Chapter 44 #4
—Gambino tiene un mensaje para ti —continúa mientras hunde aún más el cañón en su sien—. Addio, professore [9]
No, no, no. Creo que va a disparar, estoy convencida de que va a hacerlo. Empiezo incluso a imaginar el sonido. La sangre. El cuerpo de Álex desplomándose delante de mí.
Me equivoco. Jamás llega a apretar el gatillo.
Todo ocurre tan deprisa que mi cerebro es incapaz de seguir la secuencia completa.
Solo veo un borrón y un movimiento seco y preciso.
Letal. El profesor gira sobre sí mismo con una velocidad irreal.
Su mano izquierda atrapa la muñeca armada del agresor y la desvía apenas unos centímetros, los justos para apartar el cañón de su cabeza.
Al mismo tiempo, hunde el antebrazo contra su garganta con una violencia brutal que enseguida le corta la respiración.
El hombre apenas consigue reaccionar. Un crujido seco resuena cuando el codo de Álex impacta de lleno contra su mandíbula. La cabeza del agresor gira de forma antinatural, hasta escucho el golpe de los dientes al chocar unos contra otros.
No le da tiempo ni a gritar antes de que él le propine otro duro golpe, uno firme que parece ensayado cientos de veces.
Y, mientras el hombre pierde el equilibrio, él le retuerce la muñeca con un movimiento tan exacto que los dedos se abren por puro reflejo.
La pistola cae apenas unos centímetros, pero no llega al suelo. Álex ya la ha atrapado.
Todo sucede en menos de dos segundos.
El desconocido intenta levantar la otra mano, demasiado tarde. Él da un paso al frente, levanta el arma y simplemente… dispara.
El estampido revienta el silencio del jardín y el proyectil entra por la sien.
La parte posterior del cráneo estalla en una lluvia de sangre y fragmentos de huesos que salpican el césped perfectamente cuidado y una de las esculturas de mármol cercanas.
El cuerpo permanece erguido una fracción de segundo.
Después se desploma pesadamente contra el suelo con un golpe sordo.
Un charco de sangre comienza a extenderse bajo su cabeza, abriéndose paso entre las juntas del pavimento como una marea oscura.
Me llevo ambas manos a la boca para contener un grito que acaba escapando igualmente. No puedo respirar, ni moverme. No noto las piernas, solo soy capaz de mirar aquel cadáver. Y después...
A él.
El profesor baja el arma con la misma tranquilidad con la que un hombre dejaría una copa vacía sobre una mesa.
Comprueba el cargador con un gesto automático, introduce la pistola en la parte trasera del pantalón y, antes incluso de mirarme, se limpia con el dorso de la mano varias gotas de sangre que han alcanzado su mejilla.
La misma mano que, apenas unos minutos antes, acariciaba mi rostro.
No queda rastro del hombre que me besaba. El que tengo delante posee la misma cara, la misma voz, pero no es el mismo.
—Limpia esta basura —ordena con una autoridad escalofriante, sin apartar los ojos de mí.
Al fondo, el senador Sander guarda también su pistola con calma, sin decir nada. Dos hombres vestidos de negro aparecen de la nada y se abalanzan sobre el cadáver sin hacer una sola pregunta.
Yo retrocedo un paso. Y luego otro. Las manos me tiemblan tanto que apenas puedo sentir los dedos.
—Yo... yo... —balbuceo incapaz de ordenar una frase—. Debería... debería volver a la fiesta...
No termino de hablar porque él ya está delante de mí. Sus zancadas son largas e implacables.
—¿Qué... qué vas a hacer? —pregunto con la voz rota.
No responde, simplemente me tapa la boca con una mano antes de que consiga gritar. Su otra mano rodea mi cintura y me inmoviliza con una firmeza que hace inútil cualquier intento de escapar.
—No podrás irte. Lo siento. —Su voz vuelve a sonar fría y terriblemente vacía. La voz del hombre que acaba de ejecutar a otro delante de mis ojos.
Empiezo a retorcerme presa del pánico.
—¡Salid por la puerta de atrás! —ordena el senador, escudriñando el jardín mientras los invitados de su propia fiesta siguen ajenos a la escena.
Ni de coña. Yo no me voy de la maldita fiesta.
Clavo los talones contra el suelo en cuanto me obliga a caminar y forcejeo con todas mis fuerzas para librarme de su agarre. Es inútil. Intentar zafarme, pero es como empujar un muro de hormigón.
—¡Brian! —lo llama Sander antes de que desaparezcamos entre los setos—. Haz lo que tengas que hacer.
Sus palabras terminan de acabar con lo poco que quedaba de mi seguridad.
Él ni siquiera se vuelve ni afloja la presión sobre mi cintura.
Continúa arrastrándome con la misma determinación implacable, obligándome a seguirlo.
Me aprieta contra su costado con mucha facilidad y, por momentos, tengo la absurda sensación de que mis pies ni siquiera tocan el suelo.
Incluso siento que, cuando lo hacen, solo consigo arrastrarlos tras él, completamente incapaz de oponer resistencia.
Nadie viene a detenerlo y, por primera vez desde que Brian Alexander Woods irrumpió en mi vida, siento… miedo.
Un miedo real.