V
—Sally —la llamó su padre—. ¿Qué ha pasado?
Del otro lado solo se escuchaba el sonido apagado del llanto; probablemente, su hija lloraba con la cabeza hundida en la almohada.
—Sally, cariño, habla con nosotros —le pidió su madre—. ¿Qué pasa? ¿Te han hecho algo?
Su única respuesta fue más llanto.
—¡Abre la puerta!
—¿Sally?
Como seguía sin responder, Leroy empezó a barajar medidas más drásticas.
—A lo mejor deberíamos tirar la puerta abajo, no vaya a ser que...
—No va a hacer nada. Saldrá cuando esté lista.
—¿Cómo lo sabes?
—Soy su madre. Lo sé.
Volvieron al salón, a sus lugares habituales.
El televisor, permanentemente sintonizado en Fox News, retransmitía las declaraciones del senador republicano Jim Inhofe, quien sostenía que el debate sobre el cambio climático no era sobre el clima, sino sobre controlar la población a través del miedo.
En circunstancias normales, los Roderick habrían aplaudido esas palabras con entusiasmo.
Todos en Luisiana sabían —o creían saber— que las alteraciones climáticas no eran sino una invención de las élites progresistas para atacar la industria petrolera, aumentar el desempleo y sumir al Sur en la pobreza, facilitando así su control desde el Norte.
Pero en ese momento, en lo único que podían pensar era en el estado en que su hija había regresado a casa.
Pocos minutos después, oyeron la puerta de la habitación. Sally apareció en el salón y se sentó en el sofá, cabizbaja. Estaba muy delgada, casi cadavérica, con ojeras marcadas. Pero lo que más llamaba la atención era la tristeza profunda que empañaba su rostro.
—Cariño —empezó su madre con voz suave—. ¿Qué pasa?
Sally rompió a llorar en silencio, con la cabeza baja y las lágrimas surcando su rostro pálido.
—Cuéntamelo, hija. Dile a mamá qué ha pasado...
Ella levantó la cabeza, parecía desesperada.
—Estoy... Estoy horrible. —Seguía llorando.
—¿Por qué dices eso, hija? Eres preciosa.
Sally negó con la cabeza, inconsolable.
—Estoy gorda.
Sus padres abrieron los ojos, sorprendidos.
Desde hacía algún tiempo comentaban lo extremadamente delgada que estaba y lo poco que comía.
Solía evitar las comidas alegando tareas escolares urgentes, y había días en que solo la veían mordisquear una galleta salada.
Y ahora, entre sollozos, les decía que estaba... ¿gorda?
—Qué tontería. Estás delgadísima.
—¡Estoy gorda!
—Perdona, pero... ¿tú te has mirado en un espejo? Estás en los huesos. Eso no es sano, ¿me oyes?
—¡Estoy gorda!
—¿Quién te ha dicho eso?
La chica levantó la mano y les mostró su smartphone .
—Mirad esto.
En la pantalla sus padres vieron a una modelo delgada y a la vez curvilínea, con una cintura irreal, el cabello rubio flotando al viento sobre la arena dorada de una playa de agua azul turquesa.
—¿Esa chica te ha dicho eso?
—¡No! —gritó Sally, furiosa—. Miradla... Comparadla conmigo. ¡Mirad su cintura! Yo... estoy horrible. ¡Gorda, fofa! Horrible. Horrible.
Su madre la abrazó con ternura, como hacía desde que nació.
—Qué disparate, hija mía.
A sus padres les parecía surrealista que a Sally le preocupara más su imagen que el enfisema pulmonar que le habían diagnosticado.
No obstante, Betty era más comprensiva, quizás por ser mujer.
Leroy, en cambio, no lograba aceptar que estuviera montando ese numerito por algo que para él era superficial.
—Oye, Sally, nosotros somos cajunes —le recordó—. Y los cajunes son fuertes. Los cajunes aguantan. No lloran por ridiculeces, ¿me oyes?
Los cajunes eran estadounidenses de origen francés.
Sus antepasados eran los acadianos, inmigrantes franceses que en el siglo XVII se establecieron en Canadá y luego emigraron a Luisiana, colonia nombrada así en honor a Luis XIV.
Para entender las raíces francófonas del Estado, bastaba con ver los nombres de sus ciudades: Baton Rouge, Lafayette, Ville Platte, Chalmette o Nueva Orleans, con su famoso Mardi Gras.
—¡Tú sí que eres ridículo! —soltó su hija, furiosa. Seguía llorando—. Te crees francés, ¡ni siquiera tenemos un apellido francés!
Era cierto, y Leroy nunca lo había ocultado.
Aunque su familia tenía raíces cajunes, el apellido Roderick no era francés.
Era una versión anglicanizada de Rodrigues, el apellido de su abuelo paterno, un portugués cuyos antepasados habían emigrado de las Azores a Massachusetts y luego a Luisiana, donde se casó con una cajún de apellido LeBlanc y tuvo seis hijos, entre ellos, el padre de Leroy.
—¿Qué tiene de malo el nombre?
—¡No es cajún!
—Es americano. ¿No es suficiente para ti?
—No es normal llamarse Sally Roderick —protestó su hija—. Queda fatal en Instagram. Todo el mundo se burla de mi nombre... y de mis fotos.
El llanto volvió a apoderarse de la adolescente.
—¡Te voy a decir dónde me meto yo el Instagram ese! —exclamó su padre, queriendo arrojar el teléfono por la ventana—. ¿Desde cuándo Instagram dicta las normas en esta casa?
Estaban enzarzados, pero a Betty le entró un violento ataque de tos y los dos se callaron de golpe. Una tos cavernosa, profunda, de las peores que habían presenciado. Tosió tanto que cayó al suelo, que quedó teñido de gotas rojas.
Sangre.
Los dos enmudecieron. Betty acababa de toser sangre. ¿De qué servía discutir si la madre de Sally, la esposa de Leroy, se estaba muriendo de cáncer?