El profesor (El profesor 1) Chapter 43
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Chapter 43

L as puertas del ascensor apenas llegan a cerrarse cuando me derrumbo. Las lágrimas empiezan a caer de nuevo, pero esta vez sin que pueda detenerlas. Todavía tiemblo al ver la imagen de aquel hombre medio desnudo, con la máscara dorada y el aspecto de un guerrero romano.

Tengo la horrible sensación de estar cayendo al vacío, como si nada ni nadie pudiera salvarme. El dolor me oprime el pecho con tanta fuerza que apenas puedo respirar.

¿Es así el amor?

Si es así, no quiero volver a sentirlo nunca más.

Me pregunto cuándo empezó todo. En qué momento dejé de verlo como mi profesor para empezar a necesitarlo. Y, sobre todo, ¿cómo coño voy a arrancármelo de la cabeza... y del pecho?

«¡Por Dios, Aylin!», me reprocho en silencio.

Salgo del edificio y camino deprisa, hecha añicos por la humillación que acabo de vivir entre aquellas cuatro paredes.

Fui una completa insensata cuando le dije a Álex que quería conocer su mundo.

Quizá, en el fondo, solo necesitaba comprender qué escondía realmente detrás de aquella fachada fría y controladora.

Ahora ya lo sé.

¿Por qué me siento así? ¿Por qué se me ha ocurrido hablarle de amor, sabiendo perfectamente cómo es?

Intento olvidar y me seco las lágrimas con el dorso de la mano.

La noche ha caído sobre Boston y solo deseo encontrar un taxi cuanto antes.

Necesito alejarme de este lugar. Necesito olvidar que de verdad quería compartirme con otro hombre y que la sola idea parecía provocarle placer.

Necesito olvidar también que Elizabeth Stuart era su amante y que todos los malditos rumores eran ciertos.

El estómago se me encoge. Muy en el fondo sé que él tiene parte de razón.

Desde el principio dejó claras las reglas.

Nunca me prometió un futuro y la equivocada soy yo.

Creí que, con el tiempo, acabaría sintiendo por mí lo mismo que yo empecé a sentir por él.

Pensé que bastaría con quererlo para que él también me quisiera.

Consigo detener un taxi y miro el reloj. Las nueve y media.

Mientras subo al vehículo, busco en el móvil los horarios de autobuses hacia Long Island. Encuentro uno que sale dentro de media hora. Si el tráfico me da una tregua, llegaré a tiempo. Necesito irme. Lo necesito desesperadamente.

Diez minutos después entro en mi habitación de la residencia intentando aparentar una tranquilidad que no siento. Fuerzo una sonrisa al encontrar a la italiana tumbada en el sofá, escuchando música. Ella levanta la vista de inmediato.

—Qué rápido has vuelto, ¿no?

Intento responder, pero las palabras se me quedan atascadas en la garganta. Empiezo a moverme por la habitación casi sin pensar. Abro el armario, saco una maleta y comienzo a guardar ropa a toda prisa. Tampoco necesito mucho; en Long Island tengo suficiente para pasar el fin de semana.

—¡Lyn! ¿Qué haces con la maleta?

Berta se incorpora de un salto y se acerca con el pijama rosa de unicornios puesto. La preocupación se refleja enseguida en su rostro.

—Me voy a Long Island.

—¿Ahora? ¿A estas horas?

—Sí —respondo con evidente prisa, intentando no perder el autobús y, sobre todo, sin querer preocuparla.

Su expresión cambia por completo.

—Cariño... ¿has llorado?

—¡No! —respondo demasiado deprisa mientras bajo la vista.

No pienso reconocer tan fácilmente mi derrota.

—¡Aylin Vega! —me reprende con una seriedad impropia de ella mientras me sujeta por los hombros—. ¡Te conozco mejor que tu propia madre!

Me zarandea con suavidad, obligándome a volver a la realidad.

—Berta...

El nombre apenas sale de mis labios antes de que vuelva a formarse aquel maldito nudo en el pecho. Me odio por ser tan sensible. Por haberme enamorado precisamente de la única persona de la que nunca debí hacerlo.

—¿Qué ha pasado? —pregunta con la voz completamente quebrada por la preocupación.

Respiro hondo, esta vez ya no soy capaz de seguir fingiendo.

—Nunca debí fijarme en mi profesor.

Las lágrimas terminan por vencerme. Por más que intento contenerlas, acabo rompiéndome del todo. El llanto me sacude el pecho y siento un dolor tan profundo que apenas puedo respirar. Es como si alguien me hubiera partido el alma en dos al asumir que lo nuestro ha terminado.

—Ay, cariño... sé que lo quieres.

¿Quererlo?

Oh Dios. Lo amo. Lo amo tanto…

¿Por qué ahora? ¿Por qué él?

Quizá porque el amor no entiende de tiempos, edades ni normas. Simplemente llega. Y tal vez por eso los amores imposibles son los más crueles. Primero se convierten en tu lugar favorito del mundo y, después, la vida se encarga de recordarte que nunca podrás quedarte a vivir en él.

Me aferro a Berta con todas mis fuerzas y rodeo su cuello con los brazos. Ella me abraza sin decir nada más, dejándome ahogar el llanto en su cabello.

—Llora, mi amor... —susurra mientras me acaricia la espalda con suavidad.

—Estaré bien... —murmuro entre suspiros, intentando convencerme a mí misma más que a ella—. Pero ahora tengo que irme. El taxi me está esperando. Por favor, coge todos los apuntes de mañana.

Me seco las lágrimas deprisa con la manga de la chaqueta y me separo de ella. Miro el reloj con ansiedad; apenas me queda tiempo. Cojo la maleta y abro la puerta.

—Lyn... —me llama antes de que salga—. Escríbeme cuando llegues.

Asiento en silencio.

Salgo de la habitación a toda prisa mientras ella se despide con una mano. Apenas quince minutos después ya estoy subiendo al autobús que me llevará de vuelta a Long Island.

◆◆◆

Unos suaves lametones en la cara me arrancan del sueño. Abro los ojos poco a poco y lo primero que encuentro es un enorme hocico color avellana y dos ojos rebosantes de alegría observándome fijamente.

—¡Don, bebé! —exclamo emocionada mientras me lanzo a abrazarlo.

Empiezo a acariciar a mi labrador con una sonrisa, y no podría ser diferente.

Tiene apenas dos años, un pelaje tan suave que parece un peluche y una energía inagotable.

Mueve el rabo con tanta fuerza que casi tira la lámpara de la mesilla antes de subirse a la cama para acurrucarse a mi lado.

Él fue el único que supo que había vuelto a casa la noche anterior.

Me incorporo cansada y paseo la mirada por mi habitación.

Las paredes, los libros, las fotografías y los pequeños recuerdos de mi infancia siguen exactamente igual que siempre.

El viejo atrapasueños que colgué con catorce años continúa balanceándose junto a la ventana, y sobre la estantería sigue descansando el trofeo de aquel concurso de debate que tanto orgullo les hizo sentir a mis padres.

Incluso el perfume a lavanda que mi madre coloca en los cajones permanece intacto. Nada ha cambiado aquí.

Resulta irónico que ahora mismo esté en Long Island cuando, en realidad, debería estar sentada en un aula de la universidad asistiendo a clase. Es viernes.

Me pongo mis zapatillas con forma de conejo y, después de pasar por el baño y cambiarme a unos vaqueros y una cómoda camisa de cuadros, bajo deprisa la vieja escalera de madera, que cruje exactamente en los mismos peldaños de siempre.

Paso junto a las fotografías familiares del pasillo: mis padres el día de su boda, yo disfrazada de astronauta con ocho años, mis primas y yo completamente cubiertas de barro después de una tarde en el lago.

Siempre miro esos cuadros mientras bajo la escalera.

No sé qué hora es exactamente, pero el murmullo que llega desde la cocina me hace pensar que aún es temprano. Mis padres ya deben de estar desayunando. Sonrío al imaginar sus caras cuando me vean aparecer.

Don baja delante de mí, incapaz de contener la emoción. Salta, mueve la cola sin descanso y ladra una y otra vez.

—Shhh... —le digo llevándome un dedo a los labios.

Inútil.

Mi peludo está demasiado feliz para obedecer. No se separa de mí ni un segundo, como si quisiera asegurarse de que no voy a volver a marcharme.

La cocina desprende ese aroma tan característico a café recién hecho, pan tostado y canela. Sobre la encimera ya hay fruta cortada, una cesta llena de bollos y el viejo mantel de cuadros que mi madre insiste en sacar todos los fines de semana, aunque lleve años diciendo que piensa cambiarlo.

—¡Buenos días! —saludo levantando una mano.

—¡Ahhh! —Mi madre da un pequeño grito del susto antes de llevarse las manos al pecho—. ¡Cariño! ¿Qué haces aquí?

Me abraza con tanta fuerza que casi me deja sin aire. Lleva el cabello rubio recogido en un moño improvisado y una de sus inseparables batas floreadas. Siempre le han encantado las flores.

Desde el porche se ve el jardín que mi madre ha cuidado desde que yo era pequeña. Cada rincón tiene algo plantado por ella. Siempre dice que las flores hablan mejor que las personas. Nunca la he entendido del todo, pero cada vez que vuelvo a casa comprendo por qué nunca ha querido mudarse.

—Hija, te esperábamos esta tarde —dice mi padre mientras también me rodea con un brazo—. ¿Cuándo llegaste?

—Anoche, papá.

—¿Y por qué no nos despertaste?

Sonrío.  Necesito distraerme para que no saquen el detector de mentira.

—¿Qué quieres desayunar? ¿Huevos? ¿Beicon? ¿Te hago también unas salchichas?

No puedo evitar reírme. Mamá ya está revoloteando por la cocina, nerviosa, sacando cosas del frigorífico y encendiendo la sartén.

—Es muy tarde, la hora del desayuno ha pasado.

—Tus tíos y tu prima están en jardín, calentando la barbacoa. Se llevarán una sorpresa.

—Hija, ¿hoy no tenías clase? —pregunta mi madre con suspicacia mientras deja una taza de café sobre la mesa.

—No. Los profesores han faltado.

Bajo la cabeza porque es una verdad a medias.

—Pues prepárate, porque después de comer iremos a comprar unas cosas y luego pasaremos por el hospital a ver a tu prima. ¡Acaba de tener al bebé!

—¿De verdad? —La miro con los ojos como platos—. ¿Lili ya ha sido mamá?

En ese instante suena la melodía de Juego de Tronos en mi móvil y el corazón me da un vuelco. Lo escondo casi por instinto. Pero no es él, sino Berta.

—Bueno... voy a subir a vestirme, no quiero comerme la barbacoa en pijama. —Se acerca y me deja un beso en la mejilla.