I
—¿Té?
—Solo un poco, por favor.
—Oh, vaya. No sé. ¿Qué haría?
—Ay, qué malote...
—No sabe cuánto.
—Quizás no fuera el mejor momento para flirtear, pero la conversación estaba cargada de insinuaciones. Aun así, Ekaterina estaba muy afectada por los atentados.
—Ahora en serio: ¿qué cree que hará el presidente?
—¿Yeltsin? Nada. Quizá emborracharse con vodka, como siempre.
—¿Y el nuevo primer ministro?
—Lo mismo. Ya se lo he dicho, esta gente solo quiere su parte de la tarta. Basta ver a los oligarcas. Gobiernan solo para ellos y al pueblo que le den. Lo mismo de siempre.
La auxiliar estaba desconcertada. Los atentados habían sido terribles, habían muerto cientos de personas... ¿y no iban a hacer nada? ¿Cómo era posible?
Al ver que la atención del agente regresaba al ordenador, ella se giró para regresar al samovar, a por más té para los otros policías de la comisaría, pero se detuvo a medio camino y volvió a mirar a Dimitri.
—¿No le parece raro lo que dijo el presidente de la Duma?
El agente, inmerso ya en su mundo digital, pestañeó y volvió al mundo real.
—¿Qué?
—La declaración de Selezniov —insistió la chica—. Interrumpió la sesión de la Duma para anunciar que había recibido la noticia del atentado en Volgodonsk.
—¿Y?
—Selezniov lo dijo tres días antes del atentado.
Dimitri volvió a pestañear.
—¿Cómo?
—¿No lo sabía? Me lo contó mi prima. Tres días antes de la explosión en Volgodonsk, el presidente de la Duma anunció que acababa de producirse un atentado.
Como no había ocurrido nada, nadie le hizo caso.
Pero después de que se produjera, en Volgodonsk a todos les pareció extraño que hablara de un atentado en la ciudad tres días antes de que ocurriera. Raro, ¿no cree?
El agente se sorprendió. No sabía nada.
—¿El presidente de la Duma habló del atentado de Volgodonsk tres días antes de que sucediera? —Movió la cabeza—. No puede ser, querida. Debe de ser un error.
—Teniente, yo misma lo confirmé en el periódico. Selezniov anunció el atentado en Volgodonsk tres días antes. Justo después de la explosión, un diputado en la Duma le preguntó por eso. Lo dice el periódico.
Dimitri se quedó pensativo. Segundos después, esbozó una sonrisa.
—Oiga, lo que seguramente pasó es que el FSB sospechaba que podía haber un ataque en Volgodonsk, y el presidente de la Duma entendió mal la información y creyó que el atentado ya había ocurrido. A veces hay malentendidos.
Ekaterina asintió lentamente.
—Sí, tiene razón —respondió—. Seguramente fue eso. —Agitó la tetera—. ¿Quiere más té, teniente?
—No me llame teniente, parece que estamos en el ejército. ¿Por qué no me llama Dimitri? O mejor, Dima.
Ella sonrió.
—Vale, pero si usted me llama Katia. Ekaterina suena demasiado formal, parece que esté hablando con mi abuela.
—Hum... Hecho. Pero cuando las personas se tratan por su nombre es porque son amigas, ¿o no? ¿Puedo considerarla mi amiga?
—Claro.
—Los amigos a veces salen juntos. Van al cine, toman un café, cenan...
Ekaterina se rio.
—Ya veo que con usted he de tener cuidado. Es muy listo.
—¿Verdad? Entonces, ¿cuándo nos tomamos un café?
La chica dio media vuelta y volvió al samovar, desde donde le lanzó una mirada prometedora.
—Me lo pensaré.
Con un poco de maña, sería capaz de llevar el agua a su molino, pensó Dimitri, girándose de nuevo hacia la pantalla del ordenador.
Era el agente de la comisaría que mejor dominaba las nuevas tecnologías, y su jefe le había encomendado un trabajo de cruce de datos que solo él sabría llevar a cabo.
Por eso se sumergió de lleno en aquel mar de información y volvió a establecer correlaciones.
Los datos estaban relacionados con transacciones financieras, y su labor consistía en rastrear los flujos de dinero y detectar conexiones que no eran evidentes a simple vista.
La Rusia poscomunista se había convertido en el Lejano Oeste de los gánsteres y oligarcas.
Desentrañar las tramas criminales entre personas poderosas era un auténtico rompecabezas para la policía.
Tras varios minutos de concentración absoluta, una voz lo sacó de su ensimismamiento.
—Dima, tenemos una llamada de un ciudadano con una información extraña.
Necesitaba trabajar sin que lo interrumpieran, pero al ver que era Ekaterina disimuló su impaciencia.
—Páseselo al jefe de turno, por favor.
—Ahora el jefe de turno es usted, Dima.
Miró por la ventana y comprobó con sorpresa que ya era de noche. Consultó su reloj: eran las 21:15. El tiempo había volado y, absorto en su trabajo, ni siquiera se había percatado del paso de las horas. Todos los demás se habían ido, excepto Ekaterina.
Respiró hondo, resignado.
—Páseme la llamada.
La joven desapareció y, momentos después, sonó el teléfono de su mesa.
—Teniente Dimitri Chernishev —se presentó al descolgar el auricular—. ¿Dígame?
—Buenas noches, señor policía —respondió una voz ronca al otro lado de la línea—. Me llamo Tankov. Alexéi Tankov. Soy conductor y vivo en un edificio de la calle Novoselov. No sé si sabe dónde está.
—Sí, lo sé. Diga.
—Quiero informar de un hecho sospechoso, señor policía.
Desde la Unión Soviética, «informar de un hecho sospechoso» se había convertido casi en un deporte nacional.
—Diga.
—Hace unos diez minutos vi un coche blanco, un Zhiguli-5 o quizá un Zhiguli-7, no estoy seguro.
El coche se detuvo frente a mi edificio y salieron dos personas: un hombre y una mujer.
Entraron por la puerta del sótano y, pocos minutos después, regresaron al coche.
Luego volvieron a acercarse al sótano. Esta vez salieron tres personas, incluida la misma pareja, y los vi sacar varios sacos del maletero que metieron dentro del sótano.
Al cabo de un rato, todos volvieron al coche y se marcharon.
— A lo mejor eran vecinos...
—De ninguna manera, señor policía, se lo aseguro como me llamo Alexéi Ivanovitch Tankov. Conozco a todos los vecinos y le aseguro que nunca he visto a esas personas por el barrio. Además, la matrícula del vehículo era de Moscú.
—¿Vio la matrícula?
—Incluso la anoté, señor policía. A ver..., déjeme ver... Aquí está: T 534 BT 77 RUS.
El agente copió la secuencia de letras y números.
—¿Y qué más?
—Esa es la cuestión, señor policía: ¿qué traían en esos sacos, qué han metido en nuestro sótano unos desconocidos de Moscú?
Yo no quiero líos, pero con todos esos atentados la gente está muy nerviosa, ¿sabe?
Los chechenos son peligrosos. Mire, mi hijo combatió en Afganistán y me dijo que hay que desconfiar de ese tipo de personas.
Son fanáticos capaces de cualquier cosa.
La referencia a los chechenos despertó el interés del agente.
—Los sujetos que vio con las bolsas ¿tenían aspecto de chechenos?
—Bueno..., no exactamente, señor policía. Para serle sincero, me parecieron...; en fin, de los nuestros.
—¿Qué nuestros?
—Rusos, señor policía. Pero, oiga, en Chechenia hay muchos de los nuestros que se han unido a ellos, como bien sabe.
Todo aquello le sonaba a cuento chino.
—Oiga, señor Tambov...
—Tankov.
—... no se preocupe. Váyase tranquilo a dormir. No será nada.
—Bueno, vale, no digo que sean terroristas chechenos, pero...
¿y si son traficantes? Esto ahora está lleno de mafias, señor policía, y a los que yo vi no parecían gente fina, ¿me entiende?
No se parecían a nadie de por aquí. Me pregunto qué hay en esos sacos.
¿Será droga? ¿No sería mejor echar un vistazo?
O..., si lo prefiere, ¿quiere que llame a otra comisaría?
Los ciudadanos que se pasaban el día llamando para «informar» de todo tipo de sucesos sospechosos se habrían ganado la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de los Pesados, si existieran.
Dimitri quería decirle que no fuera tan entrometido, que se metiera en su vida y se fuera a la cama.
Pero... ¿y si realmente se trataba de traficantes?
Parecía un tipo un poco paranoico, por lo que seguramente llamaría a otra comisaría.
Y si por casualidad descubrían algo, Dimitri acabaría acusado de negligencia y lo castigarían.
El reglamento, herencia de la época soviética, era claro: no se podía ignorar una denuncia.
Se resignó.
—¿Cuál es la dirección?
—¿La de mi casa? Es el 14-16 de la calle Novoselov, señor policía. Es fácil de encontrar, hay una mercería en la planta baja.
Dimitri anotó la dirección.
—Enseguida vamos.
Colgó el teléfono y se levantó. Cogió su chaqueta, se la puso y se dirigió al despacho contiguo, donde otro agente dormía con los pies apoyados en la mesa.
—Andrei, vamos.
El agente se removió y lo miró con cara de sueño.
—¿Qué? ¿Qué? —balbuceó mientras se incorporaba—. ¿Qué pasa?
—Tenemos un servicio.
Andrei se puso en pie y, todavía medio dormido, se enfrentó al aire frío de la noche de Riazán.
—Nada especial —añadió Dimitri—. Volvemos enseguida.
Todavía no sabía que lo que le esperaba esa noche iba a cambiar su vida.
Y la del mundo.