Chapter 44 #2
Aun así, nuestras miradas coinciden un instante efímero y una descarga eléctrica me recorre entera. Nuestros ojos se quedan atrapados, anclados en un segundo que me parece eterno
No, no puedo venirme abajo ahora.
Le aparto la mirada deprisa, rompiendo el contacto visual, y permanezco junto a Berta mientras esbozo una falsa sonrisa, esa típica sonrisa obligatoria.
Pero cuando por fin empiezo a sentirme un poco más tranquila, convencida de que en unos segundos me libraré de él, noto de pronto unos dedos en mi espalda.
Me quedo rígida.
Joder…
El temblor vuelve, como si su mano representara ese botón invisible que activa todos mis sentidos.
Sin duda, Álex está aprovechando el momento para extender la mano y tocarme. ¿Por qué? ¿Por qué lo está haciendo?
Trago en seco cuando siento la caricia suave sobre mi piel desnuda. Me acaricia con disimulo, pero también con una sensualidad que no es accidental. Ni de coña.
Sí, son esos mismos dedos, tan familiares, tan peligrosos, tan capaces de despertar recuerdos que deberían estar enterrados.
Aquellas manos fuertes que me provocan demasiados sentimientos cuando me sujetan o cuando me acercan a su pecho como si pudieran protegerme del mundo entero.
Parece que lo que todavía no sabe es que no pueden protegerme de él mismo.
Me estremezco y cierro los ojos, sencillamente embriagada por su cercanía.
Y, aunque las fotos apenas duran unos minutos, cuando todo termina tengo la boca seca.
Me separo rápido, sin volver a prestarle atención, pensando únicamente en cómo desaparecer de allí antes de que mi cuerpo me traicione y haga el ridículo delante de todos.
Berta me toca el brazo, preocupada.
—¿De verdad estás bien? —murmura.
—Sí. —Le doy un sorbo largo a mi cóctel y le sonrío, intentando que no se dé cuenta.
La dura realidad es que la presencia de Álex me asfixia y me intimida de una forma que detesto reconocer. Es como tener una tormenta suspendida sobre mi cabeza, una presión constante en el pecho que convierte algo tan simple como respirar en una tarea jodidamente complicada.
—Tranquila, cariño.
—Voy al servicio, ¿vale? —Necesito alejarme, así que la freno cuando veo que quiere acompañarme; quiero estar sola.
Camino en dirección a la mansión con pasos veloces y sin mirar atrás, sacudida por miles de terremotos internos. Localizo el servicio de la planta baja al instante, pues no es la primera vez que vengo a esta casa, y una vez dentro retoco mis labios con dedos torpes.
Me miro en el espejo mientras trato de estabilizar mi respiración, y veo mis ojos enrojecidos. Percibo las lágrimas reprimidas y pienso que él está ahí fuera, tan cerca y, al mismo tiempo tan lejos.
Sonrío para evitar llorar. Sin embargo, una lágrima se asoma de repente y mis labios se juntan con impotencia.
Y es precisamente por esto por lo que sé que lo amo.
Nunca he sentido esto dentro de mí. Esta cruel sensación de ahogo, este deseo absurdo de abrazarlo y besarlo, estas ganas enormes de verlo y sentir su respiración en mi piel una vez más; aunque al mismo tiempo lo deteste y esté enfadada con él.
Aunque me duela. Aunque todo lo que tenga que ver con Álex parezca hecho para destrozarme.
Pero también sé que lo olvidaré con el tiempo.
«Sí, Aylin, lo olvidarás», me animo mientras me seco las mejillas.
Salgo del baño aún con la cabeza confusa, pensando seriamente en la opción de irme, pero tropiezo con Adam antes de poder decidir nada.
—Lyn, te buscaba —dice con los ojos vidriosos mientras me atrae hacia un rincón apartado.
—¡Adam! —Sonrío—. ¿Te lo estás pasando bien?
—La verdad es que me lo pasaría mejor si me escucharas. —Habla algo tartamudo, posiblemente por los nervios y el alcohol—. Necesito desahogarme.
Su tono hace que deje de sonreír. Hay algo extraño en él puesto que su rostro se vuelve serio.
—¿Qué ocurre?
Adam baja la mirada durante unos segundos antes de soltar el aire.
—He pedido un traslado. Vuelvo a Los Ángeles.
Frunzo el ceño y me quedo completamente inmóvil.
—¿Qué?
—Me marcho.
—Pero... ¿por qué? —pregunto sin ocultar mi desconcierto—. Si Harvard era tu sueño, tú mismo me lo dijiste. Además, tus padres viven aquí.
Titubea por un instante.
—Son... problemas familiares.
No termina de convencerme, hay algo en su expresión que me dice que no está contándomelo todo, pero tampoco quiero presionarlo.
—Lo siento mucho.
Él esboza una sonrisa triste.
—Yo también.
Se hace un breve silencio y noto un nerviosismo extraño en su voz. Da un paso más hacia mí.
—La verdad es que... —aprieta mis manos entre las suyas— me gustas mucho.
El olor a alcohol que desprende me invade las fosas nasales. Resulta evidente que me ha seguido hasta aquí con un único propósito.
—No sé qué decir...
—No hace falta que digas nada. —Acaricia mi mentón—. No aguanto más. Solo necesitaba decírtelo antes de volver a L.A. —Sus ojos brillan cuando se inclina sobre mí, al mismo tiempo que empieza a acariciar la piel de mi espalda.
Y entonces todo ocurre tan rápido que ni siquiera me da tiempo a reaccionar. Su beso es intenso, quizá demasiado, pero no despierta nada en mí. Ni una chispa, ni un temblor, ni esa maldita sensación de estar a punto de perder el control que Álex provoca con solo rozarme.
Aprieto los labios y coloco una mano en su pecho para apartarlo rápidamente. Agradezco que no insista, que solo quede a la espera de mi respuesta, pero eso me hace sentirme todavía peor.
—¡Señorita Vega!
Me giro deprisa cuando una voz profunda surge de la nada. Adam da un paso hacia atrás y se aparta de mí, avergonzado por la presencia de… él.
El profesor.
—Necesito hablar un momento con usted, si al señor Larrison no le importa. —Señala a Adam.
Álex habla con una calma impecable, pero sé que es puro teatro.
Lo conozco demasiado bien. Basta fijarse en el pulso que late desbocado en la sien, en la mandíbula rígida o en la forma en que mantiene los hombros inmóviles para comprender que está al borde de perder el control.
Toda esa autoridad que proyecta no es más que una armadura perfectamente construida sobre una grieta que solo yo soy capaz de ver.
—Nos vemos después, Lyn. —Adam asiente disgustado antes de alejarse.
Espero a que desaparezca entre la multitud, pero Álex ya se acerca, con las manos en los bolsillos, y esa forma sinuosa de caminar. Justo como un depredador acercándose a su presa.
Entonces nuestras miradas se abrazan en silencio.
Oh… Dios.
Yo permanezco inmóvil. Mis piernas se niegan a obedecerme. Genial, han decidido traicionarme en el peor momento posible.
¿Qué demonios hago aquí?
Debería haberme marchado con Adam. Debería haber buscado a Berta. Debería haber hecho cualquier cosa menos quedarme quieta viendo cómo el hombre al que amo y detesto al mismo tiempo se acerca mirándome fijamente.
A medida que acorta la distancia entre los dos, esos destellos sombríos de sus pupilas parecen intensificarse. Trago saliva sin saber qué pretende. Fui muy clara al decirle que se acabó y no me interesan sus explicaciones. Aun así, no soy capaz de irme.
Sin decir una sola palabra, me empuja por la espalda hacia la derecha.
—¡Suéltame! —grito, sobresaltada, cuando me obliga a doblar una esquina de la mansión.
Él no responde, solo continúa avanzando, lanzando rápidas miradas por encima del hombro para asegurarse de que nadie nos sigue. Intento zafarme de su mano, pero su agarre no busca hacerme daño, pero sí busca imponer y dominar. Decidir por los dos con esa seguridad que me enfurece más.
—¿Qué quieres? —elevo la voz por encima de la música, apenas audible entre el bullicio.
—Necesito que me escuches.
Solo entonces se detiene.
—No sé qué coño haces. —Lo encaro todavía alterada—. ¡Estaba hablando con Adam!
—Sí... —responde con una rapidez cortante mientras frunce el ceño—. Estabas haciendo de todo menos hablar. Ese maldito tipo estaba intentando besarte.
—¡Te equivocas! ¡He sido yo quién lo ha besado! —replico con altivez, aunque apenas consigo sostenerle la mirada. Solo quiero que me deje en paz.
Esboza una sonrisa seca, casi incrédula.
—Si la vista no me está fallando ya, lo has apartado.
Antes de que pueda responder, me rodea la cintura con el brazo y me obliga a avanzar unos metros más, alejándonos todavía más de la fiesta.
Mientras tira de mí, continúa vigilando los alrededores con la misma atención.
Intento mantenerme cuerda, el contacto de su cuerpo me resulta tan familiar como insoportable.
Su firmeza me irrita y su cercanía me desarma.
Lo peor es que despierta recuerdos que quiero enterrar con todo mi ser.
—¡Suéltame, joder! —le grito mientras le aparto la mano de mi cintura—. ¡Adam me gusta!
Él se detiene en seco y sus ojos se endurecen.
—No te equivoques.
Da un paso más, apenas queda espacio entre los dos. Su pecho casi roza el mío y noto el calor que desprende incluso a través de la ropa.
—No te gusta y lo sabes —sisea, sin apartar los ojos de los míos—. Igual que sabes que nadie va a besarte como yo...
Su voz desciende hasta convertirse en un murmullo áspero. Inclina ligeramente la cabeza y su aliento roza mi oído, arrancándome un escalofrío que odio sentir.
—...y que nadie va a hacerte sentir como yo.
Abro más los ojos, sin dar crédito.
—¡Eres un puto arrogante, Brian Alexander Woods!
Su mirada se hunde en la mía con una intensidad enfermiza. Intento sostenerla, pero no puedo. Bajo los ojos por puro instinto y termino detenida en sus labios, demasiado cerca de los míos para poder reprimirme.
Giro el rostro de inmediato, negándome a seguir torturándome. Él no me lo permite, da un paso más; solo uno, uno que es suficiente para borrar cualquier centímetro de distancia entre los dos.
Su pecho me aprisiona contra la fachada de la mansión Sander y siento el peso de su cuerpo aplastándome. Su cálido aliento me acaricia el rostro y su perfume masculino me aturde.
Mi pulso se dispara.