El protocolo del caos III
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III

Tomás Noronha estaba cerca de la Biblioteca Nacional, donde esperaba concluir la investigación sobre las estelas sumerias en la que llevaba trabajando toda la semana, cuando de repente se dio una palmada en la frente. Se había dejado en casa algo indispensable para su trabajo.

—Mierda —protestó—. ¡Los apuntes!

¿Cómo era posible que se le hubieran olvidado?

Tenía la cabeza en las nubes y no lograba apartar de su mente a Maria Flor.

El hecho de que su mujer lo hubiera dejado lo atormentaba día y noche.

Era su mayor preocupación, una auténtica obsesión que incluso le impedía desempeñar con precisión su trabajo de historiador.

Intentaba concentrarse en las investigaciones, pero inevitablemente su mente regresaba a ella, una y otra vez, y terminaba cometiendo errores tan estúpidos como aquel.

Barajó la posibilidad de seguir con su rutina y acudir a la Biblioteca Nacional, aunque no llevara consigo el cuaderno reservado para las notas sobre las estelas sumerias.

Pero enseguida se dio cuenta de que le hacían falta las anotaciones de los días anteriores para poder seguir.

Frustrado y resignado, dio media vuelta y emprendió el camino de regreso a casa.

Echó cuentas: veinte minutos de ida, otros veinte de vuelta, cinco más para subir al piso y coger el cuaderno.

En total, unos cuarenta y cinco minutos perdidos.

Irritante, sin duda. Pero tendría que asumirlo.

Al llegar a su barrio, recordó que a esa hora probablemente ya no quedarían plazas libres en su calle, así que optó por aparcar en una pequeña plaza discreta detrás del edificio.

Bajó y recorrió un camino estrecho que daba a las fachadas traseras de las casas.

Entró por la puerta de servicio y subió las escaleras con prisa, saltando los peldaños de dos en dos.

Con agilidad metió la llave en la cerradura, abrió la puerta y, tras dar apenas dos pasos, se detuvo en seco, estupefacto.

En su piso había un hombre al que jamás había visto.

—¿Quién eres? —preguntó—. ¿Qué haces aquí?

Preguntas absurdas. El desconocido, un asaltante sorprendido in fraganti, no tardó en reaccionar. Echó a correr hacia la puerta y salió disparado del piso.

—¡Eh! ¡Vuelve aquí!

Tomás lo siguió. Oyó sus pasos por la escalera y corrió hacia allí con intención de alcanzarlo. Pero al girar una esquina, se encontró al ladrón en el rellano, apuntándole a la cabeza con una pistola.

Se detuvo en seco.

Estaba a merced del desconocido, y por un instante temió que le disparara.

Pero el ladrón se limitó a hacerle un gesto para que diera marcha atrás y volviera al interior del piso.

Tomás pensó que con un hombre armado, nervioso, con el dedo en el gatillo, lo mejor era no discutir, por lo que obedeció de inmediato.

Lo único de valor que tenía en casa —y que pudiera caber en los bolsillos del asaltante— eran un par de relojes y unos cien o doscientos euros en efectivo.

Sería muy estúpido arriesgar la vida por tan poco.

Desde la ventana del piso, vio cómo el hombre entraba en un Mercedes negro de alta gama que arrancó a toda velocidad.

Intentó ver la matrícula, pero a esa distancia le fue imposible.

Eran profesionales. Y Tomás había sorprendido al ladrón solo porque había regresado a casa antes de lo previsto y había entrado por la puerta trasera del edificio.

Pensó en llamar a la policía para denunciar el robo, pero ¿qué iba a decir?

¿Que había sorprendido a un asaltante que luego huyó en un coche cuya matrícula no consiguió identificar?

¿De qué serviría? Tendría que ir a comisaría, prestar declaración, responder preguntas.

¿Para qué tanto esfuerzo si no iba a obtener ningún resultado? Sería una pérdida de tiempo.

En lugar de llamar a la policía, cerró con llave y revisó la casa de arriba abajo.

Fue directo a la caja donde guardaba los relojes y comprobó que estaban.

El dinero en billetes que tenía guardado también estaba intacto.

Recorrió todas las habitaciones, abrió cajones, inspeccionó cada rincón.

Todo parecía en su sitio. No faltaba nada.

Tal vez fuera porque había llegado antes de que el ladrón tuviera tiempo de registrar a fondo el piso. Mejor así.

Un poco más tranquilo, aunque seguía con el miedo en el cuerpo, se sentó al ordenador y lo encendió.

En la bandeja de entrada había un correo del curador de la Fundación Gulbenkian, con quien colaboraba, para concertar una reunión a las cinco de la tarde del día siguiente.

El asunto eran las estelas sumerias, cuya autenticidad Tomás tenía que verificar, ya que la fundación estaba interesada en adquirirlas.

Precisamente por eso se había pasado la última semana en la Biblioteca Nacional.

La institución quería avanzar con la compra y para ello necesitaban que él redactara con urgencia el informe técnico.

A continuación, como era habitual, Tomás abrió la página web de Amnistía Internacional.

Maria Flor, conmovida por la guerra en Ucrania, se había sumado a la organización de defensa de los derechos humanos.

Hacía meses, su mujer había salido de su vida y se había mudado a Coímbra.

Visitar esa página era la única forma que tenía de sentirse cerca de ella.

Navegó sin rumbo y, de repente, vio premiada su esperanza.

—Ajá.

Era lo mejor que podía encontrar. La página indicaba que la víspera Maria Flor había llegado a Lisboa para tratar un caso de derechos humanos.

Ahí estaba su oportunidad. Si algo tenía claro era que aquella separación no podía ser definitiva.

No podía. Por supuesto, aceptaba que ella tuviera motivos para sentirse insatisfecha.

Por un lado, él estaba siempre metido en aventuras peligrosas, algo que Maria Flor no toleraba: quería una vida normal, tranquila.

Por otro lado, había algo en él que le impedía tocar su alma de forma profunda.

Fuera cual fuese la causa, la aventura anterior no había terminado bien para ninguno de los dos.

Aun así, Tomás no creía que lo ocurrido en el episodio de La mujer del Dragón Rojo pudiera justificar una ruptura definitiva.

Es más: ni siquiera encontraba razones de peso para que se hubieran separado.

Se negaba a aceptarlo. Quejas sí. Entendía que Maria Flor quisiera tener hijos.

Era natural. También comprendía que no soportara los líos en los que él se metía y que deseara otra vida, más pacífica.

Todo eso era legítimo. Pero... ¿separarse?

Para Tomás, aquella decisión era radical e inexplicable.

Había aprendido que, en la vida, solo la muerte es irreversible; todo lo demás, de un modo u otro, tiene arreglo.

Pensaba que solo hacía falta intentarlo, insistir, creer.

Hasta lograrlo.

Por eso necesitaba una excusa. La conocía bien. Y él era un hombre de recursos y pensamiento rápido. No le costó improvisar una solución. Cogió el móvil, buscó su número y llamó.

Maria Flor respondió al tercer tono.

—Hola, Tomás. —Su voz sonaba dolida, o quizá era solo cansancio—. ¿Pasa algo?

—Tengo algo para ti —le dijo. Hizo como si no supiera que estaba en la ciudad y le preguntó—: ¿Cuándo vienes a Lisboa?

—Bueno..., casualmente llegué ayer y...

—¿Estás aquí?

—Sí, pero ¿por qué? ¿Qué me quieres dar?

—Una cosa. Dime dónde estás y voy.

—¿Qué cosa?

—Es una sorpresa.

—Venga, dímelo —se impacientó Maria Flor—. He venido por un tema de Amnistía Internacional y no tengo tiempo que perder. ¿Qué quieres darme?

—Sorpresa, ya te lo he dicho.

—Oye, sabes perfectamente que lo nuestro se ha acabado. He seguido con mi vida y tú...

—Solo quiero darte algo.

—Ella dudó, tentada.

—Hum, espero que no me estés vendiendo humo solo para que nos veamos...

—¿En serio me crees capaz? Solo serán diez minutitos. Dime dónde estás y voy.

Tomás sabía que a ella le encantaban las sorpresas. Esa palabra bastaba. Aunque intentó resistirse, acabó cediendo. Le dio la dirección y quedaron en verse a las tres de la tarde del día siguiente.

Cuando colgó, Tomás esbozó su primera sonrisa en mucho tiempo.

Hablar con su mujer fue un rayo de luz en las tinieblas en las que se había convertido su vida.

Tener una cita con ella era como ver brillar el sol en todo su esplendor.

Se incorporó, se estiró e inspiró el aire fresco de la mañana.

Se sentía revigorizado. Como si sus problemas se hubieran esfumado de golpe: ni estelas sumerias, ni ladrones en su casa, ni ningún otro asunto pendiente.

En su mente solo estaba ella: Maria Flor.

Se sentía como Alfonso Enríquez, el primer rey de Portugal, frente a los moros atrincherados en su castillo.

La reconquista estaba a punto de empezar.