El protocolo del caos IV
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IV

Aunque todavía era septiembre, la noche rusa era fría.

El teniente Dimitri Chernishev lamentó no haber llevado un abrigo más grueso, quizá uno de esos shubas típicos de Siberia.

Además, tenía hambre. Durante toda la tarde había estado tan absorto en su trabajo frente al ordenador que se le había olvidado comer; unos blinis calentitos no le habrían venido nada mal.

Dadas las circunstancias, lo último que le apetecía en ese momento era perder el tiempo con un cuento chino nacido en la mente paranoica de un exaltado sobre presuntos «incidentes sospechosos».

Se mordió el labio inferior, reprimiendo su impaciencia.

No podía comportarse así, se dijo. Era su profesión y, de vez en cuando, tenía que soportar payasadas como aquella.

Formaba parte del trabajo. Resignado, el agente de la comisaría de Dashkovo-Pesochnya observó el edificio que tenía delante, igual a tantos otros en Riazán; en realidad, en toda Rusia.

Tenía doce pisos y parecía una caja de cerillas gigante; feo como todos los inmuebles de la época soviética.

Sin gracia y, además, mal construido. Era habitual que en este tipo de construcciones las paredes presentaran grietas por todas partes, signo evidente de materiales de baja calidad.

La nota discordante era la mercería del bajo, abierta las veinticuatro horas del día, con enormes luces de neón resplandecientes a lo largo de la fachada.

Era el único toque de color —y de capitalismo— en medio del paisaje soviético.

Hizo lo posible por disimular el enfado que le provocaba tener que estar allí perdiendo el tiempo con un caso que, a todas luces, no llevaría a ninguna parte.

Dimitri giró la cabeza hacia el hombre que lo acompañaba: el denunciante.

Era un sexagenario, con barriga prominente, escaso pelo, ropa gastada y de aspecto barato, lo que revelaba las eternas dificultades que, desde tiempos inmemoriales, parecían formar parte de la vida en Rusia.

—¿Y bien, señor Tankov? —se dirigió a él—. Dígame dónde está el famoso sótano.

El hombre señaló una zona oscura junto a la puerta de entrada.

—Ahí, señor agente —le indicó—. Por ahí entraron con los sacos. Lo vi todo desde la ventana de mi habitación.

Dimitri hizo un gesto a su subordinado Andrei y los dos policías se dirigieron con el denunciante hacia la zona sombría.

Se encontraron dos peldaños medio rotos que bajaban hacia una puerta lateral.

Como buen anfitrión, Tankov la abrió y encendió la luz: una bombilla amarillenta iluminó una escalera descendente.

Bajaron y entraron en un espacio oscuro que olía a humedad.

El denunciante pulsó otro interruptor y se encendió una bombilla colgada del techo mohoso que iluminó tenuemente el lugar.

Los dos policías recorrieron el sótano con la mirada.

Había cajas por todas partes, un pequeño generador, tres bidones de gasolina y algunas herramientas agrícolas: palas, azadones, picos.

También había material de limpieza, dos escobas gastadas y algunas botellas de detergente y lejía.

Una bicicleta oxidada yacía en el suelo.

En el centro, apoyados contra un pilar estructural, había tres sacos con un logotipo impreso: «Refinería de Azúcar Circasia».

—¿Son esos sacos?

—Sí, señor agente. Los tres del coche los trajeron hasta aquí y se marcharon.

Dimitri se encogió de hombros.

—Solo son sacos de azúcar.

—Si es solo eso, ¿por qué tres personas que no tienen nada que ver con este edificio vinieron desde Moscú, en mitad de la noche, a dejarlos aquí y luego se fueron? —preguntó Tankov—. ¿Le parece lógico?

Tenía parte de razón. Seguramente habría una explicación. Pero ya que estaban allí, Dimitri decidió aclararlo. Ambos agentes se acercaron a los sacos. El teniente encendió su linterna y se arrodilló para examinarlos.

—Lo más probable es que, dado que son de azúcar, contengan azúcar. Pero no cuesta nada comprobarlo, ¿verdad?

El problema era que estaban sellados. Andrei cogió uno y lo levantó para calcular su peso.

—Pesa unos cincuenta kilos, mi teniente.

Dimitri se frotó la barbilla, pensativo.

Para confirmar el contenido tendría que abrirlos.

Antes inspeccionó con cuidado el primero, que estaba completamente sellado.

El segundo igual. Al llegar al tercero detectó una pequeña raja lateral.

Apuntó con la linterna y comprobó que el contenido era un polvo blanco muy fino, casi como talco.

El azúcar, aunque también es blanco, no suele ser tan fino.

—Oh, oh.

¿Sería droga? Metió el dedo por la abertura y extrajo un poco. El polvo blanco estaba formado por granos minúsculos, más pequeños que los del azúcar. Lo olió.

—¿Es hachís, mi teniente?

El teniente negó con la cabeza. El olor era distinto. No era azúcar, pero tampoco hachís ni ninguna otra droga que hubiera olido antes.

—Tenemos que ver esto mejor.

Tras analizar con más cuidado la raja del saco con la linterna, Dimitri se dio cuenta de que había un objeto en el polvo blanco.

Metió la mano, la hundió hasta tocar algo sólido, lo agarró con cuidado y lo extrajo: un cable negro quedó sobresaliendo del saco.

Observó el objeto intentando entender qué era.

—¿Qué es, mi teniente?

Dimitri lo examinó con atención. No quería equivocarse. Lo que vio lo inquietó profundamente.

—Una batería.

El sótano quedó en silencio.

—Esto me huele mal —murmuró Tankov, moviéndose nervioso—. ¿Para qué iban a meter una batería en un saco de azúcar? No creo que sea para hacer caramelos. ¿Y ese cable negro? ¿A dónde está conectado?

Preguntas pertinentes: ¿qué hacía una batería ahí y a dónde conducía el cable?

La situación empezaba a ser alarmante. Totalmente concentrado, Dimitri volvió a meter la mano por la abertura y siguió el cable.

Extrajo otras dos baterías similares, todas con cables y conectadas entre sí.

Las observó con detenimiento. Tres baterías. En un saco lleno de polvo blanco.

¿Era lo que temía?

Volvió a meter la mano y siguió el cable negro. Enseguida tocó otro objeto sólido. ¿Otra batería? Lo extrajo con cuidado. No, no era una batería. Era una caja con una pantalla digital que mostraba una cuenta atrás.

07:19:12 07:19:11 07:19:10

Los tres hombres se miraron, aterrados.

—¿Un reloj?

El teniente consultó su reloj de pulsera e hizo el cálculo mental. Si eran las diez y once de la noche y el contador marcaba siete horas y diecinueve minutos, significaba que el reloj llegaría a cero a las...

—Cinco y media de la mañana —murmuró Dimitri—. La cuenta termina a las cinco y media.

Con las manos temblorosas, deseando con todas sus fuerzas que no fuera lo que parecía, volvió a introducir la mano en el saco y siguió explorando. No tardó en tocar otro objeto sólido. Lo extrajo con sumo cuidado.

—Teniente, ¿qué es eso?

—Llama a la unidad de desactivación de explosivos.

—Sí, pero ¿qué...?

—¡Ya! —rugió—. ¡Ahora mismo!

Su subordinado se levantó de un salto y salió del sótano corriendo para hacer la llamada. Por su parte, Dimitri posó el objeto con sumo cuidado y se incorporó lentamente, temiendo que cualquier movimiento brusco pudiera desencadenar una catástrofe.

Tankov estaba empapado en sudor. Tenía los ojos como platos, paralizado por el miedo.

—Vi mucho material así durante el servicio militar —dijo, señalando el objeto—. Donde hay detonadores, hay problemas.

Sin perder más tiempo, el teniente agarró al denunciante del brazo y ambos subieron apresuradamente por la escalera. Tenían que salir de allí. Y deprisa.

Una vez fuera, Dimitri señaló el edificio.

—¿Cuántos pisos hay aquí?

—Seguramente, más de sesenta.

Un hormiguero de personas. Todas durmiendo a las cinco y media de la mañana. El teniente se acercó al panel metálico junto a la puerta, donde estaban los timbres de los apartamentos, y contempló decenas de botones alineados.

—Tenemos que evacuar el edificio.

Y empezó a pulsar los timbres, uno a uno, para alertar a los vecinos y pedirles que abandonaran sus casas de inmediato.