El profesor (El profesor 1) Chapter 43 #2
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Chapter 43 #2

Qué sensación tan reconfortante estar en casa.

La sigo con la mirada hasta que desaparece por el pasillo. Entonces vuelvo a coger el teléfono tras escuchar el pitido de un mensaje. Berta siempre me manda un mensaje cuando no respondo.

¿Estás bien? Si ese gilipollas te llama, pasa de él.

Suspiro con el alma encogida.

No me ha llamado, pero si lo hiciera, tengo que mantenerme firme.

Quizá insista durante unos días. Quizá me busque e intente hablar conmigo para convencerme de que todo tiene una explicación.

Pero, tarde o temprano, terminará cansándose y encontrará otro juguete con el que entretenerse.

El recuerdo de las palabras de Lorraine vuelve a golpearme con fuerza.

Empiezo a deslizar el dedo por las noticias de Internet, obligándome a mantener la mente ocupada.

«Desaparece de mi cabeza de una vez», me ordeno.

—¡Richard, trae la carne, nos morimos de hambre! —Escucho gritar a mi tío desde el jardín.

—¡Ya voy, mamón! —responde papá—. ¡También podrías mover el culo y venir a ayudarme!

El olor a carbón invade todo el jardín. Mi tío ya está discutiendo con mi padre sobre quién cocina mejor. Elisa, mi prima pequeña, les roba patatas fritas de una fuente enorme y Don corre de un lado a otro esperando que alguien deje caer un trozo de carne al suelo.

Mi tío siempre ha sido como un segundo padre para mí, y mis primas, como las hermanas que nunca tuve. Hoy, además, tenemos un motivo maravilloso para reunirnos: la familia acaba de crecer. En unas horas visitaremos a mi prima mayor en el hospital.

Saludo a mis tíos y me enseñan fotos del nuevo integrante de la familia. Tanto Lili como el bebé se encuentran bien, aunque tendrán que quedarse unos días más en observación. Y sí... esa cosita tan diminuta es absolutamente preciosa.

—Lisa, ¿quieres que os eche una mano? —pregunta mi tía Leonor tras ver a mi madre salir por la puerta que da al porche de nuestra casa.

Mi madre niega con la cabeza mientras terminamos de colocar los platos sobre la mesa del jardín. Mi tía no deja de sonreír. Atiende una llamada tras otra de familiares que quieren felicitarla por su recién estrenado título de abuela. Está radiante. Todos lo estamos.

—Aylin, dime una cosa —dice mi prima Elisa, dieciocho años recién cumplidos y la rebelde de la familia Vega—. ¿Qué crees que deberíamos comprarle al bebé? He visto un conjunto precioso, aunque también podríamos acercarnos al centro comercial a mirar más cosas.

Mientras habla, le hago una señal para que corte el pan.

—Perfecto, querida tita. Iremos al centro comercial.

Le guiño un ojo mientras ella me abraza emocionada.

—¡Oh, sí! ¡Soy tita!

Empieza a repartir el pan con una sonrisa que parece no caberle en la cara.

—Otra cosa... —Se acerca con expresión conspiradora—. ¿Qué te parece si esta noche vamos a Blay? Rob estará allí y ya sabes que mi padre no quiere ni oír hablar de él.

Vale, ya lo he entendido. Quiere utilizarme como coartada para verse con su novio gamberro, al que mis tíos no soportan.

—¡Porfis! —suplica juntando las manos—. Papá exagera. Rob no es como ellos creen.

Me lo pienso unos segundos, pero después le guiño un ojo.

—Me debes una.

Dicho y hecho. Tres horas después, con la barbacoa ya terminada, Elisa y yo entramos en uno de los bares más populares de Long Island. Fuera del verano, la isla puede resultar desesperadamente aburrida, pero esta noche el local está lleno hasta los topes y el ambiente rebosa música rock.

Reconozco a media clientela. El camarero sigue siendo el mismo que servía refrescos cuando éramos menores y fingíamos tener edad para entrar. En una esquina continúa la vieja máquina de dardos donde jugaba con mis amigos.

Mi prima empieza a buscar a Rob con la mirada hasta que, por fin, lo localiza al otro lado del local, rodeado de su grupo de amigos.

Me da un beso rápido en la mejilla y desaparece corriendo.

Yo me acerco tranquilamente a la barra. Estoy a punto de sentarme en un taburete cuando una cara conocida llama mi atención desde el otro extremo.

Cojo mi cerveza y camino hacia allí con una sonrisa.

—¿Cómo está el inconfundible sex bomb del instituto? —pregunto mientras dejo el vaso sobre la barra.

El rubio levanta la cabeza completamente sorprendido. Es alto, tremendamente atractivo, de labios gruesos y con esa sonrisa perfecta que parece sacada de un anuncio de pasta de dientes.

—No me lo creo… ¿Aylin? —Sus ojos recorren mi rostro de arriba abajo, como si no terminara de creerse que soy yo.

Sonríe con esa naturalidad tan propia de él y comienza a ponerme al día de todo lo que ha ocurrido en Long Island durante los últimos años. Por primera vez desde que he llegado, consigo olvidarme de Harvard, del profesor Woods y de todo lo que he dejado atrás.

Al menos durante un rato.

◆◆◆

—¡El teléfono! ¿Dónde está, joder?

Siento pequeñas punzadas en las sienes y los párpados me pesan como si llevaran plomo. Anoche me excedí con Dominic y, al final, regresé a casa tardísimo, después de dejar a mi prima en su barrio por petición de mi tío.

Abro los ojos con esfuerzo mientras el insistente sonido del móvil sigue martilleándome la cabeza. Localizo el bolso en el suelo y estiro un brazo desde la cama para alcanzarlo. Rebusco a ciegas hasta encontrar el teléfono y me pregunto qué hora será. Seguro que es Berta.

Intento incorporarme demasiado deprisa y, como siempre, calculo fatal las distancias. Resbalo por el borde del colchón y acabo estampada contra el suelo de parqué.

—¡Joder!

Me llevo una mano a la cabeza mientras recupero el móvil. Respondo todavía medio dormida.

—Buenos días, dormilona —se ríe al otro lado—. ¿Me equivoco o acabas de caerte de la cama?

—¿Cómo lo sabes?

—Porque te acabo de oír maldecir.

No puedo evitar reírme.

—Creo que necesito dormir una semana seguida.

Mientras Berta sigue hablando, mi mirada se desvía por puro instinto hacia la pantalla del teléfono.

Es sábado y me marché del ático el jueves.

Él no me ha escrito ni un solo mensaje. Ni una llamada, ni un intento de hablar conmigo.

Aprieto los labios e intento apartar ese pensamiento.

Al fin y al cabo, es lo mejor para olvidarlo.

—¿Lyn? ¿Me estás escuchando?

—Sí... perdona.

—Te decía que no te olvidaras de volver a Boston esta tarde. La fiesta empieza a las ocho.

Pongo los ojos en blanco cuando veo la hora —cerca del mediodía— y pienso en las pocas ganas que tengo de volver a Boston.

Y, además, tendré que buscar una buena mentira para mis padres.

Aprieto más el móvil contra el oído mientras le abro la puerta a Don, que ya está arañándola desde fuera.

Sé que mi peludo está deseoso de saltar a mi cama y lavarme la cara con sus lamidos.

—¿Quién es mi bebé? —le grito con ternura—. ¿Quién? ¡Ven aquí, tesoro! ¿Quieres saludar a la tita Berta?

Brinca a mi alrededor enloquecido y llena la casa de ladridos felices.