Chapter 45
M e retuerzo, desesperada, mientras salimos por la puerta trasera de la mansión Sander.
Álex avanza con pasos decididos, atento a cada rincón y a cada sombra que nos rodea, como si esperara que otro hombre armado apareciera de la nada en cualquier momento.
Solo cuando dejamos atrás el recinto retira por fin la mano de mi boca.
Aun así, mantiene el brazo firmemente sujeto alrededor de mi cintura, guiándome a la fuerza calle abajo.
Lo aparto de un manotazo, necesito espacio. Aire. Despertar de esta jodida pesadilla.
Sin perder tiempo, saca la pistola que llevaba oculta en la parte trasera del pantalón del traje y vuelve a inspeccionar el entorno. Sus ojos recorren la calle, las ventanas, los coches estacionados y los callejones cercanos con una tensión que me aturde.
Yo no puedo dejar de observarlo.
Hace apenas unos minutos estaba en una fiesta universitaria rodeada de mis amigos. Ahora camino junto a un hombre que acaba de matar a alguien delante de mí. La realidad resulta tan aterradora que mi cabeza se niega a procesarla.
Entonces lo veo revisar el arma. Extrae el cargador, comprueba algo y vuelve a colocarlo con movimientos rápidos.
No tengo ni idea de armas. Nunca he sostenido una pistola y tampoco he visto una de cerca fuera de las películas.
Lo único que sé es que sigo temblando y que el sonido de aquel disparo continúa resonando dentro de mi cabeza.
—¿Qué haces? —intento apartarme una vez más de sus manos—. ¿Qué está pasando?
—Tengo que asegurarme de que esté cargada —responde mientras eleva el arma para mostrármela—. Puede que haya más.
—¿Más qué? —pregunto entre dientes, completamente fuera de mí—. ¿Más hombres que quieran matarte?
Lo miro sin aliento.
—¡Oh, Dios mío! —gimoteo, todavía en shock—. Nos han atacado. Y tú… acabas de matar a una persona —continúo atropelladamente mientras me llevo las manos a la cabeza—. ¡Lo has matado! ¡Joder!
La imagen regresa una y otra vez. El disparo, la sangre y el cuerpo desplomándose sobre el cemento. No es una noticia en televisión, lo he visto con mis propios ojos. He presenciado cómo alguien moría a pocos metros de mí.
—En la universidad… —digo atónita— también lo intentaron. Esa bala iba para ti. Tú…
—¡Silencio, maldita sea! —me grita, completamente desbordado, antes de obligarme a caminar más deprisa.
—¿Cómo te atreves a callarme? —espeto, con la sangre hirviendo dentro de mis venas.
—¡Era él o nosotros! —Me sacude del brazo y me mira con la mandíbula tensa—. Punto.
—Quiero irme a la residencia —protesto con la voz rota mientras intento zafarme de él, sin dejar de mirar a mi alrededor.
—No es posible.
Su respuesta resulta tan fría que me atraviesa como un chorro de agua helada.
Sin añadir nada más, vuelve a rodearme con el brazo y me arrastra por varias calles oscuras hasta un todoterreno —que no me suena—, aparcado a pocos metros.
El vehículo permanece oculto entre las sombras, apartado de la carretera principal, como si hubiera estado esperándonos desde el principio.
—¡Sube! —ordena mientras abre la puerta y vuelve a comprobar los alrededores.
Me planto. Clavo los pies en el suelo y me niego a moverme un centímetro. Después de todo lo que ha ocurrido, confiar en él resulta imposible. Ya no sé quién es. Ya no sé qué parte del profesor Brian Alexander Woods era real y cuál pertenecía al hombre que acaba de ejecutar a otro sin pestañear.
—Quiero que entiendas algo... —insiste mientras me inmoviliza contra la puerta lateral del coche.
Se acerca a mí con el rostro desencajado, pero yo permanezco inmóvil. No cederé. No sé qué piensa hacer conmigo ni qué ocurrirá si me monto en ese coche.
La desconfianza se interpone entre nosotros como un muro imposible de derribar.
—¡Diablos! —maldice entre dientes mientras tensa los dedos en mi cadera—. No quería que esto ocurriera, pero ha ocurrido. Y ya no hay marcha atrás.
Las lágrimas me nublan la vista. Bajo la mirada por su cuello tenso, por el nudo deshecho de su corbata y por la camisa blanca arrugada que lleva bajo la chaqueta.
Pero, principalmente, miro las manchas de sangre.
Pequeñas gotas oscuras repartidas sobre el cuello de su camisa de un blanco nuclear.
La prueba irrefutable de que aquello ha ocurrido.
La prueba de que el cadáver que acabamos de dejar atrás no es producto de mi imaginación.
—Álex… —alzo la mirada— ¿me estás secuestrando?
Su expresión se afila y durante una fracción de segundo parece a punto de derrumbarse.
—No lo hagas más difícil… —susurra con voz rota mientras abre la puerta—. Solo sube al coche, Aylin.
—No... —sollozo.
La paciencia desaparece de su rostro. La vena de su sien palpita con fuerza y su expresión se endurece hasta volverse casi irreconocible.
—¡Sube al maldito coche! —gruñe.
Me agarra del brazo y me empuja al interior del vehículo, con violencia. Después me coloca el cinturón con movimientos bruscos, incapaz de ocultar la rabia y la desesperación que lo consumen.
—No lo hagas… —le suplico.
Él ignora mis súplicas. Rodea el todoterreno con movimientos ágiles, ocupa el asiento del conductor y activa el cierre de seguridad.
El sonido metálico de los seguros cayendo me atraviesa cruelmente.
Hasta ese momento aún conservaba la absurda esperanza de que todo aquello fuera una reacción por lo asustado que imagino que está —aunque lo disimula bien—, pero escuchar cómo las puertas se bloquean confirma mis sospechas. No piensa dejarme marchar.
—¿Estás loco? —pregunto aturdida—. ¡No puedes secuestrarme!
Ni una sola palabra. Nada. Permanece centrado en el volante y se ve agotado, como si estuviera sosteniendo sobre los hombros un gran peso.
Después, pisa el acelerador. El todoterreno derrapa sobre el asfalto mientras él afloja el nudo de la corbata con movimientos nerviosos y pulsa el botón de llamada.
—Steve, ve a mi casa ahora y comprueba si todo está bien. Llámame en cuanto sepas algo.
—Recibido. —La respuesta llega a través del manos libres.
Permanezco en silencio observándolo. No deja de conducir, no deja de revisar el espejo retrovisor y tampoco deja de mirar detrás de nosotros. Parece convencido de que alguien nos sigue.
Pulsa otro botón. Marca un nuevo número mientras mis manos tiemblan sobre mi regazo.
—Sí —contesta una voz ronca.
—Estoy de camino al Templo —anuncia—. Refuerza la seguridad y prepara una salida de urgencia. Esta noche. Y no le digas nada al Comité.
—Mi dios, no me va a dar tiempo —responde la otra voz casi en un susurro.
Parpadeo varias veces.
«¿Mi dios?»
Me llevo una mano a la frente mientras intento procesar lo que acabo de escuchar.
Quizá el miedo me está jugando una mala pasada.
Quizá el ruido de la llamada ha distorsionado las palabras.
Quizá mi cerebro sigue atrapado junto al cadáver que hemos dejado atrás y la horrible confesión de ese hombre.
—¡Solo haz lo que te digo, demonios! —brama Álex.
—¿Y el cargamento?
—Puede esperar —responde seco—. Ahora mismo lo importante es salir de aquí.
—¿Qué ha pasado?
Álex guarda silencio durante un instante. Sus nudillos se tensan alrededor del volante y la mirada permanece fija en la carretera que se extiende frente a nosotros.
—Saben mi identidad.
No añade nada más ni intenta explicarse. Tampoco busca excusas, simplemente corta la comunicación con un toque en la pantalla del tablero. Conciso y sin adornos.
¿Su identidad?
Miro por la ventana por un segundo, y dejo escapar un suspiro entrecortado que apenas consigue aliviar la presión que siento en el pecho.
No entiendo absolutamente nada de lo que está ocurriendo y este jodido hombre que tengo sentado al lado va a tener que explicármelo tarde o temprano.
Pero prefiero que sea hoy. La rabia bulle en mí y estallo.
—¡Me mentiste! —le grito mientras empiezo a golpearle el hombro y el brazo con los nudillos.
Él continúa mirando la carretera, con los dedos tan tensos en el volante que parece a punto de romperlo. Durante unos segundos soporta mis golpes sin reaccionar, pero la paciencia se le agota.
—Vas a parar ya… —Me atrapa la muñeca con la misma crueldad que me ha metido en el coche—. Y es mi última advertencia, Aylin. O te arrepentirás.
Suelta mi mano en mi regazo y solamente abro la boca, pero no llego a pronunciar ni una palabra, porque en ese mismo instante vuelve a sonar el teléfono.
Contesta al segundo tono.
—No vayan al piso. Han entrado y está todo revuelto. Es evidente que han buscado ahí primero.
La noticia lo enfurece más aún.
—¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! —gruñe.
Le propina varios puñetazos al volante con una furia que hace vibrar todo el coche.
Yo lo miro desconcertada, entendiendo menos aún que hace cinco minutos. Mientras tanto, él sigue conduciendo en silencio, uno espeso que me cuesta asimilar. Y, por más que intente ordenar mis pensamientos, resulta imposible. Todo ha sucedido demasiado deprisa.
La sensación es tan irreal que me cuesta respirar.
Miro por la ventanilla y me doy cuenta de que estamos dejando atrás la ciudad. Los edificios empiezan a desaparecer poco a poco y las carreteras se vuelven más oscuras y solitarias. Y no sé por qué, pero tengo un mal presentimiento.
Mis amigos.
Dios mío, espero que estén bien, deben de estar buscándome.
Entonces abro el bolso apresuradamente y saco el teléfono móvil, pero en el mismo instante en que la pantalla se ilumina, Álex pisa el freno con brusquedad. El todoterreno se detiene de golpe, mi cuerpo se proyecta hacia delante y estoy a punto de golpearme contra el salpicadero.
Él extiende la mano.
—¡Dame el móvil! —ordena furioso.
—¿¡Pero qué te pasa!?
—¡Dámelo! —repite con los labios tensos, peligrosamente cerca de perder el control.
—Berta y los demás deben de estar preocupados —protesto.
—Mándale un mensaje. Y me lo enseñas antes de enviarlo —especifica.