El profesor (El profesor 1) Chapter 42
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Chapter 42

E scucho mi propia respiración. Los nervios empiezan a atenazarme y recurro a la solución más inmediata —y menos sensata—: servirme un whisky. No. En realidad, voy a necesitar más de uno. Aflojo el nudo de la corbata. No, mejor me la quito. Al diablo con ella.

Echo un vistazo al reloj. Quedan menos de quince minutos para que Aylin llegue.

Estos últimos días apenas he tenido un respiro.

He supervisado personalmente varios puntos de entrega y el tiempo se me ha escapado entre los dedos.

Ella, sin embargo, conoce una versión completamente distinta de la realidad.

Cree que he estado fuera de Boston por asuntos profesionales.

Esta mañana he intentado llamarla, pero no ha respondido.

Simplemente se ha limitado a enviarme un mensaje breve.

También me he ofrecido a recogerla en la residencia, pero me ha contestado con una frialdad poco habitual, dejándome claro que no hacía falta.

Ha dicho que vendría en taxi hasta mi ático.

No dejo de darle vueltas a ese cambio de actitud.

Muy en el fondo espero que no le ocurra nada.

Intento convencerme de que simplemente estará agobiada con los exámenes.

Lo último que necesito esta noche es encontrarme a una Aylin distante o de mal humor.

Más que nunca necesito que afronte con la mente abierta la sorpresa que le tengo preparada.

Empiezo a caminar de un lado a otro del salón, completamente bloqueado. Tengo unas ganas insoportables de verla. Me llevo el vaso a los labios porque necesito hacer algo con las manos para tranquilizarme.

¡Diablos!

Sin esta última prueba jamás permitiría que Aylin entrara voluntariamente en mi mundo.

He analizado una y otra vez cuál es la decisión correcta. Jamás había dudado tanto de mí mismo. Jamás.

Aylin ha demostrado ser una mujer extraordinariamente valiente. Aceptó sin rechistar la carga de trabajo que puse sobre sus hombros. Me llevó la contraria siempre que lo creyó necesario. Y también aceptó explorar conmigo un terreno que otra mujer habría rechazado sin pensárselo dos veces.

Además… me dijo que confiaba en mí.

Insiste en que puede soportarlo todo y me desafía. Sin embargo, no tiene ni idea de la oscuridad que tendría que abrazar. Yo sí. Por eso dudo tanto.

Me acaricio el mentón mientras reflexiono. Quizá esta prueba no sea únicamente para ella, sino también para mí. Porque, si la supera, ya no tendré ninguna razón para mantenerla lejos. Y entonces tendré que hacer lo correcto, y serme fiel a mí mismo y a nuestro decálogo.

Todo esto me resulta agobiante, porque necesito certezas y, por ahora, no las tengo. Sin ellas, el ruido de mi cabeza no cesa.

Aprieto la mandíbula con frustración. La señorita Vega ha conseguido alterar un sistema preciso que llevaba décadas funcionando. Se ha metido en mi sangre, en mis pensamientos y en cada puta decisión que tomo. Y, aun así…

Maldita sea.

De repente, suena el teléfono y estoy tan alterado que casi mando la llamada a la mierda. Al momento cambio de opinión, quizá sea algo importante.

—Hola —digo con voz grave antes de apurar el whisky.

—Tenemos que hablar.

La persona guarda un breve silencio. Mi hermano nunca ha necesitado demasiadas palabras.

De los dos, siempre ha sido el más reservado, incluso más que yo.

Antes de que perdiéramos a Samantha y a nuestros padres ya era un hombre de pocas palabras, pero desde entonces el silencio terminó convirtiéndose en su refugio.

Lo comprendo, cada uno aprende a sobrevivir como puede.

—Brian, necesito que mañana por la noche estés aquí.

—Lo sé. Hoy me es imposible, pero descuida. Lo he dejado todo preparado —respondo con serenidad—. Mañana asistiré a la junta, pero el sábado no podré estar.

—¿Por qué?

—Lorraine y yo tenemos un compromiso al que debo acudir como representante de la universidad.

—Vale. Me alegro de que estéis mejor.

—Tú recibirás al gobernador. Y con cuidado. Sabes perfectamente lo que controla y nos conviene tenerlo de nuestro lado. —Voy directamente al asunto importante.

—De acuerdo. Pero el siguiente transporte tendrás que gestionarlo tú. Yo estaré fuera casi una semana.

—¿Alguna novedad?

—Max acaba de llamarme. Ya tenemos al responsable del atentado de mi coche.

Mi expresión no cambia, era cuestión de tiempo.

Permanezco unos segundos en silencio, haciendo girar el vaso de whisky entre los dedos.

—Entonces ya sabes lo que toca.

Jack no necesita más explicaciones.

—Entendido.

La llamada termina sin despedidas y lo agradezco, porque justo en ese momento suena el timbre y miro la pantalla del portero. Justo a quien esperaba. Pulso el botón del portal y aprovecho los siguientes minutos para revisar algunos correos pendientes.

Cuando llaman a la puerta, camino hasta ella con paso decidido y la abro sin demora. Ahí está, el hombre al que he mandado llamar.

—Entra —ordeno con serenidad.

No dice una sola palabra, se limita a bajar la cabeza, como debe hacerse en mi presencia.

—A la derecha tienes una habitación. Puedes cambiarte ahí. Lo tienes todo preparado, no tardes —le indico.

Él se limita a asentir.

Empieza a anochecer y Aylin sigue sin aparecer. Lleva diez minutos de retraso y los nervios empiezan a devorarme. Me maldigo por haberle hecho caso. Debí insistir en recogerla personalmente y asegurarme de que llegara bien.

La incertidumbre me está consumiendo. He organizado encuentros como este decenas de veces, y para mí siempre ha sido un procedimiento rutinario, casi mecánico, pero esta vez...

Esta vez nada se parece a las anteriores.

Demonios. ¿Por qué tiene que venirme ahora a la cabeza la imagen de Aylin debajo de mí, la noche en que le arrebaté la virginidad?

Paso casi diez minutos caminando de un lado a otro del salón. Cuanto más pienso en ello, más convencido estoy de que esta vez no podré seguir hasta el final. Y, cuando suena el timbre, me quedo inmóvil. Debe ser ella. Necesito que sea ella.

Miro la puerta, después desvío la vista hacia la habitación donde espera el chico.

Respiro hondo y abro. Ahí está, como siempre, preciosa.

Hoy lleva un vestido vaquero, medias oscuras y una chaqueta de cuero negra.

Su cabello dorado descansa recogido en una cola alta y apenas lleva maquillaje. No lo necesita.

—¡Hola! —saludo con un ligero titubeo antes de besarla.

Ella me aparta con suavidad y desvía la mirada; el gesto basta para obligarme a retroceder. Le indico con la mano que entre mientras una desagradable sensación empieza a instalarse en mi estómago. Algo no va bien.

Cierro la puerta y observo cómo deja la chaqueta sobre la consola situada junto al sofá. Esta vez la ha doblado, y sus movimientos son demasiado lentos, señal de que está pensando en algo.

—¿Qué tal? —pregunta mientras recorre el salón con la mirada.

—Bien... —respondo, aunque mi voz no consigue sonar tan firme como me gustaría—. ¿Y tú? ¿Estás bien?

—Sí.

No me convence, hay algo distinto en ella. Lo noto en su mirada, no la sostiene como siempre hace.

—Pero necesito que hablemos —añade.

No llegamos a continuar la conversación porque un ruido procedente de la habitación contigua rompe el silencio.

—Después hablamos, ¿te parece? —respondo con un nerviosismo que intento disimular—. Tengo una… sorpresa.

La palabra suena demasiado falsa en mis oídos.  Aun así, me giro hacia ella y finjo estar bien.

—¿Qué sorpresa?

Por primera vez desde que ha llegado me mira a los ojos.

—Ahora vuelvo —carraspeo, sin saber muy bien qué decir.

La noto avanzar unos pasos hacia mí, confundida por mi actitud.

Abro la puerta de la habitación con prisas y miro al interior.

El joven espera exactamente como le indiqué.

Su cuerpo atlético queda parcialmente cubierto por una tela blanca y una máscara dorada oculta parte de su rostro.

La imagen resulta impecable, ha seguido cada una de mis instrucciones al pie de la letra.

Los rasgos masculinos, el antifaz y la postura encajan.

Todo encaja y debe parecer lo más real posible.

He elegido a uno de mis mejores hombres para esta prueba.

Necesito recrear una situación semejante a la que encontrará allí.

Necesito comprobar si realmente está preparada para entrar en mi mundo.

—Puedes salir. —Le hago un gesto con la cabeza.

El joven abandona la habitación y se detiene frente a nosotros. Yo no digo nada, porque toda mi atención se centra en ella. Tan solo meto las manos en los bolsillos para que no se dé cuenta de que me tiemblan.

Joder. ¿Desde cuándo me tiemblan las putas manos?

Ella no se mueve y tampoco habla.

Intento descifrar su expresión, pero no consigo leer absolutamente nada. Es como si su rostro se hubiera vaciado de toda emoción y se hubiese convertido en un auténtico bloque de hielo. Una alarma empieza a sonar en mi cabeza enseguida.

—Aylin...

Lo curioso es que sonríe. En realidad, no es su sonrisa y lo descubro al instante.

Conozco demasiado bien la forma en que se le iluminan los ojos cuando sonríe de verdad.

Siempre aparece esa diminuta arruga junto al lagrimal izquierdo, apenas perceptible.

Ahora no está, solo han sonreído sus labios, una sonrisa vacía y artificial.

Y, aun así, decide sostenerla.

—Vaya... —dice con un tono que me resulta completamente ajeno—. Ya estabas tardando.

Inclina apenas la cabeza hacia un lado.

—Entonces esta era la famosa prueba de la que me hablaste. Vaya, parece salido de un baile de máscaras.

No respondo, solo la observo.

Hay algo en su voz demasiado dulce, sospecho que quiere herirme. Después vuelve la vista hacia el chico. Lo examina de arriba abajo sin ninguna prisa. Da unos pasos lentos hasta quedar frente a él.

—¿A qué mujer no le gustaría? —añade con una media risa que tampoco le pertenece.

Noto cómo todos los músculos de mi espalda se tensan cuando ella alza una mano y la desliza sobre el pecho del joven, recorriendo el contorno de sus pectorales desnudos con lujuria.