuelvo más tarde...
—Entra, entra.
Lo dijo con desgana, echándose a un lado para dejarla pasar. Las señales no parecían favorables, pero Tomás no era de los que se rinden fácilmente.
—Te he traído esto. —Sonrió, entró en el vestíbulo y le tendió el ramo que había comprado en el puesto de doña Ermelinda—. Camelias rosas.
Esperaba que al menos le preguntara si esa era la famosa sorpresa que le había prometido por teléfono. Pero Maria Flor cogió las flores con expresión ausente, sin entusiasmo, casi sin mirarlas.
—Gracias.
—Deberías echar un vistazo al significado de las camelias rosas —sugirió él, deseando captar su atención—. No las he elegido al azar. Espero que te gusten.
—Claro, claro.
Entonces oyó una voz masculina con acento brasileño en el interior del piso. Tomás se quedó helado al escuchar la agresividad escalofriante del tono de voz:
—¡Hija de la gran puta! Te voy a matar y a cortar en pedazos como...