Chapter 45 #2
Aprieto los dientes, cansada de su actitud de mierda.
Empiezo a escribir mientras mis manos tiemblan sobre la pantalla.
Le mando un mensaje a Berta explicándole que voy a pasar la noche con Álex y que no se preocupe por mí.
No llego a enviarlo porque me arranca el teléfono de las manos, revisa el texto sin decir una palabra y, cuando comprueba que no he dicho nada sospechoso, le da a enviar y me lo devuelve.
Lo guardo de inmediato, ni siquiera tengo fuerzas para discutir.
Pocos minutos después llegamos al lugar y lo reconozco incluso antes de que el coche se detenga por completo.
Lo vi en varias fotos cuando busqué información de él.
El edificio resulta imposible de confundir, más que nada porque se encuentra en las afueras, en lo alto de una colina.
Incluso sospecho que es una de las más altas de Boston.
La enorme estructura de piedra, rodeada de columnas de estilo romano, parece más propia de una civilización antigua que de la periferia de Boston. Todo en aquella construcción transmite poder. Poder y dinero, en realidad. Muchísimo dinero.
La galería exterior rodea el perímetro como una fortaleza monumental y, por un instante, tengo la absurda sensación de estar contemplando un santuario construido para alguna deidad.
Nos acercamos a las puertas metálicas donde dos hombres trajeados custodian la entrada.
Llevan auriculares, permanecen inmóviles y tienen el aspecto de quienes podrían romperte varios huesos sin despeinarse.
Cuando reconocen a Álex, abren las puertas sin hacer preguntas.
Nadie parece sorprendido por nuestra llegada y nadie parece cuestionarla.
Atravesamos el camino pavimentado y observo el lugar desde el coche. Es gigantesco y, aunque desde fuera parece una fortaleza, el interior recuerda a un hotel de lujo. Hay vehículos de alta gama estacionados por todas partes, jardines perfectamente cuidados y una fuerte iluminación.
Cuando nos acercamos a la entrada principal, veo el enorme cartel dorado.
«EL TEMPLO».
Las letras brillan bajo los focos y alrededor del letrero, varias esculturas representan escenas mitológicas que no dejan lugar a dudas sobre la inspiración del lugar.
Estoy delante de ese sitio que él frecuenta.
El sitio que transforma tu mayor sueño húmedo en realidad y donde imagino que está permitida cualquier perversión.
Respiro hondo cuando Álex aparca el todoterreno y sale del vehículo sin decir una sola palabra.
Durante todo el trayecto apenas ha hablado.
He intentado obtener respuestas dos veces y ambas han terminado de la misma manera: con él mirando la carretera, absorto en sus propios pensamientos, como si yo hubiera dejado de existir.
Intento resistirme cuando me obliga a bajar del coche. Intento apartarme y frenarlo, pero vence mi resistencia con una facilidad aterradora. Me lleva hacia una entrada secundaria, evitando deliberadamente el acceso principal.
A medida que avanzamos, descubro decenas de agentes de seguridad distribuidos por todo el perímetro.
Algunos vigilan las puertas, otros patrullan las zonas exteriores y varios permanecen apostados en puntos estratégicos.
Todos llevan ropa oscura, algunos pasamontañas —por supuesto, pasamontañas— y bajan la cabeza cuando nos ven pasar. Todos.
—¿No vas a explicarme nada, o qué? —pregunto.
Mi propia voz me suena desesperada. El silencio extraño de Álex, unido al miedo que me atenaza desde hace casi una hora, están acabando conmigo. Tengo frío, miedo y estoy agotada. Él parece percibirlo de manera que se quita la chaqueta y me la coloca sobre los hombros.
—Solo camina.
Un hombre calvo y robusto, de mediana edad, aparece frente a nosotros.
—Max…
—¿Todo bien? —pregunta el tal Max.
—No hay tiempo ahora. No avises a nadie de que estamos aquí.
El hombre calvo asiente inmediatamente bajando la cabeza con docilidad. Se nota que está preocupado, pero no insiste, ya que él no le vuelve a prestar atención. Continúa tirando de mí por un pasillo vacío y subimos una escalera de mármol en espiral.
Mientras ascendemos, observo el entorno.
Hay grandes espejos, lámparas monumentales, columnas altas y bellamente adornadas.
Hasta esculturas de bustos de hombres y mujeres en algunas esquinas, y me recuerdan a los que vi en su casa.
Los cuadros tampoco faltan y todo parece diseñado con todo lujo de detalles.
Desde algún lugar lejano llega música, melodías de diferentes instrumentos, amortiguadas por las paredes.
Cuando alcanzamos el primer piso, Álex abre una puerta y accedemos a lo que parece un despacho privado. Cierra con llave y la deja puesta. No seré idiota como para dejar pasar ese detalle. No sé lo que me espera aquí, así que estoy atenta a todo.
También examino esta nueva estancia. Un escritorio enorme domina el centro de la habitación.
Hay sillones de cuero, una mesa de reuniones, una chimenea encendida y un gran sofá situado junto a una de las paredes.
Sobre la chimenea cuelga un cuadro gigantesco que representa a los principales dioses del Olimpo.
Algunos de ellos me suenan y esto me confirma que el nombre del hotel concuerda con la temática del diseño.
Todo alrededor destila lujo y exclusividad.
—Siéntate —dice al fin—. No estaremos mucho aquí, nuestro vuelo saldrá esta misma noche.
—¿Vuelo? —pregunto, incapaz de creerlo—. ¿Adónde?
—Toronto.
—¿Qué?
No responde, en cambio se afloja el nudo de la corbata, se sirve whisky, y le da un largo trago.
Vuelve a consultar el móvil y sigue sin responderme.
Sigue actuando como si estuviera completamente solo en aquella habitación.
Joder. Como si no acabara de decirme que viajaremos a la capital de Canadá en unas horas.
—¿De verdad piensas que me iré contigo? —pregunto acercándome a él y obligándolo a mirarme de una vez.
—¡Siéntate! —repite—. Tienes que firmar.
Tengo la sensación de que el suelo desaparece bajo mis pies y la cabeza me da vueltas.
—¿Firmar qué? —Frunzo el ceño, con el corazón golpeándome el pecho.
Ni siquiera se molesta en responderme. Se remanga la camisa, deja la pistola sobre el escritorio y comienza a rebuscar en los cajones con movimientos rápidos.
Su expresión permanece completamente seria, concentrada en algo que parece mucho más importante que la tormenta que acaba de estallar entre nosotros.
Finalmente encuentra unos documentos, los deja sobre la mesa y vuelve a consultar el móvil. La indiferencia con la que me trata termina de hacerme estallar. Entonces, rodeo el escritorio, le arrebato el teléfono de las manos y lo obligo a levantar la vista.
—¡Contéstame, maldita sea! —Lanzo el móvil sobre la mesa con furia—. Dijiste que nunca me obligarías a hacer algo que no quisiera.
—¡También te dije que no confiaras en mí! —Sus ojos oscuros me fulminan—. Pero esta vez… te pido que lo hagas.
Me quedo de piedra. Boquiabierta. Intentando encajar todas las piezas de un puzle que ya no tiene sentido.
La culpa atraviesa fugazmente su mirada y entonces, una honda exhalación sale de su boca mientras se lleva las manos a la cara.
—No quiero perderte, Aylin. Me divorciaré de Lorraine —dice con voz baja.
Pero sus palabras ya no consiguen alcanzarme, ni emocionarme. Simplemente es… demasiado tarde.
—Me ocultaste tantas cosas… —hablo con frialdad, reprimiendo las lágrimas—. ¿Cómo podría creerte?
—Ya hablaremos de eso, ahora no tenemos tiempo. ¡Ven! —dice esta vez con un tono más suave.
Me toma por los brazos y me obliga a ocupar una de las sillas.
—Ahora debes firmar el acuerdo de confidencialidad y el contrato. Pero no te preocupes, yo...
—¿Quieres que firme algo que ni siquiera sé de qué trata? —Me pongo en pie de inmediato, indignada.
La rabia me consume por dentro. Juro que, si las miradas pudieran matar, él ya estaría enterrado.
—Ya te lo explicaré —dice posando una mano en la silla—. Jamás te pondría en peligro.
Álex baja la cabeza y cierra los ojos durante unos segundos con un aire de agotamiento. Coloca un bolígrafo en mi mano.
¿Acaso piensa que estoy bromeando?
Antes de que pueda reaccionar, aparto todas las hojas de mí con un manotazo. El contrato resbala por la mesa y algunas carpetas se abren al caer. Pero entonces algo capta mi atención entre los papeles tirados. Una carpeta negra, con unas fotos y un nombre en la esquina superior derecha.
ADAM LARRISON
Me agacho deprisa adelantándome a él. Nuestros hombros casi chocan, pero yo llego a ella antes.
El corazón me da un vuelco y frunzo el ceño cuando localizo unas fotografías.
Adam entrando en un edificio. Adam hablando con dos hombres que no conozco.
La matrícula de un coche. Algo que parece un extracto bancario.
Direcciones. Fechas. Una nota escrita a mano.
Posibles vínculos con los Tigres. Ajuste de cuentas.
El aire desaparece de mis pulmones y levanto lentamente la vista. Él no intenta quitarme la carpeta ni siquiera parece sorprendido de que la tenga entre las manos. Solo me observa.
—Investigaste a… ¿tu alumno?
Silencio.
No intenta negarlo, ni busca una excusa, simplemente lo admite. Mi pecho empieza a subir y bajar cada vez más deprisa. Entonces me acuerdo del hematoma que Adam llevaba en el pómulo. La forma en que evitó responder cuando le pregunté.
La sangre se me hiela recordando las palabras que Álex me dijo aquella noche que me ató en su cocina: La próxima vez que vayas a un restaurante con un hombre sin consultármelo... no seré nada considerado.
Se refería a Adam. Y no fue la primera vez que me amenazó diciéndome que no quería verlo cerca de mí.
—Fuiste tú. —Lo miro atónita—. Mandaste a alguien a pegarlo.
—No caería tan bajo.
Su respuesta llega con tanta firmeza que, por un instante, hasta dudo de mi propia acusación. Él cruza los brazos en su pecho y me mira fijamente.