El profesor (El profesor 1) Chapter 44 #3
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Chapter 44 #3

No quiero mirarlo. No, Dios. No debo hacerlo, no ahora que conozco demasiado bien el efecto que tiene sobre mí. Si levanto la vista recordaré sus manos recorriendo cada centímetro de mi piel. Recordaré sus besos, la manera en que pronunciaba mi nombre en Miami y cómo me hizo sentir tan especial.

Pero también descubrí que, pese a lo especial que era, también era capaz de ofrecerme a otro hombre.

La humillación me atraviesa con la misma violencia que entonces mientras su mano asciende lentamente hasta mi mandíbula. No me obliga, no hace falta. Basta una leve presión de sus dedos para que vuelva a mirarlo.

La expresión de sus ojos me desconcierta porque esta vez no encuentro arrogancia, ni soberbia. Ni siquiera deseo. Lo que veo es a un hombre que está haciendo un esfuerzo sobrehumano por no romperse delante de mí.

Su respiración pierde el ritmo y apoya la frente contra la mía.

Durante unos segundos el mundo desaparece, solo existe el roce de nuestras respiraciones, el latido frenético de nuestros corazones y su maldita mano acariciando mi mejilla con una delicadeza que contradice todo lo que sé de Brian Alexander Woods.

Y eso duele. Duele mucho.

Aprieto los labios con fuerza porque ya no sé lo que me destruye más, besarlo... o seguir fingiendo que no lo necesito.

—Aylin... —su voz se quiebra—. No volverá a pasar, te lo prometo. No volveré a usar mis juguetes contigo ni a sugerirte que satisfagas mis fantasías. Y jamás te volveré a hablar de El Templo.

—Oh, cállate… —suspiro pensando en cómo escapar de su cercanía—. Por favor.

No puedo ablandarme ahora.

—No te vuelvas a alejar de mí —insiste con una desesperación impropia de él—. No podría soportarlo. Sé lo que sientes y…

Algo me estalla por dentro porque él puede pronunciar esas palabras con tanta facilidad, pero sigue siendo incapaz de corresponderme. Las lágrimas amenazan con vencerme.

«¡Idiota! ¿Qué esperabas? ¿Que te dijera que te ama?»

—Apártate de mí, Álex —lo advierto con una voz segura y lo empujo con los codos. Debo hacerlo.

Pero, de repente, todo cambia. Una sombra aparece detrás de él, alguien a quien no veo llegar, simplemente surge de la nada.

Un hombre fuerte, vestido completamente de negro, avanza con una tranquilidad escalofriante.

Lleva una cicatriz cruzándole la ceja y una sonrisa torcida y maquiavélica en el rostro, sonrisa que me despierta un mal presentimiento.

Todo sucede demasiado deprisa.

—¡Oh, cuidado!

El grito me sale desgarrado e instintivo, pero llego demasiado tarde. Muy tarde. Su mano ya rodea el cuello de Álex desde atrás y la otra presiona el cañón de una pistola contra su sien.

—¿Interrumpo algo, tortolitos? —pregunta el desconocido.

Álex no forcejea, ni siquiera pestañea. Durante una fracción de segundo permanece completamente inmóvil mientras el cañón de la pistola se hunde contra su sien. Después, muy despacio, levanta ambas manos a la altura de los hombros.

No muestra miedo ni sorpresa, simplemente guarda un silencio demasiado extraño.

Sus pupilas dejan de mirarme para recorrer el jardín con una rapidez casi imperceptible.

No parece estar pendiente del arma, sino de las salidas, de la distancia que nos separa de una entrada trasera que yo también he detectado a la derecha, de los balcones...

¡hasta de los jodidos árboles del jardín del senador Sander!

Es como si estuviera calculándolo absolutamente todo, su respiración ni siquiera se altera y su mandíbula permanece relajada. Incluso diría que su pulso tampoco ha cambiado.

¿Cómo puede conservar esa calma? ¿Quién demonios sigue respirando así cuando tiene una pistola apoyada en la cabeza?

Lo observo sin comprender qué está ocurriendo. Entonces nuestros ojos vuelven a encontrarse solo dura un instante. Me está ordenando en silencio que no me mueva cuando el desconocido sonríe con desprecio, disfrutando del momento.

—¿Qué pensabas, hijo de puta? ¿Que no te encontraríamos?

La sonrisa deja al descubierto un diente de oro.

—Resulta que el asesino de mi primo no es ni más ni menos que el distinguido agente financiero y profesor Brian Alexander Woods. ¡Vaya sorpresa!

El suelo parece desaparecer bajo mis pies.

No, está equivocado. Tiene que estarlo. Álex es el profesor Brian Alexander Woods, catedrático en Harvard y el escritor de una decena de libros.

Es analista financiero, uno de los más reconocidos en la costa este de Estados Unidos.

Es aquel niño que casi muere ahogado en manos de su padre. No es un asesino.

—Qué te creías, ¿eh? ¿Que podías pasar droga por la costa este sin nuestro permiso? ¿No bastaba con darles putas y cocaína a los ricos? ¿Ahora también queréis nuestro territorio?

Sus palabras, cada cual más horrible, caen sobre mí como una bomba.

Asesino. Putas. Cocaína.

Siento que el oxígeno ya no llega a mis pulmones porque no consigo respirar. No consigo pensar. Todo cuanto creía saber de él empieza a resquebrajarse delante de mis propios ojos.

No. No puede ser.

Mi cabeza intenta aferrarse desesperadamente al hombre que conozco, pero las piezas dejan de encajar una tras otra.

Entonces sucede algo todavía peor. Álex sonríe, apenas una curva imperceptible en la comisura de sus labios.

Me parece una sonrisa tranquila, incluso jocosa, como si ese hombre acabara de confirmar algo que es real.

Un escalofrío me atraviesa de arriba abajo porque jamás le había visto esa expresión diabólica en su rostro.

Busco ayuda desesperadamente y mi aliento se acelera cuando, de repente, identifico ni más ni menos que al senador Sander, el padre de Bram, justo detrás de ellos.

Avanza con sigilo mientras saca un arma de su chaqueta.

Cuando nuestras miradas se cruzan, levanta apenas un dedo y se lo lleva a la boca. Me pide silencio.

El terror me paraliza. El corazón empieza a golpearme las costillas con tanta fuerza que temo que puedan oírlo.

—¡Maldito cabrón! —escupe el hombre, dejando escapar una lluvia de saliva mientras aprieta todavía más el arma contra la cabeza de Álex—. Os vamos a aniquilar uno por uno.

Después vuelve la cabeza hacia mí y su sonrisa me revuelve el estómago.

—Woods, te mataré y después me follaré a tu zorra. Esta rubia me va a chupar la polla antes de que le meta un tiro en la cabeza.

Dios mío. Siento las piernas de gelatina y el estómago completamente cerrado. Miro desesperadamente a Álex, espero encontrar una respuesta. Joder, cualquier emoción humana. Pero no encuentro ninguna. Sus ojos permanecen clavados en los míos.