El profesor (El profesor 1) Chapter 42 #2
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Chapter 42 #2

El hombre permanece inmóvil, tal y como le ordené que hiciera. Yo, en cambio aprieto la mandíbula con tanta fuerza que noto cómo crujen mis propios dientes. Algo dentro de mí se revuelve y mi cabeza rechaza la escena con una violencia irracional.

—Tengo que admitir que es muy atractivo... —murmura sin apartar la vista del joven, después gira apenas el rostro hacia mí—. Tienes buen gusto.

La puñalada entra limpia y simplemente no aparto la mirada de ella. Ni pestañeo. Por dentro siento cómo algo empieza a arder cuando ella vuelve a sonreír. Es la misma sonrisa falsa.

Aylin siempre ha sido luz y moral. La mujer incapaz de cruzar determinadas líneas simplemente porque existían. La mujer que discute conmigo por cuestiones éticas y la que me decía que los principios la hacían feliz. La misma que se sonroja cuando le susurro algo obsceno al oído.

Y, sin embargo, ahí está, acariciando a otro hombre como si pudiera desearlo y estuviera dispuesta a tenerlo entre sus piernas.

Toda la estructura lógica que había construido alrededor de ella empieza a resquebrajarse. Otra vez. Maldita sea, ¿pero de qué podría culparla? Era lo que quería, que ella accediera y que fuese mía. Que la tuviese allí, en mi maldito templo.

—¿Cómo sabías que me gustaban los rubios?

Esa pregunta termina de rematarme. No responde únicamente a esta situación, de hecho, responde a todas las veces que he creído conocerla en todo este tiempo. Por una fracción de segundo incluso, no estoy seguro de si sigo haciéndolo.

La observo luchar por mantener esa fachada —o al menos es lo que quiero pensar— mientras vuelve a posar la mano sobre el pecho del chico. Después se gira hacia mí.

—Bueno... —dice con demasiada naturalidad—. ¿Dónde?

Levanta una ceja.

—¿Aquí, en el sofá? ¿Sobre el suelo? ¿O… —hace una pausa— en el ascensor?

Reconozco mis propias palabras golpeándome de vuelta y el recuerdo tan íntimo en ese maldito ascensor. Durante un instante tengo que hacer un esfuerzo descomunal para controlar la expresión de mi rostro y el silencio se vuelve insoportable. Hasta que doy un paso al frente.

—Hoy no —clamo con voz fría apretando los puños.

El chico me mira de reojo, esperando instrucciones, ni siquiera tengo que alzar la voz.

—Puedes irte.

Exhalo el aire frustrado y hago una señal.

Sin decir nada, el pornos vuelve a la habitación, recoge su ropa y termina de vestirse con rapidez.

Durante esos interminables segundos, ella no aparta la vista de la puerta por la que acaba de desaparecer, mientras yo recorro el salón con las manos hundidas en los bolsillos, intentando comprender qué está ocurriendo.

Cuando el chico sale definitivamente, lo acompaño hasta la puerta mientras termina de colocarse la camiseta. Cierro la puerta con el ceño fruncido. Estoy completamente descolocado, necesito saber qué está pensando. Y, sobre todo, necesito saber la verdad.

Ella permanece inmóvil, con la mirada perdida en algún punto del salón. Me acerco velozmente a ella, quedándome a solo unos centímetros.

—Dime qué demonios estás haciendo, Aylin. —Clavo los ojos en los suyos—. Acabas de…

No llego a terminar la frase porque su mano impacta de lleno contra mi mejilla. La bofetada resuena por todo el salón y el escozor se extiende de inmediato por mi piel.

Me toco el rostro, incapaz de apartar la vista de ella. Definitivamente, esto no pinta nada bien.

Empiezo a hervir por dentro, con todos mis sentidos bombardeados de golpe, pero la he visto venir. No me sorprende ni me jode. Lo que sí me jode es que haya intentado engañarme haciéndome creer que está preparada, con tal de alcanzar sus objetivos. Con tal de llevarla a ese sitio.

¡Demonios!

Esta mujer tiene la capacidad de llevarme al límite en cuestión de segundos. Alimenta mi cólera con la misma facilidad con la que despierta mi deseo. Cuanto más furiosa está, más insoportable resulta la necesidad que siento de acercarme a ella.

—¿Me quieres pegar? ¡Venga! ¡Golpéame! —Me inclino hacia ella, incapaz de dar crédito a lo que acaba de ocurrir—. ¿Pero sabes qué? No me lo merezco.

Su mirada destila ira y desprecio.

Los latidos golpean mi pecho con violencia y la frustración por ver cómo todo se ha desmoronado me devora por dentro.

—Recuerda con quién estás hablando, Aylin, maldita sea. Recuerda que estás hablando con un amo . ¿Sabes lo que eso significa? ¡Que estás probando mis malditos límites!  —Aprieto su mentón con fuerza y la obligo a mirarme mientras acerco mi rostro al suyo.

—¿Qué coño haces? —Me aparta la mano de su barbilla—.

Has sido tú quién ha llamado a ese hombre.

—Su respiración se entrecorta mientras los labios le tiemblan de rabia—.

¿Pero sabes qué es lo peor, Álex? ¡Que estaba ciega!

Tu puto ego no soporta ver cómo elogio a otros —retrocede otro paso, mirándome con un resentimiento que me atraviesa el pecho.

Me acerco casi por instinto. Necesito que me escuche y salir de dudas, ¡maldita sea! Necesito tocarla.

Cuando mi pecho roza el suyo percibo el miedo reflejado en sus ojos y, aun así, no soy capaz de detenerme. Tiembla cuando la acorralo entre el sofá y el aparador. No puedo soportar tenerla lejos ni un segundo más.

—Has fingido que te gustaba…  —murmuro con un hilo de voz.

—¿Eso es lo único que te importa?

Quiero abrazarla, pero antes siquiera de intentarlo vuelve a empujarme con todas sus fuerzas.

—¡Atrás, joder!

El golpe me obliga a retroceder un paso. Me quedo inmóvil unos instantes, sintiendo el ardor que han dejado sus manos sobre mi pecho. Ella aprovecha para apartarse y se dirige decidida hacia la puerta.

No. No voy a dejar que abandone mi casa sin escucharme. La alcanzo casi al vuelo y la tomo por las caderas.

—¿Adónde crees que vas? —pregunto furioso e incrédulo—. ¿A qué demonios estás jugando?

—¿A qué estás jugando tú? —ruge.

—¡Maldita sea! Me estás volviendo loco… ¡no entiendo nada!

Empieza a forcejear con tanta intensidad que termino tomándola por ambos brazos.

—¡No hace falta que lo entiendas! De todas formas, nunca podrías hacerlo. Y ojalá hubieses terminado lo que has empezado. —Sus ojos vidriosos me atraviesan como un rayo.

—¡Estabas fingiendo! —le vuelvo a gritar, acercándola a mí—. De lo contrario, ten claro que hubiese llegado hasta el maldito final. Lo que más me jode es que me intentaras engañar.

Sus labios quedan entreabiertos y me mira como si tuviera a un chiflado delante de sus narices.

—Gracias por responder a la pregunta que llevo haciéndome desde que he llegado. —La decepción en su mirada me golpea mucho más que la bofetada—. Gracias por recordarme quién eres, una vez más.

—Me dijiste que estabas dispuesta a conocerme, ¡diablos! —respondo con dureza, completamente desconcertado—. ¿Cómo pensabas hacerlo?

Levanta la barbilla, desafiante. Su siguiente pregunta me deja sin respiración.

—¿Hiciste lo mismo con Beth?

Abro los ojos de golpe y siento un vacío en el estómago.

Imposible. Ella no puede saber nada de Beth, a no ser que leyera el puto mensaje que Lorraine me envió mientras estábamos en Miami. O haya escuchado rumores, aunque todos están a mi favor; me encargué de que así fuera.

—¿De qué estás hablando? —Vuelvo a sujetarla por los brazos.

La ansiedad empieza a cerrarme la garganta y aprieto los dedos sobre sus hombros sin darme cuenta.

—¡Respóndeme! —rujo.

—¡Elizabeth Stuart! —Se sacude intentando librarse de mí, presa de un evidente ataque de ansiedad—. ¿Hiciste lo mismo con ella? La perseguiste, la conquistaste, la hiciste abortar... ¡y se suicidó por tu culpa!

La frase me atraviesa como una bala.

La observo atónito, sus ojos brillan por las lágrimas y su rostro está completamente desencajado. El miedo me invade de la nada porque siento que la he perdido.

—No te atrevas a hablar de algo que desconoces... —mi voz se quiebra.

El pecho me duele y no soporto imaginar que pueda verme como un monstruo. Aunque, en cierto modo, lo sea.

—Solo di que no lo hiciste, Álex… ¡Dilo, joder! —Me golpea el pecho con la palma de la mano.

La incertidumbre me paraliza y los recuerdos regresan con una violencia insoportable.

—¡Ya basta! ¿Quién te ha contado lo de Beth? Ha sido Lorraine, ¿verdad? —Intento sujetarla por la cintura para tranquilizarla, pero continúa forcejeando conmigo.

—¡Sí! ¡Fue ella! —exclama, sin dejar de temblar—. ¿Vas a negar que tuviste una amante a la que dejaste embarazada?

—¡Diablos, no pienso negarlo! —suspiro—. Pero no es tan fácil de explicar, y yo simplemente no puedo…

Las palabras dejan de obedecerme. Nada es lo que parece y no sé cómo contarle la verdad sin revelar todo aquello que jamás debería saber. Y más ahora que tengo muy clara mi decisión.

—¡He sido una estúpida! —susurra con amargura—. Me tenía que haber creído los rumores.

Se lleva una mano a la cabeza y baja la mirada. Verla así me destroza.

—Aylin, por favor... —imploro mientras intento acercarme otra vez—. Solo necesito que confíes en mí y tengas paciencia. ¡No puedes exigir respuestas todo el maldito día! ¡No tienes ningún derecho a hacerme esto cuando lo único que te pedí es que respetaras mi silencio!

La ansiedad termina por vencerme.

Las palabras salen disparadas antes de que pueda detenerlas. Su gélida mirada me estremece y vuelvo a colocarme mi coraza, mi espacio seguro. No pienso permitir que escarbe en un pasado que tanto me ha costado sepultar. Ella no tiene derecho a meterse tanto en mi vida.

—Entonces… perdón —responde indignada—. La verdad es que me equivoqué al querer conocerte.

Baja la cabeza y sus ojos empiezan a llenarse de lágrimas.

Me llevo el puño a la boca, no tolero más la ansiedad y el dolor que percibo en sus palabras me aplasta. No puedo verla así. Simplemente no puedo. Aprieto la mandíbula hasta hacerme daño.

—Aylin... —susurro con la respiración completamente descompuesta—. Solo hay una verdad. Sabías a qué te exponías desde el principio y ahora no puedes culparme por ello.

Necesito que lo entienda. Necesito que recuerde todo lo que le conté. Mis advertencias. Todo lo que podía ofrecerle, y lo que no.