El profesor (El profesor 1) Chapter 42 #3
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Chapter 42 #3

—Me dijiste que era especial para ti —dice sin mirarme—. Me dijiste que no había ninguna otra mujer en tu vida.

Su voz está completamente derrotada.

—¡Y lo eres!

Intento acercarme, pero ella vuelve a levantar aquella barrera invisible entre los dos.

—¿De qué manera? —pregunta apartándome con los ojos inundados de lágrimas—. ¿Compartiéndome con otro hombre aquí mismo... en tu propia casa?

—Solo quería comprobar mis teorías.

—¿Aquí? ¿En el mismo sitio donde hace dos días me hiciste sentir la mujer más especial del mundo? —Señala el suelo con el dedo.

Cada palabra me cuesta un esfuerzo sobrehumano porque por dentro estoy completamente roto. Pero no puedo permitirme mostrarlo. Entrelazo las manos a la espalda y vuelvo a convertirme en el hombre de hielo que todos esperan ver. Es la única forma de no derrumbarme.

—Era necesario —respondo con firmeza—. Gracias a esto he comprendido que mi teoría era cierta. No estás preparada.

Me mira ausente, como si algo en ella se hubiese roto de repente.

—Tienes razón. No lo estoy —replica con una decepción latente en la voz—. Ni estoy preparada, ni quiero seguir más con esto. Se acabó.

La miro desconcertado.

—Todo fue un error —finaliza.

—¡No fue ningún maldito error! —estallo, dando dos pasos hacia ella—. Sabías a lo que te exponías cuando te acostaste conmigo en Miami, ¡joderrr!

—Álex...

Enfoco dos lágrimas que se deslizan por sus pómulos lentamente.

—En Miami no solo me acosté. Me entregué a ti y yo… —dice con voz rota mientras se pasa el dorso de la mano por la mejilla.

—Aylin... —Aprieto los dientes—, ¡maldita sea!

Las lágrimas caen por sus mejillas y sus hombros se estremecen. Verla llorar es infinitamente peor que recibir cualquier golpe. No, esto no puede estar pasando.

—Quizá te parezca inmaduro y… poco compatible con tu doctrina —habla derrotada—.

Pero me he dado cuenta de que mi corazón no entiende de normas, como el tuyo.

Y sí, tienes razón, no puedo culparte. La culpa es mía.

—Me dedica una sonrisa rota—. Pensé que, tarde o temprano, tú también sentirías lo mismo. Menuda gilipollas, ¿verdad?

Su voz se quiebra aún más, pero no baja la mirada en ningún momento. Entonces, mi paciencia se agota y el miedo a perderla se adueña de mis sentidos.

—¡Yo también me entregué a ti! ¡Me vuelves completamente loco! ¡Me encantas! ¡Adoro tu cuerpo, tu...!

—Mi cuerpo... —me interrumpe con una sonrisa amarga—. ¿Lo ves? Yo no estoy hablando de eso.

Le acaricio las mejillas con infinita delicadeza, intentando secar unas lágrimas que no dejan de brotar.

—¿Entonces de qué estás hablando?

Ella aparta mis manos y el asco que revela su mirada se me clava como un dardo envenenado.

—Del amor… —susurra con una calma que me parte en dos—. Estoy hablando de amor, Álex.

Se me corta el aliento.

¿Ha dicho «amor»?

Durante un instante soy incapaz de respirar. La palabra resuena en mi cabeza una y otra vez, mientras una sensación extraña, difícil de describir, empieza a extenderse por mi pecho. Me quedo inmóvil, completamente desconcertado. No esperaba esa respuesta. No después de avisarla desde el principio.

¿Amor?

Jamás le mentí acerca de mis intenciones. Siempre fui claro con ella. Nunca le prometí un futuro, ni una relación, ni mucho menos algo tan peligroso como el amor. Creía haber dejado muy claro que en mi vida no existía espacio para eso.

—Yo no sabía que... ¿Tú me...? —Levanto las manos con la intención de volver a acariciarle las mejillas, pero me detengo a medio camino.

Mierda.

Las dejo caer a ambos lados del cuerpo. No encuentro las palabras y estoy más perdido que nunca.  Su confesión me ha desarmado por completo.

Ella exhala despacio y dirige la vista hacia la puerta.

—En realidad, sabía que esto acabaría pasando.

Arquea los labios con una sonrisa cargada de dolor al comprobar mi desconcierto.

—¡Vale! —exclamo desesperado—. Déjame explicarte. Yo podría...

No me da la oportunidad de seguir, simplemente se da la vuelta, recoge la chaqueta de cuero del sofá y comienza a caminar hacia la puerta.

Noto cómo una presión insoportable me oprime el pecho. Nunca había experimentado una sensación semejante. Verla marcharse de ese modo resulta mucho más doloroso de lo que jamás habría imaginado.

—¡No puedes irte! —grito, incapaz de contenerme un segundo más.

Antes de que dé el siguiente paso, estampo la mano contra la puerta y la cierro de golpe. El estruendo retumba por todo el ático. Mi brazo queda apoyado junto a su cabeza, cortándole el paso.

—No he terminado contigo, ¿me oyes?

Ella permanece inmóvil durante un instante. Ni siquiera se gira.

—Yo sí he terminado… señor Woods.

El aire deja de entrar en mis pulmones al oír esa palabra tan formal de su boca, como si intentara imponerme una distancia que sé que no seré capaz de respetar.

Aprieto la mandíbula y mantengo la mano clavada en la puerta.

—No puedes marcharte así. No después de todo lo que hemos vivido.

Entonces gira apenas la cabeza y responde con una calma que me atraviesa sin piedad.

—Lo que no puedo es quedarme. Y ahora apártate.

Nos miramos por un instante y sé que jamás olvidaré esa mirada.

No refleja rabia ni odio, lo que veo es infinitamente peor.

Me mira con decepción y tristeza.  Es la mirada de una mujer que se va de mi casa con el corazón roto.

Y no es la primera, pero sí la única que es capaz de hacerme sentir algo extraño. Sufrimiento.

—Por favor... —musito con la garganta completamente cerrada.

Mi mano tiembla. Los dedos, que hasta hace un segundo mantenían la puerta cerrada, empiezan a perder fuerza. Ella nota el cambio y baja el pomo deprisa. Yo podría volver a impedírselo. Podría, pero no lo hago.

—Adiós... —susurra con la voz quebrada.

La palabra resuena dentro de mí como un disparo. Retrocedo instintivamente, incapaz de procesar lo que acabo de escuchar.

Ella simplemente abre la puerta y sale sin volver la vista atrás.

Se dirige al ascensor. Las puertas se cierran y no soy capaz de hacer absolutamente nada.

Permanezco allí, apretando el filo de la puerta, observándola mientras desaparece tras el acero, con el rostro completamente cubierto de lágrimas.

Después, solamente se oye el mecanismo cuando comienza a descender.

Las piernas me flaquean y siento que el equilibrio empieza a abandonarme.

Durante unos segundos me aferro a la absurda idea de que todo esto no es más que una pesadilla y de que, en cualquier momento, despertaré para descubrir que sigue aquí, a mi lado.

Los dos acurrucados en mi sofá. Ella haciendo arepas en mi cocina.

Yo despertándome con su pierna en mi cintura, en mitad de la noche.

Pero no despierto. Ella acaba de marcharse de verdad.

—¡Por Zeus...! —maldigo entre dientes mientras aprieto los puños con fuerza.

¿Cómo demonios ha podido pasar esto?

Cierro de un violento portazo que hace temblar toda la casa. Empiezo a caminar de un extremo al otro del salón, incapaz de permanecer quieto un solo instante. Me falta el aire y siento que algo se ha resquebrajado dentro de mí.

Una parte de mí quiere salir corriendo detrás de ella. La otra me obliga a quedarme. Sé que no solucionaría nada. Sé que ahora necesito respirar. Necesito pensar y recuperar el control antes de cometer una locura. Porque sé que por ella sería capaz.

—¡Ahhh! —gruño desesperado, incapaz de contener toda la rabia que llevo dentro.

De un manotazo barro la barra del salón. Las botellas salen despedidas y los vasos de cristal estallan contra el suelo en una lluvia de fragmentos que se dispersan por toda la estancia.

—¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhh!

Mi propio rugido rebota contra las paredes del ático y vuelve hacia mí convertido en un eco desgarrador.

Y después… silencio. Un silencio insoportable.

Todavía puedo verla cruzando la puerta del ascensor con los ojos llenos de lágrimas. Todavía puedo escuchar su voz despidiéndose de mí.

«Adiós...»

El pecho me arde y tiemblo.

«¡Piensa, Brian! ¡Piensa!», me ordeno una y otra vez.

Me obligo a respirar hondo y a analizar lo ocurrido como he hecho siempre con cualquier problema. Desmenuzarlo y buscar el fallo. Encontrar la variable que lo ha desencadenado.

Pero esta vez no funciona porque no encuentro lógica alguna, solo imágenes. Ella llorando. Ella alejándose. Ella mirándome como si yo fuera un desconocido.

Entonces noto cómo los ojos empiezan a humedecerse al asumir una realidad que me niego a aceptar.

La perdí.

La perdí de verdad.

Me dejo caer sobre el sofá y apoyo los codos en las rodillas. Entierro el rostro entre las manos mientras intento recomponer las piezas del puzle. Repaso cada palabra, cada gesto, cada mirada. Aquella maldita conversación vuelve a mi mente.

—¿Entonces de qué estás hablando?

—Del amor...

La palabra me golpea y levanto la cabeza de golpe.

¿Amor?

Mi pecho vuelve a contraerse.

—¿¡Amor!?... ¿Amor? —repito con rabia—. ¡No creo en el maldito amor, joder!

Mi propio grito rebota contra las paredes.

«¡No creo en el puto amor, Aylin!», ruge mi razón, negándose a ceder.

Aprieto los puños hasta clavarme las uñas en la piel. La garganta se me cierra y una presión insoportable me oprime el pecho.

«No creo en el amor...», repito para mis adentros, como si necesitara convencerme. Debo convencerme.

No, no creo en el amor.

¿Por qué?

Porque el amor te invade como la droga más letal y te devora al completo, sin excusas ni preámbulos. Porque aniquila tu razón. Porque primero se convierte en tu falso amigo, después en tu enemigo y, finalmente, en tu dueño.

Y yo no tengo dueños.

Dos malditas lágrimas resbalan despacio por mis pómulos.

Para vivir este capítulo con mayor intensidad, te recomiendo escuchar

Te perdí , de SHÉ.