El protocolo del caos Prólogo
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El protocolo del caos

El protocolo del caos

Por Jose Rodrigues dos Santos

© inepub.com

Prólogo

La imagen de un hombre encapuchado apareció en la pantalla.

Unas gafas oscuras ocultaban sus ojos y un pañuelo le cubría el rostro.

En la parte superior del vídeo, un enlace indicaba que se trataba de una retransmisión en directo a través de Facebook Live.

El hombre abrió la puerta de un coche aparcado junto a la acera y se sentó al volante.

Transmitía desde lo que parecía ser un teléfono móvil.

El desconocido miró a cámara y respiró hondo, como si quisiera clavar sus ojos en de quienes lo observaban. En los asientos traseros se apilaban armas y cajas de munición.

«La fiesta va a comenzar».

La imagen se volvió inestable, oscilando de un lado a otro: el asiento, el techo, el salpicadero...

Finalmente se estabilizó en posición vertical, mostrando el volante, el panel de mandos y la calle, con los árboles alineados en la acera, visibles a través del parabrisas.

Era evidente que el móvil grababa fijado a la capucha.

El coche arrancó y comenzó a avanzar lentamente. En el interior del vehículo sonaba una canción en una lengua eslava, sin duda salida del sistema de reproducción del coche.

Od Bihaća do Petrovca sela, do Petrovca sela

Srpska zemlja napadnuta cela, napadnuta cela.

Karadžiću vodi Srbe svoje, vodi Srbe svoje

Nek se vidi, nikog se ne boje, nikog se ne boje.

El trayecto fue breve, siempre acompañado por la misma melodía.

Joj da vide hrvatske Ustaše, hrvatske Ustaše

Ne dirajte vi ognjište naše, vi ognjište naše.

A lo lejos apareció un muro blanco, ennegrecido por la humedad e interrumpido por una puerta que daba acceso a un gran edificio. La cúpula dorada, el minarete y los grupos de personas de aspecto paquistaní, afgano, malayo y de otras regiones asiáticas no dejaban lugar a dudas: era una mezquita.

El vehículo se detuvo junto al bordillo.

La música cesó, así como el motor. El reloj digital del salpicadero marcaba las 13:40.

La cámara giró de nuevo: mostró la calle, luego los asientos traseros con las armas y al hombre, inclinado para revisar el arsenal.

Escogió una escopeta de cañón recortado —con la inscripción kebab remover grabada en la culata— y la cargó con cartuchos.

Luego tomó un rifle semiautomático AR-15 y se lo colgó del hombro.

Por último, amartilló la escopeta. Todo lo hacía con una calma escalofriante.

Cuando estuvo preparado, cerró la puerta del coche y echó a andar.

Junto a la entrada del edificio conversaban cuatro jóvenes asiáticos, tres en vaqueros y uno con un caftán blanco.

Al verlo acercarse, lo miraron con desconcierto: evidentemente, no era normal que un desconocido encapuchado, con un móvil fijado a la cabeza, entrara en el recinto de la mezquita con una escopeta recortada y con un AR-15 al hombro.

El joven del caftán alzó una mano, vacilante.

—Hola, hermano...

El recién llegado lo apuntó con la escopeta y disparó.

Acto seguido, giró el arma hacia los demás, paralizados por el miedo, y abrió fuego una y otra vez hasta que los cuatro cayeron al suelo y la tierra se empapó de sangre.

Se oyeron gritos; la imagen mostraba hombres, mujeres y niños corriendo en todas direcciones.

El hombre volvió a disparar hiriendo a varios, hasta quedarse sin munición.

Actuaba con frialdad, con método. Se encaminó hacia la entrada de la mezquita mientras recargaba la escopeta.

En la puerta se amontonaban los zapatos.

Entró y se topó con decenas —quizá cientos— de fieles, en su mayoría sentados sobre una gran alfombra azul turquesa.

Oraban. Los que estaban más cerca de la entrada levantaron la vista con expresión interrogativa; aún no comprendían lo que ocurría.

Él no vaciló. Apuntó al hombre más próximo y disparó. Luego a otro. Y a otro. Estalló el caos. La multitud intentaba huir desesperadamente, pero el atacante no dejaba de disparar. Caían uno tras otro, como en un videojuego.

De pronto, la escopeta hizo clic: estaba vacía.

La tiró y empuñó el AR-15. En la culata tenía grabado el número 14.

Una luz parpadeante iluminaba el cañón mientras seguía disparando contra la masa.

Más cuerpos cayeron al suelo. Los gritos se intensificaban, el pánico se propagaba.

Los disparos, ahora más agudos y entrecortados, resonaban de forma distinta a los de la escopeta, pero eran igual de letales.

Cuando ya había abatido a más de una decena, se le vació el cargador y cayó sobre la alfombra.

Mientras metía otro, el salón principal quedó desierto.

Entonces se dirigió al ala destinada a mujeres y niños, y volvió a disparar.

Caían sin distinción: una anciana aquí, una joven allí, un bebé, una adolescente.

Ya ni siquiera apuntaba. Disparaba al bulto, a la masa de cuerpos apretados que no habían logrado escapar.

Enseguida, todos yacieron entre charcos de sangre.

Recargó el AR-15 una vez más y volvió a la sala principal de oraciones. Solo quedaban cuerpos esparcidos, algunos muertos, otros agonizantes. A medida que avanzaba, les disparaba un tiro en la cabeza. Un coup de grâce . Así se aseguraba de que no quedaba nadie con vida.

Llegó a la salida y consultó su reloj: las 13:47.

Siete minutos después de haber aparcado.

Solo cinco desde que comenzara la masacre.

No había nadie de pie. Era hora de irse.

Se encaminó hacia la puerta. Cerca de los primeros cuerpos que había abatido se topó con una mujer tendida en el suelo.

Estaba cubierta de sangre, pero aún respiraba.

El encapuchado se detuvo y se inclinó como si fuera a escucharla.

—¡No! —suplicó ella, con el rostro contraído de horror—. ¡Por favor..., no! —La apuntó con el rifle—. Tengo hijos, tengo...

Le metió una bala en la cabeza. El cuerpo quedó inerte. Solo los pies se agitaron brevemente, como en un último espasmo. El atacante retomó la marcha, salió del edificio, entró en el coche y arrancó a toda velocidad.

La misma canción en eslavo volvió a sonar en el interior del vehículo.

Iz Krajine krenuli su vuci, krenuli su vuci

Čuvajte se Ustaše i Turci, Ustaše i Turci.

Karadžiću vodi Srbe svoje, vodi Srbe svoje

Nek se vidi, nikog se ne boje, nikog se ne boje.

El conductor respiró hondo.

—Las armas se han portado bien —dijo en voz alta, como si redactara un informe.

O quizás hablaba con los espectadores de la retransmisión en Facebook Live—.

Una pena ese cartucho que se me cayó en medio del combate, ¿no?

Por lo demás, chicos, ni siquiera he tenido que apuntar. Había tantos objetivos...

El trayecto hasta su próximo destino fue breve.

El reloj marcaba las 13:52 cuando aparcó junto a un edificio blanco, pequeño y rudimentario, como un pabellón prefabricado.

Varias personas se dirigían hacia él, algunas vestidas con ropa occidental, otras con trajes musulmanes tradicionales. Más objetivos.

La retransmisión en directo continuaba. El atacante repitió el ritual: salió del coche, fue al asiento trasero, cogió la misma AR-15 y una nueva escopeta recortada. Las cargó. Luego se giró hacia los fieles que se acercaban al edificio y volvió a disparar. Los más próximos cayeron al instante.

De pronto, la escopeta falló o se quedó sin munición. La arrojó al suelo. Mientras preparaba el AR-15, uno de los musulmanes —vestido con un caftán— le lanzó un objeto grande y él tuvo que desviarse. El musulmán recogió la escopeta del suelo y lo encañonó.

Presa del pánico, el encapuchado corrió hacia el coche sin saber si el otro sería capaz de disparar. Arrancó a toda velocidad. Logró oír cómo la luna trasera se hacía añicos por el disparo, pero, en cuanto tomó una curva, escapó de la línea de fuego.

Pocos segundos después, interrumpió la retransmisión en directo. Pero siguió grabando. El coche salió de la ciudad, se adentró en el bosque, avanzó por un camino de tierra y dejó atrás la carretera principal para evitar a la policía.

En una zona protegida por árboles y grandes rocas, el vehículo se detuvo. La imagen, hasta entonces estable, volvió a temblar: salpicadero, techo, asiento, volante..., hasta que se estabilizó en el rostro del atacante. Se había quitado el teléfono de la capucha y ahora miraba a la microcámara.

Con la imagen fija en él, el hombre se retiró la capucha, se desató el pañuelo y se quitó las gafas oscuras que ocultaban sus ojos verdes. Por fin, con el rostro libre y la identidad al descubierto, esbozó la más luminosa de las sonrisas.

Era Tomás Noronha.