Chapter 44
C uando el reloj todavía no ha marcado las siete de la tarde, Berta, Rebe y yo ya vamos montadas en el deportivo tuneado de Bram, camino de la fiesta organizada por la familia Sander. Ha venido a recogernos hasta la calle Stanford en un Lamborghini oscuro y Adam ya ocupa el asiento del copiloto.
—¡Buenas noches, bellas damas! —exclama él con exagerada galantería, sin apartar los ojos de mí.
Sus pupilas brillan de una forma extraña, como si hubiese empezado la fiesta mucho antes que nosotros. Las tres rompemos a reír al escuchar su comentario.
—¡Pues yo de dama no tengo nada, eh! —protesta Rebe entre divertida y resignada—. Estas dos me han obligado a ponerme un vestido, y tienen suerte de que, al menos, me guste el color.
Rebecca no exagera. Convencerla para arreglarse cuando hay una fiesta o un evento importante es una auténtica odisea. En eso no se parece en nada a la italiana ni a mí. Nosotras somos coquetas. Bueno... yo coqueta y Berta, directamente, pija. Muy pija.
—¡No te quejes tanto, Rebe! —la reprende Berta con una sonrisa—. Debes salir guapísima en las fotos del periódico. Recuerda que habrá prensa y un montón de gente importante. Ella responde únicamente con una mueca de resignación.
Bram pisa el acelerador y sube el volumen de la música.
Los primeros acordes de una canción de 50 Cent Y J.
Timerlake hacen vibrar el interior del coche y los graves retumban con fuerza en los altavoces.
Berta empieza a bailar en el asiento trasero como si ya estuviera en mitad de la fiesta, mientras Bram le guiña un ojo y le lanza un beso exagerado.
—¿Y qué? ¿Preparados para un fiestón? —grita antes de subir todavía más el volumen.
Durante unos segundos resulta imposible mantener una conversación.
—Me parece a mí que estos dos han empezado la fiesta sin nosotras —dice Berta entre carcajadas.
—Eso parece.
Nos reímos mientras Rebe continúa examinando su vestido con la misma expresión crítica con la que un juez estudiaría las pruebas de un asesinato.
Los quince minutos de trayecto transcurren entre canciones, bromas y conversaciones absurdas.
Terminamos tarareando letras que apenas conocemos y, casi sin darnos cuenta, llegamos a nuestro destino.
La mansión Sander aparece ante nosotros completamente iluminada, como si aquella noche fuera a celebrarse una gala de cine.
El exterior rebosa actividad. Hay invitados impecablemente vestidos que entran y salen de la propiedad, varios agentes de seguridad controlan los accesos y un pequeño ejército de fotógrafos intenta inmortalizar la llegada de cada personalidad importante.
Los flashes estallan sin descanso en la oscuridad, mientras la música procedente del jardín se mezcla con el incesante murmullo de cientos de conversaciones.
La fiesta está a otro nivel, he de reconocer. Muy a otro nivel.
Y resulta evidente que Rebe, Berta y yo estamos allí gracias a que Bram sale con Berta. De otro modo, jamás habríamos recibido una invitación para una celebración organizada por uno de los senadores más influyentes de Massachusetts.
Nada más bajar del coche, Adam se acerca hasta mí.
—Estás muy guapa esta noche.
Le sonrío justo cuando su mano roza con delicadeza la piel desnuda de mi espalda.
El vestido que llevo es largo, ajustado y combina tonos oscuros con matices granates.
Deja prácticamente toda mi espalda al descubierto y el tejido se adapta a mis curvas como una segunda piel.
Al principio me parecía demasiado elegante para mí, pero ahora, viendo el panorama, agradezco haberle hecho caso a Berta.
La observo de reojo y pienso que está espectacular. La minifalda plateada acentúa todavía más su cintura de avispa y el brillo metálico del conjunto combina a la perfección con su melena lisa, que cae sobre los hombros con una elegancia natural que muchas envidiarían.
Nada más entrar, nos dirigimos hacia una de las mesas reservadas para los invitados.
El jardín parece sacado de una revista de decoración de lujo, sin exagerar.
Decenas de guirnaldas luminosas cuelgan entre los árboles y proyectan reflejos dorados sobre las mesas cargadas de platos.
A unos metros, una enorme piscina refleja todas aquellas luces como si fuera un inmenso espejo.
—¿Con qué empezamos? —pregunta Rebe, frotándose las manos.
—Yo propongo un Frosé. Lo hemos pedido especialmente para esta noche y os va a encantar —anuncia Bram.
Asentimos y él hace una señal a uno de los camareros.
Pocos minutos después, varios empleados aparecen con bandejas repletas de bebidas y aperitivos que tienen una pinta espectacular.
Sobre nuestra mesa colocan una cubitera llena de hielo junto a varias botellas de alcohol que, probablemente, cuestan más que el coche de algunos estudiantes de Harvard.
El ambiente resulta distendido. Durante un buen rato cotilleamos sobre profesores, compañeros y los últimos rumores universitarios hasta que el señor Sander se acerca personalmente a saludarnos.
Lo felicitamos por su reciente ascenso y él agradece nuestras palabras con una sonrisa impecablemente ensayada.
Después nos comenta que ha hablado con el rector Brighton y que una de sus primeras medidas consistirá en ampliar las ayudas económicas destinadas a los programas internacionales.
La noticia provoca una reacción inmediata y todos empezamos a aplaudir.
Acto seguido, nos invita a hacernos una fotografía con él y llama con un gesto de la mano a varios periodistas.
Participo en la escena, sonrío cuando corresponde y asiento cuando toca, pero por dentro no puedo evitar pensar en lo hipócrita que resulta todo aquello. Si no fuéramos amigos de su hijo, ninguno de esos periodistas perdería un segundo en preguntarse quiénes somos.
—¡Brian, ven! —escucho decir al senador.
¿Brian?
Mis latidos se detienen. Literalmente.
Me llevo una mano al pecho y el suelo se tambalea, de repente. Levanto la cabeza y comienzo a buscarlo entre la multitud deprisa. Lo localizo enseguida, sentado en otra mesa a pocos metros de distancia. No me había dado cuenta de que estaba allí.
—¿Estás bien? —pregunta Berta junto a mi oído.
Le hago un gesto tranquilizador, aunque mi atención ya se ha desplazado hacia su acompañante. Lorraine está con él, y no sé por qué mis manos empiezan a temblar, estaba claro que iría con ella.
Lleva un vestido blanco ajustado que realza cada una de sus curvas y un escote demasiado llamativo. Está sentada junto a él y observo cómo toma su brazo con posesividad. Pero enseguida él aparta la mano de su esposa con una elegancia innata y se pone en pie.
El pulso se me acelera y la respiración se me vuelve irregular cuando empieza a caminar hacia nosotros. Si no me tranquilizo, voy a acabar desmayándome delante de toda esta gente. Me reprendo mentalmente, debería haber supuesto que estaría aquí. Debería haberme preparado, pero no lo hice.
Intento mirar hacia otro lado, obligarme a concentrarme en cualquier otra cosa, pero resulta imposible.
Álex mantiene los ojos clavados en mí mientras se aproxima y esa simple atención pesa sobre mis hombros más que cualquier mirada que haya recibido en toda mi vida.
Y, por mucho que intente ignorarlo, tampoco puedo evitar fijarme en lo jodidamente atractivo que se ve.
Más que nunca.
Lleva un traje negro impecable. La camisa blanca crea un contraste perfecto con la oscuridad del conjunto y hace que su presencia resulte todavía más impactante.
El cabello, cuidadosamente peinado hacia atrás, le da un aspecto elegante y peligroso al mismo tiempo.
Como si fuera perfectamente consciente del efecto que provoca.
Como si supiera exactamente cómo destruirme.
—Buenas noches —saluda con esa sobriedad tan característica.
No me mira.
—Brian, ¡encantado de tenerte aquí hoy! —comenta el senador—.
Me encantaría sacarte una foto con tus alumnos de la Escuela de Negocios.
Ellos serán los futuros agentes financieros de este país y tú eres su mentor —dice Sander, muy ocurrente—.
La popularidad es nuestro motor, amigo, y lo que alguien de Harvard no puede hacer es quedarse en la sombra.
—Menos hablar y más acción, Sander —le corta Álex en seco—. Vamos a sacarnos esa foto ya.
Dicho esto, mueve los labios con un leve gesto de nerviosismo.
Después se lleva la copa a la boca y da un sorbo a un líquido que no parece whisky, aunque ahora mismo podría estar bebiendo veneno y probablemente yo seguiría más pendiente de la forma en que sus labios se pegan al cristal que de cualquier otra cosa.
Intercambio una mirada preocupada con Berta y Adam.
Nosotros somos los alumnos del profesor Woods, ya que Rebe y Bram pertenecen a Derecho, así que la jugada política de Sander tiene todo el sentido del mundo.
Harvard, juventud prometedora, futuro financiero del país.
Un paquete de comunicación perfecto. Una campaña con piernas, sonrisas falsas y alumnos utilizados como atrezo de lujo.
¿Por qué debemos sacarnos una jodida foto ahora?
Siento el temblor en las rodillas al comprender que, quiera o no, voy a tener que acercarme a él. Al momento, la mano de la italiana se posa sobre mi antebrazo, y su gesto, aunque discreto, consigue tranquilizarme lo suficiente como para no salir corriendo en dirección contraria.
Cuando los fotógrafos nos hacen una señal, nos juntamos los cuatro para la dichosa foto y sé que no puedo negarme, porque llamaría demasiado la atención.
Empiezo a empujar a Berta delante de mí con toda la tranquilidad que soy capaz de fingir, de modo que ella queda a su lado y yo me coloco junto a mi amiga.
Adam queda en el otro extremo y Álex permanece entre él y Berta.
No aguantaría acercarme más sin que me diera un jodido infarto.