II
Leroy Roderick no lograba concentrarse. Apoyaba las botas embarradas sobre la balaustrada de la terraza, frente a las aguas revueltas del Misisipi, que se agitaban a unos metros de distancia.
Aunque era cristiano practicante, le fascinaban los misterios de lo profano, los secretos del antiguo Egipto, la cábala y sus respectivos códigos.
Ahora estaba aprendiendo un nuevo sistema de cifrado y trataba de ejercitarlo mentalmente, pero no lo lograba.
La razón, por prosaica que le pueda parecer a alguien interesado en lo místico, era la calidad del aire.
Se acomodó el sombrero de cowboy —un viejo Longford Western de cuero marrón oscuro— para poder observar mejor las corrientes turbulentas.
Las fulminó con la mirada, como si eso pudiera intimidarlas.
El agua lo ignoró. Estaba acostumbrado a los malos olores que con frecuencia emanaban del río junto a Burnside, la localidad en la que vivía, pero aquella tarde de domingo, a primera hora, el hedor era sencillamente insoportable. Imposible concentrarse.
—¿Leroy?
Su mujer lo llamaba desde el interior de la casa de madera donde vivían con sus hijos, justo al lado de una curva del río.
—¿Qué pasa?
—Sal de ahí —le dijo—. Hoy el olor es pésimo.
—Pésimo aquí, pésimo allí.
—No. Cerré todas las ventanas en cuanto empecé a percibirlo. Aquí se está mucho mejor. Anda, entra.
Leroy pensó en quedarse donde estaba. La terraza tenía unas vistas espectaculares y la brisa era agradable, ¿por qué no disfrutarla?
Recordó su juventud, cuando aún podía beber agua fresca y pescar con su padre en ese mismo río.
En aquella época, ese tramo del Misisipi estaba lleno de buenos peces: esturiones, bagres, peces remo, lubinas, carpas, salmonetes.
Incluso saltaban fuera del agua. Bastaba lanzar el anzuelo y ver cómo trepaban por la caña sacudiendo la cola. Qué buenos tiempos aquellos.
Pero en la misma curva del río donde se alzaba la casa que había sido de sus padres —y ahora suya— todo eso había desaparecido.
Los peces habían muerto, envenenados por los mil residuos que las fábricas y los productores agropecuarios arrojaban al agua, al igual que las aves que se alimentaban de ellos.
En esa parte pestilente del río ya no se veían pelícanos, ni gaviotas, garzas o charranes.
Tampoco volvió a escucharse el croar leve de las ranas.
En su lugar se cernía sobre el agua una especie de neblina amenazante, un presagio constante de muerte, un hedor eterno y nauseabundo.
En ese momento el olor era realmente insoportable. Quería aguantar, no dejarse vencer por la podredumbre del Misisipi, pero un minuto después acabó rindiéndose a la evidencia y se puso de pie.
—Fuck, man.
Contrariado y de mal humor, se arrastró hacia su casa.
Su mujer tenía razón: dentro se estaba mucho mejor.
La vio sentada en la alfombra del salón, en posición de loto, terminando sus ejercicios.
A ambos les gustaba el yoga; los equilibraba en ese mundo de locos, pero ella, tal vez por su enfermedad, lo practicaba con mayor frecuencia.
Leroy prefería centrarse en los misterios de las pirámides y en los códigos antiguos.
—¿Qué crees que es ahora? —le preguntó su mujer abriendo los ojos—. ¿Mercurio?
—El mercurio no huele así, Betty —respondió—. Tal vez sea nitrógeno, o nitratos, o fertilizante fosfatado. O algún otro tipo de bacteria, qué sé yo. Huele mal, eso sí.
Se quedaron en silencio. Elizabeth, a quien todos llamaban Betty, tosía ocasionalmente mientras se ejercitaba; era una tos cavernosa que a veces daba miedo.
El año anterior, el médico le había diagnosticado un cáncer de pulmón y tenían que operarla.
La cirugía costaba una fortuna y la aseguradora Medicare no cubría por completo el tratamiento.
Además, a su hija Sally le habían detectado un enfisema pulmonar, y su hijo Charlie sufría ocasionalmente problemas de piel. Una pesadilla para la familia Roderick.
Esa pesadilla formaba parte de otra mayor, cristalizada en las historias de las casas abandonadas de los alrededores: todos los propietarios habían muerto o huido.
Los Lavigne sufrieron todo tipo de cánceres, los Broussard también, y lo mismo les ocurrió a los Fontenot.
Los Chalnot se asustaron, hicieron las maletas y se marcharon a Baton Rouge.
Los Roderick no se habían ido porque no tenían dinero suficiente.
La única forma de reunir lo necesario era vender la casa, pero ¿quién iba a querer comprarla en un lugar como aquel?
No era casualidad que hubieran bautizado a esa parte del Misisipi como la «Alameda del Cáncer».
En aquella franja de cien kilómetros se concentraban muchas de las principales industrias petroquímicas y de hidrocarburos del país: más de cien, muchas de ellas altamente contaminantes, apiñadas en una zona convertida en una gigantesca cloaca.
El agua ya no era potable, el aire resultaba en ocasiones irrespirable, y la naturaleza estaba muerta o agonizante.
Las enfermedades —sobre todo el cáncer— eran la moneda corriente.
La Alameda del Cáncer.
Betty volvió a toser. Terminó sus ejercicios sobre la esterilla y se dirigió al sofá, donde comenzó a tejer con ganas.
Desde hacía un tiempo se dedicaba a los jerséis, con los que ganaba un dinero extra, libre de impuestos.
Hacía ropa para niños y luego la vendía por internet; se había abierto una cuenta en Facebook y, además de usar la red social para asuntos personales, la empleaba para captar clientas.
Eso ayudaba a cuadrar las cuentas en casa, lo que venía muy bien, dadas las dificultades que atravesaban.
Como no tenía nada mejor que hacer ese domingo de modorra, Leroy se fue a ordenar el garaje.
Por la mañana había ido a misa en la vecina localidad de Gonzales —su pueblo natal y donde aún acudían a la iglesia— y había dejado tareas pendientes.
Cuando terminó, se sentó en su poltrona y observó el gallo de porcelana que había heredado de sus padres y que aún conservaba en la estantería como una reliquia familiar; en aquella pieza vítrea se concentraba la historia de sus antepasados.
El gallo se había convertido en un símbolo tan importante para él que Betty se lo había bordado en la solapa de varias prendas.
Sonó el gong del viejo reloj de pared, otra herencia de sus padres. Miró las agujas y se sorprendió al ver la hora.
—Vaya, las noticias están a punto de empezar.
Cogió el mando y encendió el televisor. A veces le dolía la espalda, pero evitaba ir al médico; nunca se sabía qué nuevas desgracias podían anunciarte esos buitres.
La televisión estaba sintonizada en Fox News, como siempre.
La noticia de apertura hablaba de los planes para construir lo que describían como «la mezquita de los terroristas en la Zona Cero de Nueva York»: un santuario islámico junto al lugar donde los yihadistas de Al-Qaeda habían destruido las Torres Gemelas en los atentados de 2001.
Leroy dio un respingo en su sillón.
—¿Cómo es posible? —gritó, indignado—. ¿Lo has visto, Betty? ¡Se han vuelto locos! Después de lo que nos hicieron, ¡los musulmanes ahora se ríen de nosotros! ¡Y nuestro gobierno se lo permite! ¡Este país está perdido!
El reportaje de Fox News hablaba de las manifestaciones organizadas contra ese proyecto y de las protestas por la «transformación de Nueva York en una nueva Meca».
—¡Una vergüenza!
El siguiente reportaje era sobre un vídeo de un latinoamericano que explicaba en español a inmigrantes ilegales cómo podían usar las leyes estadounidenses para ocupar viviendas.
Según Fox News, el autor se jactaba de que él, su mujer y su hija recibían del Estado ayudas por valor de trescientos cincuenta dólares semanales —mil cuatrocientos al mes— desde que habían entrado ilegalmente en el país.
—¡Es inadmisible! —bramó Leroy, fuera de sí—.
Esta gente entra como quiere, ocupan nuestras casas, se quedan con el dinero de nuestros impuestos...
¡y encima enseñan a otros cómo usar nuestras propias leyes para robarnos más!
—Alzó las manos al cielo—. Dios mío, ¿no hay nadie que ponga fin a esta vergüenza?
¿Cómo es posible que el Gobierno colabore con estos bandidos?
—Es Hussein —comentó Betty, apretando los labios mientras contenía el enfado que le provocaban esas noticias—. Desde que las élites lo pusieron en el poder en Washington, esta gente hace lo que quiere. Y nosotros venga a pagar...
Muchos estadounidenses —especialmente en el sur— llamaban «Hussein» al presidente. Barack Hussein Obama. Destacaban su segundo nombre como si fuera una mancha en un mantel blanco.
—No es solo Hussein, son todos —protestó su marido—.
Demócratas, republicanos... Todos hablan igual, todos repiten las mismas tonterías.
Se llenan la boca diciendo que hay que ser tolerantes, que debemos acoger a estas personas, ¡inclusive a los que luego nos ponen bombas o viven de nuestros impuestos!
Entran y entran y entran. Pero luego ¿quién los mantiene, eh? ¿Quién paga la factura? ¿Ellos?
—Nosotros.
—Nosotros, claro. ¿Quién si no? Nosotros pagamos impuestos, pero no tenemos ni voz ni voto.
Ellos, las élites de Washington, predican virtud mientras se pasean en sus Cadillacs y mandan a sus hijos a Harvard o a Yale.
Si tuvieran que ir en autobús, si sus hijos estudiaran en las escuelas a las que van los hijos de los inmigrantes, como los nuestros, ya me gustaría verlos hablar de virtudes.
Jesus Christ! ¡Las élites van a acabar con este país!
Su mujer asintió.
—Cuando haya elecciones, no piso el colegio electoral.
—Ni yo, ni yo.
El telediario pasó a la siguiente noticia: un reportaje sobre el plan del presidente Obama para regularizar a once millones de inmigrantes que habían entrado de manera irregular en Estados Unidos.
La pareja saltaba en el sillón, cada vez más indignada con cada noticia que Fox News transmitía.
No les dio tiempo a reaccionar a la propuesta de legalización masiva.
Sin previo aviso, la puerta de la calle se abrió con estrépito y una joven despeinada irrumpió en la casa entre gritos.
Era su hija. Venía llorando desconsoladamente.